La caída

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Caer, por definición, es cuando un cuerpo se desplaza de arriba hacia abajo por la acción de su propio peso.

Si alguna vez pasaron por la ciudad de Jericó sabrán ésta tiene su propio encanto, que aunque puede resultar tétrico para ciertos turistas o incluso para ciertas personas que llevan toda una vida viviendo aquí.

Actualmente me encuentro paseando por la avenida principal de la ciudad, el cielo se encuentra nublado encima ella aunque fuera de los límites de la misma brilla un sol a punto de caer y mostrarse más brillante en otro horizonte. Una leve lluvia empieza a caer, la gente sigue caminando sin importarle, y aunque yo hago lo mismo lo único que me preocupa es la opinión de algún joven viéndome caminando a través de la lluvia –que cliché- dirá al verme y sentenciará su opinión acerca de mi vida. Pensará que soy el típico hombre cuarentón caminando bajo la lluvia, cabizbajo y pensativo. Probablemente pensará que llegaré a mi pequeño departamento poco iluminado, con un montón de trastes sucios en el fregadero y el refrigerador medio vacío. Imaginará, en su joven cabeza y con su imaginación sin freno, que quizá hoy será el último día de mi vida, porque el hombre que él vio caminando por la calle tenía un semblante de tristeza y desprendía una sensación de soledad. El joven dejará el asunto de lado, llegará a su casa, cenará y platicará con su familia acerca de cosas triviales que nada tienen que ver con el hombre que vio en la calle hace algunas horas, cosas que en aquel momento le preocuparán más que esa nimiedad. Se pondrá su pijama y se preparará para irse a dormir, no sin antes beber un vaso con agua combinado con unas gotas de algún ansiolítico, ya que este joven padece de depresión y de ansiedad, y sin esa medicina se le ha hecho imposible dormir. Justo después de acostarse en su cama y cerrar los ojos se preguntará si aquel hombre habrá terminado con su vida, tal y como su imaginación se lo pintó en su cabeza. Al final esos pensamientos empiezan a desaparecer poco a poco, y el joven caerá en un sueño que lo alejará de todos sus problemas.

Caer, por definición, es darse cuenta de algo.

He dejado la avenida principal, la lluvia ha aumentado su fuerza pero aún es soportable, saqué un impermeable que cargaba en caso de que la lluvia cayera, me lo pongo y retomo mi camino a la casa. Justo al dar la vuelta en una esquina pasa una camioneta sobre un charco a alta velocidad y termina mojándome todo. Volteo a ver las placas del automóvil pero ya está muy lejos para verlo bien. El automóvil era conducido por una mujer en estado de ebriedad, yo no he podido verla pero ella ha observado mi reacción ante su broma. Ella reirá por bastantes minutos hasta que la gracia se termine, al fin y al cabo no podemos reírnos de un mismo chiste sin al final derramar algunas lágrimas. La mujer llegará a su destino, una fiesta con todos sus amigos y desconocidos de la universidad, estacionará su camioneta y entrará a la casa, les contará a todos sus amigos la broma que le ha hecho a un extraño y todos reirán hasta que alguien más saque otro tema de conversación. La mujer beberá con sus amigos a pesar de que ya llevaba varias copas antes de llegar a la fiesta, sin pensar en que terminando tiene que manejar hasta su casa bajo una lluvia que empeora cada hora que pasa. Ella intentará ligarse al joven que le gusta, pero el nivel de alcohol en su cuerpo atrofiará sus habilidades de pensamiento y del habla ocasionando que sea la burla del chico y de sus amigos. Muy triste irá al baño y se mirará al espejo, se preguntará en qué momento terminó siendo una borracha sin sentido. Se sentará en el suelo, recargando su espalda contra la puerta, llorará y pondrá sus manos en su cara hasta que su conciencia se apague y su cabeza caiga al suelo.

Caer, por definición, es cuando dejas de ser, cuando mueres.

Miro por la ventana hacia la calle y observo que la lluvia poco a poco pierde su fuerza, he llegado a la casa hace algunas 2 horas, como siempre está silenciosa, así es como me gusta. Camino por la sala y observo la televisión en el centro, una caja llena de mentiras en el centro de la vida de las personas. Los sillones no tienen nada sorprendente pero en verdad son muy cómodos, me siento en uno por unos minutos para observar los cuadros de la casa, entre ellos está la noche estrellada de Van Gogh –un cliché- imaginé al joven diciendo eso. Me levanté y me dirigí hacia la chimenea, encima de ella había varias fotografías familiares, todas tenían un marco llamativo y resistente que pudiera cubrir la foto. La familia es algo muy importante que debe ser protegido a cualquier costo, lástima que esta no sea mi familia…

