Sábado de cuentos: La ciudad de las mil torres

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Aunque es mi naturaleza respetar o entender las distintas opiniones que suelen florecer en el campo de la vida, un pensamiento que siempre me arrebata una sonrisa es que uno tiene que escapar a la imaginación para experimentar mundos increíbles y fantásticos. Juro que esta actitud no es una nacida de la arrogancia: más bien es una costumbre, un gaje del oficio al que me dedico. Pues ya sea por fortuna o simple facilidad, mis años los he gastado en el aire, el agua y la tierra, gracias a lo cual he visitado un buen número de facetas de la experiencia humana, los rincones que llama su hogar.

En una de estas travesías fue que me presenté en aquella ciudad.

O ella se presentó ante mí, no sé.

Aquella era una ciudad que hacía tiempo desbordó el tamaño de la palabra, a la que incluso el galón de metrópolis quedaba corta. Su pulso era taquicárdico, contradictorio a un nivel casi indescifrable, sus huesos de un acero negro – o más bien ennegrecido -. Sus manos eran de ladrillo, esmaltadas por un millón de capas recientes y añejas de todos los colores bajo el sol, y su gente tenía tantos orígenes y vidas diarias que – aunque cierta generalización fuera inevitable – escapaban a toda definición por simple cantidad. Y las fronteras de aquella ciudad, marcadas con acero y concreto, parecían más bien de agua, regándose a cada segundo para expandir sus difusos límites. Aún recuerdo el peso del primer paso que di en las entrañas de ese monolito. El peso de convertirme en una célula más por sus torrentes de carne, metal y combustión interna, ser un músculo más aferrado a contemplar ese esqueleto imponente y dispar, donde el tiempo no corrió igual para todos sus huesos.

Aunque estas características eran paisajes por sí mismas, esto no se aparta de la imagen normal de una urbe de tal envergadura.

Lo que me impresionó fueron las torres apostadas alrededor de la ciudad.

Las descubrí el día después de mi llegada, en una de las esquinas cercanas a una de mis diligencias en la metrópoli. La torre de aquella ocasión apenas se mantenía con sus estandartes desechos y ennegrecidos por el tiempo y la urbanidad, a pesar de lo cual estaba enhiesta, con una bandera de triste sonrisa y unos dulces para los transeúntes que gustaran. Mi interés cayó preso en esa estructura llamativa y tambaleante, a la que aun así todos trataban con invernal indiferencia. Siguiendo tal vez un impulso juguetón por el descubrimiento parecido al que – por lo común – presentan los niños, mi interés se transformó en un compromiso por observar esas torres el tiempo posible de mi semana en la ciudad, para escribir – aunque fuera sólo en mis recuerdos – la historia de sus inadvertidos centinelas.

Las cosas que observé esa semana me anonadan hasta hoy. Las torres estaban por toda la ciudad, pero sobre todo en el centro y en las colonias adineradas, donde sea que estuvieren los ciudadanos más ricos para pedir su mantenimiento. Por el bien de mi investigación, traté de categorizar las torres por tipos, pero pronto me vi rebasado por el tamaño de mi empresa. Algunas de las torres mantenían sus carroñeados ropajes con relativo éxito, otras estaban desechas, casi desnudas; unas, como la primera que vi, ofrecían dulces o antojitos por una moneda, otras alegraban o entristecían las calles con guitarras, acordeones, violines, su propia voz o instrumentos desconocidos, y algunas más impartían sus conocimientos en cualquier materia para los estudiantes desesperados y los curiosos. Desde libros de a tres por veinte hasta su propia ropa por cincuenta o cien, desde rosas de todos los rojos hasta pinturas hechas con sus propios dedos a falta de pinceles. El tipo de vestimenta y el habla tampoco ayudaban a agruparlas. Había botas largas, sombreros del norte y del sur, guaraches, mezclilla, camisas de cuadros, tejidas, de lana o compradas de segunda mano en los tianguis, que vestían voces bruscas, cantoras, desérticas, costeñas o sierreñas. Incluso hubo un par de ocasiones encontré torres que no hablaban algún lenguaje conocido por mí: cosa muy predecible tomando en cuenta el tránsito de extranjeros por la ciudad, para los cuales había al menos una torre hablante de su lengua o acento materno.

A pesar de estas diferencias, su rutina diaria – por lo que pude observar – hermanaba a todas las torres con abrumadora exactitud. De día se apostaban en sus esquinas y hacían guardia, tal vez que ofrecían sus servicios y entretenimientos por monedas o – en los casos más desesperados – comida o medicinas; y de noche, se retiraban a los callejones, las plazas o cualquier pedazo de banqueta que no los rechazara o les trajera un asalto nocturno por lo poquísimo que poseyeran, en el cual descansaban para la guardia del día siguiente. Para esto, las torres que podían se agrupaban en sus familias, formando campamentos semirreconocibles; y las torres que carecían de ese grupo de apoyo buscaban amistarse con otras de su tipo, lo que resultaba en grupos de relativa constancia, pero muy vulnerables a las agresiones externas y las peleas intestinas. Costaba imaginar qué era más largo para las torres: si el día o la noche.

