Sábado de Cuentos: El infierno, de Ale Madero

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Un día cualquiera, yo permanecía sentada frente a una mesa en una sala negra con veinte gentes en la misma posición, Formábamos  una  “U”. Lucifer hablaba al frente y llevaba el mando de la reunión. Su voz se incendiaba en llamas de un idioma ininteligible. Nadie decía nada, sólo lo observábamos fijamente. Seguimos sentados, callados, hacíamos un poco  para atrás nuestros asientos, para no ser quemados. Algunos se rascaban los cuernos mientras lo escuchaban;  a los zombies, con tez putrefacta, se les empezaba a escurrir el cerebro como plasma aguada por los oídos; otros monstruos, sentados con la cara desencajada y la vista llena de rabia, también ponían atención.

Satanás, que iba creciendo de tamaño aventando fuego y gritando, nos dominaba. Yo sentía el rigor de una camisa de fuerza negra y mis movimientos eran catatónicos, hacia delante y atrás. Mi mirada seguía al jefe. Traté de zafarme con movimientos repetitivos, no lo logré. Entonces le pedí a uno de los diablos a mi lado que me zafara con uno de sus cuernos, sin embargo, sólo me dirigió una mirada  perdida y después continuó sirviendo a su amo.

Salimos de la junta,  y cada quien se regresó a un lugar apartado de los demás, seguí caminando y llegué a mi sitio.  Teníamos quince minutos de descanso, al regresar a la reunión entraron los diablos, zombies, monstruos y el gran demonio. Volteó  Luzbel hacia mí y me gritó con una pequeña llama de fuego. Eso me hizo recordar que sólo es posible vencer al diablo ingresando en el fuego. El problema: era que yo  seguía atada sin poder parar mi vaivén catatónico. Pensé en hacerlo enojar, no hay mejor forma de hacer enfurecer a alguien o algo que gritándole., pero le grité poco porque no quería ser devorada en ese momento. De repente, comenzó a  lanzar más fuego, como un gran soplete una gran llama alcanzó a quemarme el pecho, la camisa de fuerza me protegió. Me convencí de que eso eso era lo que necesitaba., Insistí como cualquier loca que le hace caso a las voces internas y que piensa que  tiene la razón, gritando poco pero varias veces y con movimientos impulsivos.

Fue  así como el  fuego oscuro empezó a  bailar por toda la sala y todos sentimos el sofocamiento  de la temperatura. El iris de Lucifer cambió de un rojo quemado a uno intenso y me retaba a someterme. Pero yo seguía con mis grititos sin respirar, actuando como demente de inocencia, puntillosa, inocente; oliendo el ambiente hediondo  de entes sin alma, quemándome en la oscuridad.  

En ese momento sentí que  mis pupilas fueron como un agujero  negro que tragaron todo el fuego, a  los demonios, los zombies y  los monstruos.

Sólo quedaron mis compañeros de oficina y mi jefe, todos vestían blanco y caqui. La junta de trabajo siguió su curso,  ya se habían visto la mayoría de los pendientes. No dejé de sentir la camisa de fuerza, pero ya no estaba, la sala se tornó inesperadamente blanca, el ambiente fresco. ¿Quién dijo que el infierno era rojo y el cielo blanco?

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