Lluvias de tierra

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Liliana abrió el congelador, un delicioso aire frío golpeó su rostro y una efímera sensación de alivio la recorrió de pies a cabeza. Un termo barato en la puerta del congelador se atravesó ante sus ojos, café y verde, abarrotado de frasecitas como “Piensa verde” “Reúsa, recicla, reduce” o “Cuida el medio ambiente”. Lo contempló sólo por unos segundos. Pronto ese termo degeneró en el más fastidioso de los desconsuelos. Ese termo iba a estar más tiempo en la tierra que ella misma, de hecho, mucho más, incluso si hubiera aparecido al mismo tiempo que el primer humano en la tierra, ese termo seguiría existiendo.

—¡Hugo! ¿Por qué dejas los vasos vacíos en el congelador? —sacó el termo y lo arrojó molesta en la tarja—.

El día había comenzado con un sol desmedido, como casi todos los días desde hace varios años. Cuando notó que el cielo se oscurecía de a poco cruzó apurada la casa hasta llegar a la puerta del jardín, al salir un fuerte viento cargado de tierra la abofeteó.

—No puede ser, ¡Hugo! ¡Cierra las ventanas de arriba! ¡Va a llover tierra!

Azotó la puerta, cerró las ventanas de la planta baja y se dirigió a la sala que a la vez fungía como recámara y comedor, era el área con mejor ventilación de la casa. Se tiró sobre el sillón forrado de ropa sucia revuelta con ropa medio limpia, cubiertos usados, libros releídos cientos de veces y polvo, mucho polvo. Con su delgado dedo acarició el mousepad de su vieja y maltratada laptop, una fotografía de Hugo, Liliana y su perro Dientes, adornaban la pantalla.

De vez en cuando el internet volvía, ese día era una de esas veces.
Youtube. Buscador. Organización de comunicaciones terrestres. Enter.
Algunas horas atrás el canal había transmitido en vivo. El video se reprodujo de modo automático en la página principal.

—¡Hugo!¡Ven! —gritó asomándose por las escaleras— ¡Tienes que ver esto!
La luz tintineó.

Por motivos de seguridad la OSH (Organización de la seguridad humana) ha decretado cortar el suministro de electricidad en su totalidad por tiempo indefinido. Se dará un lapso como prórroga para que los habitantes tomen las medidas correspondientes conforme su situación particular…

El video continuó, pero Liliana dejó de prestar atención, ya habían dicho lo que en realidad querían decir. El viento chocaba con la casa raudo y violento, levantando láminas y basura por los aires. No se podía ver nada por la tierra.

—Bueno,Hugo, nos quedan unos días de electricidad y no sé cuántos minutos de internet, ¿Qué quieres escuchar?, sabes qué, olvídalo, siempre escuchamos tu música, es mi turno de escoger, estoy harta de los mismos tres álbumes de Metallica que tienes en la computadora. Juro que si tengo que escuchar Enter Sandman una vez más me voy a volver loca.

Buscador. Radiohead. Relacionados de Youtube. Play. Creep.

Como todo verdadero fan de Radiohead, Liliana no prefería demasiado a Creep, pero dejó que corriera la lista tal y como estaba, “la siguiente es buena”, pensó.

Volvió a asomar la cabeza por la puerta corrediza del jardín, para ver si la tormenta de arena comenzaba a amainar, pero el aire seguía siendo marrón.

Subió las escaleras. Montones de tierra cubrían cada rincón de la segunda planta. Entró a la que antes era su habitación, las cortinas ondeaban libres. Todas las ventanas estaban abiertas.

Se quedó inmóvil en medio de la habitación unos cuantos minutos.
—¡Hugo!¡Hugo! —gritó saliendo al pasillo— ¡Hugo!

Sus rodillas se debilitaron y cayó al piso, los granos de arena rasparon sus rodillas huesudas. Se puso de pie y se dirigió de nuevo a la habitación, abrió el closet y sacó una caja de zapatos rellena de algodón y retazos de tela. Bajó las escaleras, llenas aún con diplomas enmarcados y fotografías. Tomó una, Hugo y Liliana en su primer viaje juntos, hace más de diez años, cuando aún eran novios. Al pie de las escaleras volvieron a escucharse las débiles bocinas de la computadora. Sonaba No surprises. “Esa es buena”, pensó.

Se dirigió de nuevo al jardín con la caja y la fotografía en manos. Deslizó la puerta, los granos de la abrasiva arena hacían pequeños rasguños en su piel. Se sentó en una de las mecedoras, abrió la caja y sacó el pequeño revolver que Hugo le había dejado antes de morir. Muchos habían muerto durante la primera gran sequía. Muchos de hambre, muchos de sed, muchos otros más, intentando no morir de hambre ni de sed.

Rozó con nostalgia su anillo de matrimonio y se aferró la fotografía al pecho. La tierra agrietada y sedienta de su seco jardín se bebió sin remordimientos a la vida que manó de la sangre de Liliana.

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