Sábado de cuentos: La dura vida del artista

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Hay gente que dice: “si no sabes qué hacer con tu vida, vuélvete artista”. Qué equivocados están. El claro ejemplo de que para ser artista es preciso y necesario tener talento y dedicación y profesionalismo y saber qué hacer con la vida, es la familia de Jaime. El papá de Jaime es escritor y filósofo, la mamá es curadora de arte, su hermano estudia música en el conservatorio, su hermana es escultora, igual que su abuelo paterno, su abuelo materno había sido pintor y sus dos abuelas fueron sopranos muy reconocidas. En la familia Baena sobraba el talento, que no quede duda.

Desde pequeño, los papás de Jaime decidieron que debería estar en cursos, diplomados y talleres para facilitar el encausamiento de su creatividad, implícita en sus genes, diría un ducho lector, pero al chico nunca le agradó ningún curso, diplomado o taller. Nada. El sueño de Jaime era ser contador.

La primer alarma que se encendió en el padre de Jaime fue cuando el pequeño, a la tierna edad de cuatro años y medio, prefería hacer minuciosas listas de todo el mandado que faltaba en la casa y comparaba los precios y las ofertas entre un súper mercado y otro y hacía lo posible porque los padres compraran en tal o cual establecimiento, en lugar de ponerse a inventar trabalenguas o emular con acuarelas a Picasso o hacer réplicas en miniatura con plastilina de esculturas de Rodin. Al principio, el afamado Baena creyó que era un capricho infantil, pero el colmo fue cuando en el cuaderno de dibujo del niño, y más aún, cuando en los muros de la casa, comenzaron a aparecer plasmadas con crayón sumas y restas y hasta una regla de tres simple ¡resueltas con precisión!, provocando que el líder de la familia decidiera que era hora de inscribir a su hijo pequeño en un curso de pintura.

Conforme Jaime crecía, los cursos fueron reemplazándose sin éxito unos a otros, del de pintura siguió uno de guitarra clásica, un taller de teatro, otro de danza contemporánea (el que menos le gustó al muchacho), uno de piano, un diplomado de escritura creativa, un taller de escultura en madera, un curso de análisis de cuento y microficciones latinoamericanas, un club de lectura… El único curso que le había causado algo de satisfacción fue el de mímica: se la pasaba sentado en una silla invisible, redactando oficios invisibles en su máquina de escribir invisible. Era muy bueno en su papel de mimo. Incluso, en una ocasión, Arturo Betancourt, profesor del taller de mímica, lo puso como ejemplo a seguir a sus demás compañeros: Todos serían buenos mimos si tan sólo siguieran el ejemplo de su compañero Jaime, hacer de mimo oficinista es tan natural en él, que en verdad es capaz de transmitir al público el tedio de un burócrata cansado y hacerlos sentir impacientes, ¡excelente!

Jaime se sentía contento por las palabras de Arturo, y por un momento pensó en volverse mimo de profesión, sin embargo, al poco tiempo se dio cuenta de que era muy difícil y poco práctico ganarse la vida como un mimo oficinista, pues interpretar alguna otra cosa le era imposible. Y así salió de la adolescencia, sin encontrar en el arte satisfacción alguna y abrazando cada vez más la idea de ser un anónimo asalariado.

Las reuniones navideñas le resultaban incomodísimas… a decir verdad, todas las reuniones familiares le resultaban un fastidio, incluso en el funeral de su tío Abelardo, reconocido muralista latinoamericano, sus primos, los de la compañía de teatro, se burlaron de Jaime cuando en medio del sepelio, sacó su calculadora y se puso a resolver fracciones y a hacer cuentas en una block de notas que sacó de sólo él sabrá dónde.

Una ocasión, teniendo Jaime catorce años, se acercó a su padre para pedirle lo siguiente:

—Papá, quiero que me compres un libro.

El padre de Jaime no cabía de la emoción. Al fin parecía que sus esfuerzos por encausar a su hijo estaban rindiendo frutos, y hasta una pequeña lágrima amenazaba con asomarse de tanta alegría.

—Hijo, no sabes lo feliz que me hace que… ¿qué libro quieres?, ¿te gustaría leer a Paz, a Cortázar, tal vez a Carpentier?, ¿o prefieres a Musil, a Rimbaud?, dime…

Y Jaime contestó:

—Quiero leer el libro de Algebra de Baldor, papá.

Y la lágrima amenazante del padre volvió a esconderse en el lugar donde iba a nacer para dar paso un seño fruncido y un grito que se escuchó en toda la cuadra:

—¡Estás castigado!

Un gran desazón acompañaba siempre a Jaime, estaba seguro de que había nacido en la familia equivocada.

Cuando entró a la prepa, Jaime conoció a Jesús Muñoz, quien se convirtió en su mejor amigo por compartir una desgracia familiar similar: el papá de Jesús era un reconocido crítico literario y todos sus hermanos ya tenían publicados libros en Río Arriba, casa editorial de muchas jóvenes promesas de las letras nacionales que, en muchas ocasiones, se quedaban sólo como promesas, dejando atrás lo joven, caso que no sería el de los hermanos de Jesús, claro está.

Jaime y Jesús pasaban tardes enteras conversando.

—Te imaginas atender a la gente detrás de una ventanilla —decía Jesús.

—Debería ser pecado ser artista. No sé por qué todos quieren ser tan creativos —contestaba Jaime clavando la mirada en sus manos y llenando su voz de pesadumbre.

—Por eso el mundo no es funcional.

—¿Te imaginas a un mundo sin artistas?

—Sin duda sería maravilloso.

En el quinto semestre de preparatoria ya no tenían tantas clases en común, y les tocó hacer su trabajo social en distintos lugares, a Jaime en el archivo municipal, a Jesús en la biblioteca pública, por lo que se distanciaron un poco.

