Pero uste´me comprende,¿verdá?

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Me considero una persona medianamente religiosa, pero tengo que reconocer que las cantinas son las iglesias de ahorita, las de adeveras. Y como en cada iglesia no cuesta encontrar al parroquiano, no me costó encontrarlo a él, sentado solo en la barra, con su inseparable cachucha de los Boston Red Sox, tal cual lo habían descrito.

Me senté a su lado, y pedí un Herradura doble. No costó mucho llamar su atención tampoco: de una forma un poco molesta, el hombre brindaba con quien tuviera más cerca (a veces, ni tan cerca), y esa persona me volví yo. “Buenas, jovenaza” dijo, alzando su copa. Ya estaba evidentemente hasta las chanclas. Me dio algo de lástima, así que brindé. Por un ratito, nomás brindamos una y otra vez. Después, aunque no necesitaba escucharlo, comenzó a contarme sus fantasmas de la peda. “Ay jovenaza, pos esta pinchi vida ¿no? De veras, señorita, las cosas que hace uno pa’ vivir. ¿Ha estao uste’ en la sierra? Numbre, señorita, lo que no pasa allá. Es rete-difícil, nada crece bien desde hace un ratote, nomás la pinchi droga. Así me trajeron pa’cá. Coseché durante unos años, y como les transportaba chido la merca al cártel, me jalaron de halcón. No le miento, jovenaza” me dijo con la voz dejando atrás todos los sonidos, “sí me fue medio chido al principio. El varo no se desprecia, ¿verdá? Y cuando uno puede hasta mantener a la familia, pos no se cuestiona las cosas. Pero el bisne sí está bien marrano, y a cada que pasa te manchas más.”

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Brindó unas veces más conmigo por puro reflejo, momento en que incluso ignoró la costumbre de beber justo después de chocar las copas para la buena suerte, prefiriendo tomar mi mano, por lo que yo tampoco pude evitar los malos agüeros. El silencio se sentó entre nosotros. En la rockola, alguien había puesto todo un álbum de los Beatles, para disfrute de los pocos que estábamos en la cantina. Pude terminarlo todo ahí e irme a casa, pero por alguna razón esperé a que terminara su historia. 

“Bien marrano que está el bisne”, reanudó, la vista clavada en la barra. Ahí me di cuenta que un par de lágrimas recorrían los zurcos de su piel soleada y dura. “De veras, señorita, las cosas que uno hace. Nomás me acuerdo de los muertos y me ganan las lágrimas. Yo no maté a nadie ¡lo juro! Pero a cuántos no fui a echar a los baldíos, ¿cómo me perdono eso, señorita, cómo? Ya ni la paga era buen consuelo, cada vez era menos. Quise salirme, pero cuando les rogué, pa’ lo único que sirvió ¡fue pa’ que amenazaran a mi familia! No sabía qué hacer, no sabía qué hacer. No le diga a nadie por favor, pero desesperao, fui con la tira, les ofrecí al jefe una vez que iba a moverlo de casona. ¿Y sabe pa’ qué me sirvió? ¡Pa’ que los pinchis tiras nos dispararan a los dos, así sin parar ni preguntar! Alcanzamos a pelarnos por este poquito nomás. No he dormido bien desde entonces. Ay, jovenaza, uste’ que es joven, no caiga aquí abajo por favor, no caiga. Creo que todavía no saben que rajé, ¿qué voy a decirles si se enteran? No van a comprenderme, nadie lo ha hecho”. 

Se detuvo unos segundos. El llanto ya era incontrolable. 

“Pero uste’ me comprende, ¿verdá?”

Lo miré. Los Beatles cantaban “Don’t let me down” en la rockola. Tomé su hombro con la diestra. 

“Sí, lo comprendo”, dije.

Entonces con la mano libre saqué la pistola de mi chamarra y le pegué tres tiros, los tres tiros que el cártel le había mandado. El cuerpo azotó el suelo. Los pocos que no estaban inconscientes de alcoholemia apenas y parpadearon. Se hizo el silencio. En ese momento, pensé si él habría tenido tiempo para creer que le mentí. Lo juro que no lo hice. 

El cantinero fue el que rompió el silencio. “Gracias, señorita. Ya nos tenía hasta la madre.”

Lo miré con unos ojos que creo lo asusté. “Ustedes fueron los últimos que valían algo en esto”, sentencié. 

Y seguí bebiendo el tequila. Pronto terminaron de sonar los Beatles y de la calle llegaron las notas de una guitarra española. Debe de haber sido Don Luis, un señor que por las noches sale a ganarse un varo por estas partes, donde nunca pasa nada.

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