Reflexión (ilegítima) de un hombre sobre el feminismo

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Nota bio-bibliográfica del autor:

Ari Lázaro Maya Dávila

Realizó sus estudios filosóficos en el Seminario Diocesano de Torreón. Desde 2015 se desempeñó como profesor de nivel medio superior y superior en diversas instituciones de la Comarca Lagunera. Actualmente se encuentra cursando el tercer semestre de la Maestría en Filosofía en la BUAP, con el proyecto titulado “La constitución del sujeto en las obras tempranas de Emmanuel Levinas”.

Es evidente que, para un hombre, es complicado (incluso mal visto) hablar sobre el feminismo. No sé exactamente si esto se deba a que por el simple hecho de no ser mujer, se carezca ineludiblemente de la más importante condición de posibilidad para elaborar coherentemente un discurso de índole feminista: la experiencia vital y cultural de ser mujer. Es como el caso del sacerdote que se “atreve” a hablar sobre cómo debe ser un matrimonio, cuando éste no ha vivido en carne propia tal realidad. Su discurso se torna platónico y vacío. De cualquier manera, apuesto a la capacidad de la empatía para producir por lo menos un estado de aproximación a la vivencia del otro. La empatía es el mejor recurso para trascender las barreras de nuestra propia carne y sintonizar con el misterio siempre abierto del otro.

Me parece que la reflexión puede comenzar por señalar el reto principal al que las mujeres se enfrentan. Se trata de la deconstrucción de lo que históricamente se les ha impuesto como «ser mujer», de la toma de conciencia de sus infinitas posibilidades de ser mujer y de su inclusión equitativa en la constitución y desarrollo de las ciencias naturales, las ciencias exactas y las ciencias del espíritu. El primer paso para hacer esto posible es generar las condiciones de igualdad y justicia necesarias para equilibrar la balanza de desarrollo social entre hombres y mujeres.

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Históricamente, las mujeres no estuvieron consideradas en la construcción de la moral. Lo que hay es una moral pensada, escrita y enseñada por hombres. Una «moral viril». Y si la moral se puede entender como el comportamiento real de los individuos en su relación con ciertas reglas y valores impuestos por las instituciones —valores e instituciones hechas por hombres —, la moral es en este sentido la acción de obedecer a los hombres. La moral y las instituciones patriarcales han sido los responsables de las distintas formas de «ser» y «deber ser» que se les han impuesto a las mujeres desde tiempos remotos[1]. De ahí que la primera tarea de la teoría feminista sea analizar y criticar esta opresión histórica y cultural de las mujeres en las distintas sociedades y épocas.

Las mujeres, reducidas a su función femenina maternal, han sido despojadas del derecho de desarrollar sus capacidades humanas íntegras. Muchas de ellas han ignorado su verdadero potencial, ya que no han tenido la oportunidad de pensarse a sí mismas y a su entorno de otra manera. El dominio que los hombres han ejercido sobre su sexualidad y sus cuerpos les ha imposibilitado hacer valer su autonomía. Y la pregunta necesaria es ¿cómo comenzar a cambiar esta situación? La base para el empoderamiento de la mujer será la educación. La educación genera consciencia, la consciencia genera convicciones y las convicciones nos hacen luchar por transformar el estado actual de las cosas en un lugar mejor. Sin embargo, para lograr este empoderamiento será necesario que las mujeres se conviertan en sus primeras aliadas en su camino por la existencia. En términos feministas esto se conoce como «sororidad». Las mujeres deben comenzar por reconocerse entre ellas y por aprender a escucharse entre sí, ya que una teoría feminista coherente consigo misma no puede excluir o hacer caso omiso de los grupos más marginados de mujeres como las niñas o las mujeres indígenas, pues su voz también debe ser escuchada, atendida e integrada en la teoría feminista. La labor feminista será abrir y cambiar las estructuras conceptuales, para que cambien también las conductas «androcéntricas». Se trata de “desnaturalizar” la cultura patriarcal y construir una cultura donde todos tengamos un lugar justo desde el cual podamos desarrollar y disfrutar nuestra existencia.

Algo que me preocupa es el hecho de que el feminismo algunas veces se ha volcado en un desprecio hacia el hombre. Hay ciertos discursos o expresiones de algunas feministas que denotan hostilidad hacia el sexo masculino. Me parece que este camino no es la forma de construir un bienestar a nivel social. Si bien el coraje y el dolor que muchas mujeres tienen es perfectamente justificado, me parece que la división y la cerrazón ideológica nunca podrá conducir a los distintos grupos humanos a una auténtica convivencia social. En este sentido, me parece que mujeres y hombres debemos trabajar juntos, luchar los dos por empoderar a la mujer. Creo que ambos, hombres y mujeres, tenemos algo único que aportar y no tenemos por qué separar nuestros esfuerzos, sino al contrario, unirlos. Entonces, todo comienza también por transformar las prácticas cotidianas de dominación y desigualdad.

No puedo evitar decir que me parece doloroso el hecho de que nos hemos perdido históricamente de toda la riqueza y virtud que las mujeres nos pudieron haber aportado en los diferentes ámbitos de la existencia. La hegemonía patriarcal ha sido quien ha guiado los pasos de la historia universal, y como consecuencia de este mundo dirigido por hombres hemos obtenido productos como el capitalismo, la guerra, la pobreza y el caos mundial. En lo personal me cuesta imaginar que si este mundo fuera gobernado por mujeres, habría la misma cantidad de injusticias, dolor y atrocidades que vemos en él.

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