¿Quién putas lo busca?

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Aquel pueblo casi no recibía visitantes, si es que para empezar recibía alguno. Por eso, puede comprenderse la curiosidad de los transeúntes, para quienes incluso aquella oxidada Harley Davidson del ’75, estacionada fuera de la cafetería local, era objeto de admiración.

Dentro, su dueño esperaba en una de las mesas cerca de las ventanas, sus ropas deshechas y rehechas con el tiempo. Llamarle “cafetería” a ese congal era mera cuestión de horario, pues en la tarde sería cantina, y en la noche, putero.

Se acercó la camarera que más tarde sería bailarina y después prostituta. “¿Qui’hubo? ¿Qué te sirvo?”, “El más noble y digno brebaje que sirvan en este páramo para un caballero de mi alcurnia”, espetó el andante. “Café negro, entonces”, respondió la mesera, con lo que se dispuso a irse.

El extraño la detuvo del brazo. “¿Es que no me reconoce?”. Fastidiada, la camarera primero vio la chamarra raída, la figura esbelta, casi famélica, los cabellos descuidados y la rala barba en piocha, y pensó que no. Pero luego vio el rostro que adornaban, y en sus ojos lo supo. Inmediatamente abrazó a su amigo con la fuerza de los años separados.

Ella se sentó. Tanto tiempo después de la infancia, ahí estaban. Lo súbito del reencuentro le impidió estructurar sus pensamientos en un tren coherente por un momento. Hasta que le preguntó qué había hecho. Hasta que le dijo cuánto lo había extrañado.

“De aquí para allá en estos pasajes injuriados, resanando heridas”, respondió él, “es usted verdaderamente magnánima en expresar tales sentimientos por un servidor. Me otorga el más alto honor de un caballero.”

Aunque extrañada, la camarera dejó la conversación seguir. Las palabras llevaron a los recuerdos, y entre esas imágenes, vino la del Panzón, el tercero del grupo, y lo siguiente fueron sus noticias.

“Nuestro entrañable compañero es ahora nada menos que el regidor de una comarca, que ayudamos a liberar de unos truhanes malvivientes hace unos años”, contó el hombre, con una sombra de orgullo cruzando sus añejadas mejillas.

Fue entonces que la alegría mostró un rostro de temor. “¡Es cierto! ¿Qué chingaos andas haciendo aquí?” consternó la camarera, “El Mago todavía se acuerda de lo que hicieron tú y el Panzón, ¡vete antes que abra la cantina! ¿y por qué andas tan raro?”, “al contrario, mi señora, nunca he estado más cuerdo” espetó el hombre, “Y he venido precisamente a corregir mi flaqueza de nuestros tiempos antaños y por fin liberarla de tan vil hechicero que la tiene encantada en esta mazmorra. A final de cuentas…” El hombre dejó ver la navaja dentro del abrigo, “ahora su servidor tiene todo lo necesario, y es el sacro deber de un caballero luchar por su señora, ayudar a los desvalidos y enderezar entuertos.”

De pronto, el Chambitas, cocinero de la cafetería que en unas horas sería cantinero y sicario al final, apareció e intervino. “¡Aldonza! ¿Pues qué chingaos haces? ¡A jalarle, mugre vieja! ¿Y este mugroso quién es?”.

“Primero que nada”, dijo el hombre con orgullo y furia, “no vuelva a hablarle a mi señora de esa manera, y vaya en este instante por su amo. Dígale que lo buscan.”

“¿Ah, sí? ¿Y quién putas lo busca?”

“Dígale que está aquí el Caballero de la Triste Figura, que viene de un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiere acordarse.”

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