Todavía hay palomas en la catedral

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En Sarita, un pueblo escondido, de unas cinco mil personas; amanece por encima de la Santa Parroquia de María Luisa un sol rojizo con dejos de naranja. Mismo color que parece que viene desde Piedras Negras alumbrándoles el vinilo a las cajas cubiertas de las RAM cuatro por cuatro que manejan los policías estatales.

Desde adentro de la parroquia, estira el cuello una de las mujeres que por su espalda recibe preguntas. Sí, son ellos. Sí, vienen cuatro camionetas parece que llenas. A diez segundos suenan las campanas en lo más alto del edificio y el pueblo de Sarita sale de las casas, se aparece sobre las enanas avenidas. Salen todos, la mayoría ancianos, uno que otro hombrecillo que pudiera considerarse más joven pero todos se ven debiluchos y avejentadso. Los varones se ven barbudos, desalineados. Las mujeres grandes, canosas y vencidas del rostro, avanzan más rápido que aquellos, pero no tanto, todos arrastran sus extremidades bajas como si vinieran barriendo el asfalto, igual senil, debajo de ellos.

A unos ochocientos metros, en los campos de maíz, también se escuchó la segunda campanada; y los dieciséis campesinos detuvieron las azadas y se miraron entre ellos unos momentos antes de apuntarse hacia Sarita. Desde allá, vieron a los oficiales bajarse de las patrullas y caminar hacia las casonas ya vacías del pueblo. Sin decirse nada, cada uno imaginó los taconazos autoritarios de las botas que avanzaban rutinariamente.

Pasó, en los campos, una brisa mañanera. Los pelos de los sembradores se alborotaron, después las hojas de los mezquites y finalmente el tintineo de los carrillones de viento en los pórticos. Un estatal se había quedado afuera, parece que era el jefe de los demás. Ese traía gafas de sol y un sombrero vaquero; apuntó su vista hacia los sembríos y fue por eso que aquellos dejaron de mirar desde lejos y volvieron a trabajar la tierra.

No había sacerdote en la parroquia y por lo tanto no había misa tampoco. Los viejos y las mujeres que se albergaban en el edificio, sólo yacían sentados sobre las bancas de pino añejadas. Casi todos tenían las manos cruzadas entre sus rodillas y veían el mosaico en el suelo, los pocos concentraban sus miradas sobre el Jesús crucificado al medio de la iglesia o sobre los cuadros de los santos y los ángeles en las paredes.

El de lentes de sol abrió con brusquedad la puerta de la parroquia y ya nadie se sorprendió con la figura iluminada que empezaba a deambular en medio de las bancas largas. El grupo de mujeres se había aglutinado hasta adelante. El estatal sonrió al verlas y sin perder tiempo apuntó hasta Magdalena, la menos jovencita de las pueblerinas, pero todavía abajo de los cuarenta. Esa tembló de miedo hasta que la mano que había extendido el oficial le llegó a la suya, se enlazaron y anduvieron hasta quién sabe cuál de las casonas porque ya nadie quiso voltear a verlos, ni los campesinos, ni los ancianos, ni las demás mujeres.

El sol abandonó su tinte rojizo de cuando apenas nace y se puede admirar. Y se convirtió en el círculo blanco que es cuando, a media tarde, uno intenta todavía alabarlo, pero, en su lugar, te pica las pupilas. A esa hora salieron todos de la parroquia y las camionetas prendieron los motores.

Todos empiezan a salir de la parroquia y las mujeres se quedan a consolar a Magdalena quien lloraba debajo de la figura barroca del ángel Gabriel.

Los campesinos, a lo lejos, observaron a sus parientes regresar a sus tardes como de costumbre. Se vieron entre ellos una vez más antes de continuar con su tarea. Otra vez el viento acarició sus cabellos, les ayudó a secar un poco del sudor entre sus mechones; y, además, evitó que las lágrimas de algunos se cayeran a la tierra fértil, esas más bien volaron por el campo y hasta el pueblo de Sarita donde se disiparon como si fueran sus propias esperanzas.