Jaime trabajaba duramente en sus horas en el archivo, lo que llamó la atención del lic. González, supervisor del joven, y lo invitó a asistir a unas conferencias que se impartirían en la Secretaría de Economía sobre la agilización de trámites y administración de archivos. Jaime estaba encantado, y cuando terminó su servicio social, el lic. González le ofreció un puesto: ser su secretario, Es un trabajo duro y probablemente no te daré mucho dinero, sin embargo, haré que te conectes bien con mucha gente. El mundo es de los que se saben relacionar… Ten, te regalo esta agenda para que lleves mis citas y mis compromisos, es muy importante que anotes todo. El joven no dudó en aceptar.

Los días pasaron y la ausencia de Jaime en su casa fue casi imperceptible, pues sus padres se encontraban ocupadísimos organizando el Trigésimo Festival Internacional de Cultura y las Artes de la Ciudad, así que el nuevo empleo pasó desapercibido.

Llegó la hora de elegir una carrera, y Jaime eligió arquitectura, desobedeciendo a su padre, quien lo instaba a entrar a la Facultad de Filosofía y Letras. Después de mucho insistir, al fin su padre lo dejó inscribirse en la Facultad de Arquitectura, el joven Baena creía que la arquitectura era una carrera que mezclaba el arte con las oficinas y la presión de un jefe altanero y prepotente, y el argumento que Jaime le ofreció a su padre, fusilado de uno de tantos libros que horriblemente tuvo que leer en uno de esos tantos horribles talleres que asistió, fue el siguiente: Papá, un arquitecto es un artista, y si lo piensas bien, los arquitectos son de los pocos hombres que pueden vivir dentro de su creación.

El joven no convenció por completo a su progenitor, quien se aferraba a que entrara a FFyL, pero gracias a la cuchara de la señora de Baena, el respetado escritor y filósofo dio su brazo a torcer. Ándale, déjalo que estudie arquitectura, quién quita y cuando sea un artista del concreto y el diseño pueda construirnos una biblioteca o un pequeño teatro de cámara

Dos años después de ingresar a la carrera de arquitectura, Jaime estaba completamente decepcionado, en realidad la línea de la escuela era más creativa de lo que él pensaba. Seguía siendo secretario del lic. González y ya ganaba un poco más de dinero que al comienzo, y sus relaciones se hicieron más y más sólidas. Él creía que en su casa nadie sabía nada al respecto sobre su empleo, hasta que un día en la mañana, justo cuando se disponía a tomar el desayuno, su padre lo esperaba sentado, con mirada dura y mandíbula trabada, y entre sus manos, la agenda que llevaba con los horarios de su jefe.

Las palabras de su padre fueron secas, duras, contundentes: Me has decepcionado. Y el joven, sin saber qué hacer, le arrebató la agenda de las manos y salió de la casa en busca de su amigo Jesús, a quien tenía tiempo sin ver, para contarle lo que había pasado y pedirle un consejo. Llegó hasta la casa de su amigo y justo cuando iba a tocar el timbre, abrió la puerta el mismo Jesús, quien al darse cuenta de que Jaime estaba parado frente a él, se comportó un tanto esquivo y cortante. Cuando el joven Baena le dijo, ¿Tienes un minuto?, quiero contarte algo, el joven Muñoz le respondió, Híjole, orita no puedo, tengo que ir a tallerear mis.. será en otra ocasión, ¿te parece?, y muy contrariado, Jaime se resolvió volver a su casa después de la hora de comida, hora en la que su papá no se encontraba. Años después, nuestro protagonista se enteró de que su otrora mejor amigo había sucumbido a la presión familiar y a los deseos de su progenitor, alejándolo por completo del mundo de la responsabilidad y el salario seguro con el que tanto soñaron juntos: cosas de la vida, finalmente, Jesús Muñoz se había convertido en poeta.

Jaime volvió a su casa, hizo una maleta, tomó sus ahorros, y con el sueño de ser contador, escapó durante la noche. Para ese día se pronosticaba una temperatura de 27° centígrados y un cielo despejado, y sin embargo, sobre la ciudad caía una tormenta eléctrica. Justo antes de salir de su hogar, echó un último vistazo hacia el balcón de la alcoba de sus padres al mismo tiempo que caía un relámpago que iluminó por un par de segundos el cielo y descubrió la silueta del señor Baena, que lo observaba desde arriba. Jaime alcanzó a ver la figura y sintió un poco de pena, pues se iba sin despedirse con la intención de no volver, al menos por un tiempo. Enseguida otro relámpago incendió el cielo, pero Jaime ya no pudo distinguir la silueta de su padre.

Han pasado cinco años desde aquella tormenta, ahora Jaime es un todo un oficinista, tiene un trabajo de 9 a.m. a 6 p.m. de lunes a viernes con dos horas para comer, y de 10 a.m. a 3 p.m. los sábados. Coteja facturas en un cubículo de dos metros cuadrados, levanta reportes de movimientos bancarios y de depósitos y es el encargado de hacer el rol de la semana para preparar el café en la oficina; acaba de recibir crédito en Coppel y está por dar el primer enganche de un Ford Ka. En su escritorio tiene una fotografía de sus perros, dos adorables french poodle, Bombón y Muñeca. Y ahora, bajo toda la presión de su jefe, un hombre prematuramente calvo y un tanto descalificado para su puesto, y con el cobijo de una balastra con focos ahorradores, Jaime es más feliz que nunca. Además, ya se reconcilió con su padre, pues cuando el señor Baena se enteró de que su hijo trabaja para CONACULTA, todo quedó perdonado.

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