En cuanto a sus actitudes durante la jornada, la mayoría de las torres se presentaban como amigables o corteses, casi rayando en la hipérbole, lo que en muchos casos denotaba su creciente desesperación porque llegara el día y la manera en que pudieran dejar su lugar como centinelas de aquella metrópoli y su gente. Algunas de ellas, sin embargo – sobre todo las más veteranas o aquejadas por grandes padecimientos o heridas – por lo común se volvían hostiles hacia quienes pasaran por sus puestos, especialmente cuando los espectadores rehusaban pagar su mantenimiento. Al ver la imagen completa, la razón era obvia. La suya era una sociedad debajo de la sociedad, tan ligada a la historia de la metrópoli y a sus habitantes, y aun así ignorada o enemistada por éstos. El rechazo y el aislamiento eran tan férreos de hecho que algunas habían recurrido – o esa es mi teoría – a hablarse a sí mismas con tal de sentir compañía. La situación de las torres, en resumen, era desesperada, con ninguna salida a la vista, en la oscuridad a plena luz que eran sus vidas.

Tal vez por eso, realmente no debió sorprenderme lo que me pasó en la ciudad.

Al menos no tanto como terminó sorprendiéndome.

Era mi último día antes de irme de la ciudad. Ya uno o dos soles antes había terminado mis quehaceres en la metrópoli, y creyendo haber satisfecho mi curiosidad sobre las torres, decidí salir a pasear, disfrutar la tarde, celebrar el éxito de mi viaje en un barecito cercano, tal vez. Para ello tenía que pasar por una avenida principal de aquel coloso, y fue ahí donde se presentó el problema: uno de los parquecitos que bordeaban la avenida estaba cerrada con cinta policial. Ya que era el centro de la ciudad  – un lugar en que los policías al menos tratan de mantener las apariencias por bien del turismo -, aquello me resultó extraño, y me acerqué para saber la razón. Me costó verlo entre los árboles, pero cuando distinguí la figura, mi respiración fue cosa del pasado: pendiente de una rama del árbol más robusto gracias a una unión de paliacates mohosos, estaba una torre. Muerta, con una bandera de triste sonrisa y unos caminos de agua que partían de los ojos y dejaban dos rastros de limpieza en su rostro mugriento. Mi sangre cayó bajo cero, mi cuerpo se separó unos segundos de mi mente, mis ojos fallaron en parpadear, en dejar de ver el recuerdo de la primera torre que descubrí en la ciudad, aquella que me llevó a estudiarlas a ellas y su mundo. Cuando regresó mi respiración, la recibió una garganta seca, áspera. Si constaté que tres o cuatro peatones se acercaron como yo a la escena, es porque se apretaron a mí para ver mejor. Descortés, e inútil pues un policía dejó lo que estaba comiendo y procedió a despejarnos. Mis ojos lograron apartarse del cadáver por esto, y se enfocaron en los demás caminantes, buscando quizás algo que les bajara la soledad.

Nada. Sus ojos eran inexpresivos, acostumbrados, sus bocas – cuando se abrieron – lanzaron comentarios cortos, prácticos, antes de seguir cualquier camino que tuvieran incompleto. Por un momento, mi corazón quiso indignarse, pero la realidad le enfrió los ánimos. Aquella era, después de todo, la ciudad de las mil torres, ¿qué podía sentir por la pérdida de una, si para mañana tres ocuparán su lugar? Más aún, una sensación pesada azoró mis latidos: ¿era mi actitud diferente a la suya? ¿Estaba yo fuera de la ecuación? Momentos antes, mis pensamientos abarcaban tan sólo un barecito y el éxito en unas cuantas empresas, ¿estaba yo para ser movido por la muerte de una torre? Observé su mundo y sus vivencias, pero nunca me acerqué realmente, siempre me mantuve a una gran distancia, ¿eso qué diferencia ponía en mi carne y mis huesos? ¿Qué tanto me importaron, más allá de mi propia curiosidad? ¿Acaso… me importaron alguna vez, en absoluto?

Con el corazón pesado, regresé a mi hotel y no salí de él hasta que llegó mi partida.

Nunca he vuelto a la ciudad de las mil torres, y por un tiempo, mis demás viajes casi lograron quitarme la experiencia de mi libro de la memoria.

Eso fue, hasta que en mis travesías, comencé a encontrar más ciudades con torres. Su presencia está aún disimulada, pero pronto, será como en aquella ciudad, la ciudad de las mil torres. Desde que reconocí eso, no he dejado de pensar lo que dirá el mañana.

Por precaución, no me he vuelto a acercar a un parque desde entonces.

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