Magdalena se abrazaba el vientre después de haber parado de sollozar.
-Si me saliera un chamaco de ese cabrón. Lo mato. Juro que lo mato en frente de él.
-No digas esas cosas, Mague, menos aquí, en la casa de Jesús.
-Aquí no es la casa de Jesús -dijo Magdalena, con un vozarrón que hizo temblar la estructura-. La casa de Jesús está en la Catedral de los Mártires de Cristo Rey. Si llegáramos allá. Escúchenme. Si llegáramos allá, estaríamos seguras.

-No podemos salir de aquí, Magda. Si el patrón no nos ve aquí, nos vamos a morir todos. Y, además, no sabemos cómo llegar a Piedras Negras.

El diálogo, entre Magdalena y Guadalupe, era escuchado por otras seis mujeres. Encomendadas las ocho a vivir en la Parroquia para cualquier cosa que se les ofreciera a los estatales. Encerradas allá, por obligación y por castigo a los hombres que una vez quisieron levantarse en contra de la autoridad estatal. Ahora sirven, desde la casa de Dios, a quienes les dan “seguridad, protección, vida digna”.

-A mí me dijeron –ahora habla Martina-, que las palomas en la catedral de Piedras Negras son mensajeras. Que les enseñaron cuando por la revolución hacía falta comunicarse con la capital. Que nomás es cosa de aventarla en dirección a donde quiera uno que vaya.
Las demás observaron a Martina, la más jovencita de las ocho.

-Me dijo mi abuelo, él estuvo en la revolución –justificó la mujer a las demás-. Digo que, si una estuviera en la catedral, nos avienta una paloma y así nomás la seguimos de regreso.
Todavía Martina estaba en tela de juicio, las mujeres le observaban en proceso de decidir si la idea de Martinita podía ser viable o no.

-¿Y qué si ya no hay de esas palomas en la Catedral?

Todas hicieron silencio. No porque la idea se hubiera apagado con la pregunta de Sofía. Sino porque todavía no terminaron de entender el planteamiento. Habrá que comprender que las ocho mujeres llevaban en la parroquia de María Luisa algunos cinco años. En ese lapso, las mujeres se adaptaron a la enorme amplitud del tiempo que tenían. Por eso es que todas ellas se toman algunos minutos para pensar las cosas antes de contestarse entre las pláticas. Dentro de la parroquia, las conversaciones de quienes viven allí consisten en repetidas pausas alargadas que para un conversador acostumbrado a lo cotidiano podría parecer eterna.

-¿Y cómo nos vamos? –planteó al fin una de las dos Marías del grupo.
-Pues, caminamos –dijo otra.

Esta conversación les tomó dos días terminar debido a los dilatados paréntesis de pensamientos que hubo entre ellas. Pero en resumidas cuentas, hablaron lo siguiente:
-¿Y luego, pa dónde? –Insistió María del Rosario; quien, hasta ahora, había mantenido la batuta de líder de las ocho mujeres.

-Pues, no hay pa dónde, a menos que sigamos las marcas de las camionetas. Pero quién sabe si vayan pa Piedras Negras. ¿Alguien sabe de dónde son estos? –Insistió Carmelita, la de huesos grandes.

-Yo no me acuerdo, nunca hemos platicado. Ni cuando estamos en la cama. ¿Ninguna ha podido platicar con alguno?

-Yo sí, con uno, el güerito. Pero creo que él es de Nava. No sé, no le entendí bien porque le faltan los dientes de enfrente. Y tampoco aguanta mucho que digamos.

-Pos a mí el chilango me dijo que era todo derecho, nomás por la carretera, un día que venían de Piedras, me dijo que venía bien aburrido porque acá en el norte no había nada que ver, ni hay curvas, ni árboles, ni nada, puro camino derecho –la que habló fue Dani; la más chaparra del grupo.

Hubo silencio. Todas observaban el piso de la iglesia. Cabildeaban en sus cerebros la idea de la libertad, la de idea del cambio.

-Ámonos de dos en dos, pues –emitió al fin María del Rosario-. Para que no se note mucho. A Marijose nunca la piden, ni a ti, Flor. Si preguntan por ustedes podemos decir que se fueron a caminar. Váyanse primero ustedes y si llegan a la Catedral, nos avientan una paloma.

-Pero, luego, qué les van a hacer a los demás. Si nos vamos, se los van a tronar.
-A los viejos no les van a hacer nada, ni pa qué. Y que los otros se escapen cuando vean que ya no estamos. Nomás porque nos tienen aquí encerradas es que aquellos les siguen las órdenes. ¿Ya no te acuerdas cómo fue que dejaron las armas? Si a mí fue la que me pusieron la pistola en la cabeza y conmigo fue que les amenazaron con que me volaban los sesos si no soltaban sus rifles.

