Sábado de cuentos: Por fin consiguieron su reino

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En el barrio se tiene poco, si algo para empezar. Pero la mente de un niño lo posee todo, lo crea todo, lo destruye todo. Por eso éramos Los Monarcas.

Realmente la bolita ya llevaba años de conocerse antes que yo me uniera. Las relaciones en el barrio son tan cambiantes como los vientos, por lo que es una gran bendición cuando encuentras amistades que pueden hacerse de cemento, como las casas chuecas que poblaban sus calles. Ese fue el caso del Chiqui, el Castor y el Cachirul, que a falta de otra cosa que hacer (Castor y Cachirul dejaron la escuela porque sus jefes no podían pagar las “cuotas voluntarias”; Chiqui dejó de ir por seguir a sus compas), deambulaban por las calles terrosas, platicando y jugando esos juegos que eran comunes cuando la calle no daba miedo, y la vida era sencilla. Eran lo más cercano a hermanos de distinta camada en aquel rinconcito olvidado de aquella ciudad olvidada cerca de aquel pedazo olvidado de la frontera Norte.

Fue entonces que llegué al barrio, producto del deseo de mi familia de cruzar el límite, hacia el american dream. Mi papá planeaba juntar el dinero para asegurarnos el pase, y mientras tanto, tendríamos que convencernos que aquel barrio era cómodo. Así, una tarde los conocí a ellos. La tarjeta de presentación fueron ocho nudillos, pues el Cachirul trató de agarrarme en bajada. Pero estaba bien wey si pensó que me iba a dejar. Y los tres me respetaron por eso.

Así nos hicimos el cuarteto rey de aquellas calles. Cuántas cosas no hicimos bajo aquel sol tan despiadado, como cuando hueveamos la casa de la señora Rosales, por quedarse nuestro balón una tarde que echamos la pica en su calle. Fueron buenos años, buenos momentos. Momentos que decidimos poner bajo la marca del nombre Monarcas, pues de pura casualidad, todos le íbamos al equipo de Morelia. Y vivíamos creyéndonos ese nombre, jugando a que esas callejuelas eran nuestro reino, con castillos construidos en las nubes y dragones hechos de cemento. Al principio, los cuatro jugábamos a ser reyes al mismo tiempo, pero cuando eso trajo algunas peleas, acordamos turnarnos los papeles. Pinche Chiqui casi siempre fue el mensajero, y yo un caballero/escudero, pero en fin. Los días, horas, segundos fueron inolvidables.

Pero ningún segundo en el mundo es eterno. Mi papá, a base de unas privaciones y humillaciones que nadie en mi familia olvidará, juntó el dinero para el coyote. El último día que pasé con Los Monarcas antes de irme, les prometí llorando que un día volvería a recorrer con ellos el barrio, nuestro barrio.

Me fui de madrugada. A mediados de ese año, estalló la guerra contra el narco. Mis papás por eso, se hicieron a la idea de que ahora los Unaites eran su único hogar. Pero yo no pude olvidar mi promesa.

Así que volví, unos años después. Ahí estaban, las mismas calles, la misma gente, las mismas casas y negocios. Pero no los mismos Monarcas. Al primero que encontré fue al Chiqui. Estaba vendiendo palomas de mota en la esquina.

Los Monarcas por fin consiguieron su reino, se volvieron los verdaderos reyes del barrio. Se alegraron enormemente de verme, y me pidieron que le entrara.

Yo no quise.

Eso no les gustó. En el barrio las relaciones son tan cambiantes como los vientos, y cuando logran hacerse algunas de cemento, la más mínima fractura es traición.

Entonces volví a irme del barrio. La diferencia fue que esa vez, fue a balazos.

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