El comedor es acogedor, una mesa bastante grande para cinco integrantes: el padre, la madre, dos hijos y un extraño. Me encuentro sentado mientras que afuera ha dejado de llover y las nubes se empiezan a disipar, enfrente de mí está sentado un hombre de al menos 50 años, amarrado y con una mordaza en la boca. A un lado se encuentra su esposa y al otro lado sus hijos en las mismas condiciones. En este momento el hombre pensará que los mataré a todos o que los robaré, aunque no necesariamente en ese orden. La verdad es que me pararé de mi silla y le contaré dos historias: una acerca de un joven de 17 años con depresión y ansiedad que perdió las esperanzas y decidió matarse con una sobredosis de ansiolíticos; me acercaré a la silla de aquel hombre, me pondré detrás de él y le contaré acerca de una chica de 21 años, estudiante de último semestre de universidad, talentosa, que meses antes había perdido a su hermano menor por una sobredosis. Le diré acerca de la fiesta a la que la joven asistió, en la cual se emborracho demasiado e intento conquistar a un chico que, junto con sus amigos, sólo se burlaron de ella. Me acercaré a su odio, oleré el miedo que desprende su sudor y le contaré de como la chica se encerró en el baño y que por culpa de un tacón roto golpeó su cuello contra el lavabo, cayendo al suelo con el cuello roto y con una herida en la cabeza. Le explicaré la soledad que pasó el cuerpo de la chica debido a que nadie se dio cuenta de lo que había pasado hasta que la mañana siguiente el dueño de la casa encontró el cuerpo en su baño.

Él estará desconcertado, no sabrá la relación de las historias y si tienen algo que ver con su familia, y quizá no tengan nada que ver y las historias no tengan relación. Me acercaré a su esposa mientras ella intenta gritar con la mordaza puesta, la cogeré del cabello para levantar su cabeza y le pasaré un cuchillo por su cuello, ocasionando que la sangre salga disparada hacia la mesa y sus hijos que se encuentran enfrente de ella –que cliché- imaginaré al joven diciéndome al odio mientras dejaba caer el cuerpo de la mujer. El marido gritará, los niños orinarán sus pantalones y empezarán a llorar por su madre, yo trataré de calmarlos pero será inútil, el pánico se ha apoderado de sus pequeños cuerpos. Me dirigiré hacia las sillas de los niños mientras el padre intenta decirme que no lo haga o que pare esto, me rogará y me pedirá que por favor lo mate a él y los deje en paz, yo sólo escucharé ruidos ininteligibles. Cogeré al menor por la cabeza y cortaré su cuello, la imagen es menos impactante para mí a diferencia de con la madre. El hermano mayor llorará cada vez más fuerte y tratará de huir ocasionando que la silla se tambalee y caiga al suelo. Me arrodillaré y me acercaré a él y le hundiré un cuchillo en su pequeño corazón mientras le digo que todo estará bien. Me levantaré y me toparé con un espejo a la derecha de mí, me miraré en él y, al igual que la chica, me preguntaré cómo es posible que haya terminado así. Al final me acercaré al hombre que de un momento a otro se ha vuelto viudo y ha perdido a sus hijos, le diré que me disculpe, pero era algo que tenía que hacer y me retiraré hacia la puerta.

Me encuentro sentado en las escaleras de la fachada de la casa, el sol ha salido de nuevo y un corredor se ha fijado en mí, un vecino de la familia que acababa de desintegrar. Me vio ensangrentado afuera de la casa de sus vecinos, siguió corriendo y cuando salió de mi vista llamó a la policía. Ellos llegaron cinco minutos después de la llamada de aquel corredor, me pidieron que levantara mis manos y me tirara al suelo, lo hice. Me llevaron a la estación de policía de Jericó y me pusieron en la sala de interrogación.

Estaba sentado en una silla en una habitación gris que sólo tenía una pequeña mesa, dos sillas y un espejo grande. Miré hacia el espejo, detrás de él habría dos oficiales poniéndose de acuerdo en cómo iniciaría el interrogatorio y quién sería el policía malo y el bueno –que cliché- dije hacia mis adentro. El primero en entrar sería el oficial más alto y luego el más chaparro, no importaba quien era el malo o el bueno, al final los dos terminarían odiándome. Se pondrían agresivos y duros al ver mi silencio después de que me preguntaran por qué lo había hecho, yo sólo podría contestarles que era un padre que había perdido a sus dos hijos y a su familia, que por eso nadie podía tener el amor que yo había perdido. Los oficiales se mirarían y se preguntarían si eso era verdad, yo miraría al espejo gigante y me preguntaría si era verdad.

Al final de la semana se sabría que yo había sido el responsable de al menos diez asesinatos de varias familias en donde siempre dejaba vivo al padre. Frente al juez dando mi sentencia pensaría, hacia mis adentros, que estaba demasiado cansado para seguir haciendo todo esto. Sentado en la silla eléctrica, a punto de recibir mí sentencia miraría a través de un espejo gigante y vería a todos aquellos a los cuales destruí su familia: felices por mi sentencia y tristes por su realidad. A los lados vería a un joven que moriría por una sobredosis y a una joven que moriría por un golpe en el cuello, o al menos eso pensaba. Me preguntarían mis últimas palabras, yo les diría que caer tiene varios significados y que hoy experimentaría uno de ellos.

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