Sábado de cuentos: No volverá a casa, por Claudia Soto

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Cuando sonó el timbre de la puerta, Martha sintió que el estómago se le anudaba como nunca antes. Había tenido sensaciones similares a lo largo de su vida, pero nunca antes una como esta, recordó cada una de ellas conforme avanzaba hacia el recibidor y sus pasos se volvían más torpes. Primero, vino a su mente la muerte de su padre cuando tenía doce años, luego el embarazo no deseado a los dieciséis, después el accidente de su hijo en el preescolar mientras ella estaba trabajando, y siguió divagando hasta que su pensamiento encontró el día en que un autobús golpeó su coche al cruzar una avenida. Ningún evento sorpresivo superaba este momento, ninguna noticia le había quitado tanto el color como la visión de aquella caja de cartón frente a la puerta de entrada.

Las manos de Martha, trémulas y pálidas, se extendieron al tiempo que su espalda se curvaba para levantar el paquete, pesaba bastante, al menos lo suficiente para confirmarle que sus miedos se harían realidad en cuanto rompiera la cinta y la verdad le saltara a la cara. La noche anterior, su marido no había vuelto a dormir, intentó llamarle varias veces, pero fue inútil intentar contactarlo, sus pensamientos lo llevaban a posibles escenarios en donde él la engañaba de nuevo. Había dormido poco cuando la alarma del despertador le informó que debía preparar a los niños para la escuela. Aquella mañana no hizo desayuno, el dinero en su monedero alcanzó para comprar el almuerzo y darle un billete extra a cada uno de sus hijos para gastar en el colegio.

―¿Qué pasó, hija de tu puta madre? ¿Ya tienes el dinero?

―No. No voy a darles nada.

―¿Usted no quería a su esposo, verdad, cabrona?

―No tengo el dinero que me pide además… ―colgaron el teléfono―… además, no tengo ese dinero que me piden.

Se molestó por no haber podido explicar un poco la situación, por no haber logrado comprobar que la voz que gritaba su nombre era de alguien más, no de su esposo. Pero todavía estaba dentro de tiempo, Ángel podía volver en cualquier momento. Recibió a sus hijos a las tres de tarde y los mandó a comer a su habitación, ni siquiera se dio cuenta que no le había puesto sal a la comida. Estaba segura de que Ángel entraría por la puerta antes del anochecer, borracho o enojado, o ambos, para recoger sus cosas e irse con alguna de sus… No se atrevió ni siquiera a pensar el nombre de la última con quien la había engañado.

La culpa le arañó la espalda, ahora con la caja sobre la mesa y el cuchillo vibrando al ritmo de su nerviosismo, trataba de abrirla. No atinaba a cortar la cinta, lo logró luego de unos minutos en los que sus lágrimas se volvieron espesas y le impidieron la clara visión del contenido. Ahogó un grito para no atraer la atención de sus hijos cuando el interior quedó expuesto, no era necesario que ellos vieran aquello. La basca le inundó la boca y se escurrió entre sus dedos mientras los ojos de Ángel, todavía abiertos, parecían mirarla con desaprobación y sus labios entreabiertos mostraban la sangre coagulada que lo había ahogado antes de que le cortaran la cabeza.

El olor a muerte inundó la sala, un olor que acompañaría a Martha por el resto de sus días, mientras se aseguraba de que él no volvería a casa…

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