-Sí. Ya cuando nos vean que no estamos vas a ver cómo se van a sentir más libres.
-Vámonos de dos en dos, pues –repitió Magdalena, quien había permanecido en silencio-. Los estatales vienen cada dos semanas. Pero siempre hay patrullas aquí a la salida. Vamos a tener que rodear por los matorrales yendo para donde sale el sol. Le damos vuelta a la montaña y de ahí buscamos la carretera, no debe estar tan lejos. Nos vamos saliendo cada tres días, y si no llega una paloma, nos salimos otras dos, y si no llega ni una para el sexto día, pos se van otras dos. Y así nos vamos.

Quien hablaba detuvo la voz. Todas se miraron entre ellas; y luego de regreso a Magdalena quien había acelerado la conversación. Después las ocho tragaron saliva y asintieron hacia el plan.

-Magda, tú te tienes que quedar hasta el final porque eres la del jefe. Con que estés tú, se apaciguan los demás –habla María del Rosario-. Si no llega nada de la Catedral, ya tu sabes si te quedas o te vas, mija. Nosotros vamos a hacer lo posible pero, no te queda de otra, necesitamos que seas la última.

Dejaron a Magdalena y a Carmelita hasta el final. Por ser la más necesitada y la más pesada ara andar, respectivamente. Las primeras quedaron Flor y María del Rosario. Las segundas, Daniela y Marijose. Las terceras. Dulce, quien no se había mencionado por ser la más callada, y Martina, fueron las penúltimas.

María del Rosario y Flor emprendieron el camino a primera hora de la madrugada. Justo cuando cantó el gallo de las cinco y los campesinos del pueblo se levantaban para comenzar las labores.

Los días pasaron junto al silencio de los nervios, junto a las piernas tembolorosas debajo de las bancas en la Parroquia de María Luisa y junto al lloriqueo a veces incesante de algunas de las mujeres en el encierro. Amaneció el tercer día y ninguna paloma se había asomado. La siguiente pareja salió por atrás de la iglesia y aventó su destino hacia los matorrales de Coahuila.

Pasaron tres días más bajo la misma inquietud, el mismo desasosiego y las vagas esperanzas de vislumbrar una paloma en la ventanilla más alta de la iglesia. Dos mujeres más se colaron por detrás del edificio más grande de Sarita.

Una de aquellas dos penúltimas, Dulce, vería a lo lejos, dentro de la oscuridad que todavía ahondaba esa mañana, unas luces que aparecían al lado de la montaña, que alumbraban la carretera que corría hacia Sarita; eran las patrullas estatales arribando a destiempo, algo debía haber pasado. Dulce avisó apenas en murmuro a Martina, quien observó al instante y perpleja echó la mirada con duda por detrás de sí, en dirección a la parroquia. Vente, Dulce, ordenó Martina, tenemos que andar hacia la Catedral.

Magdalena y Carmelita escucharon los estacionados fuertes de los estatales. Esta vez eran tres camionetas las que habían llegado. No venía el jefe. Se bajó un hombre chaparro y de piel morena que lucía unos lentes de sol cuadrados. El sol ya mostraba una rebanadita de su luz sobre las montañas que rodeaban Sarita. Al lado del hombre chaparro, apareció otro, panzón, había dejado una bolsa negra en frente de las camionetas.

Carmelita, asomada por la puerta de la iglesia, le contaba a Magdalena lo que veía. Ahí vienen, ahí vienen, dijo, temblando de los hombros. Los dos policías ya descritos caminaron hacia la entrada de la iglesia; apenas para abrirla, salió Magdalena.

-Buenos días –balbuceó la mujer sin encontrar palabras.
-Buenos días, señorita –le habló el estatal, con el respeto que merece la escogida del jefe-. Oiga, ahí están todas adentro, ¿verdad?
-Algunas, otras se fueron a dar la vuelta, aquí cerca. Es la costumbre matutina.
-Ah, mire, porque nos encontramos a una de ustedes allá por la carretera. Como queriendo escaparse. ¿Será que hasta allá se echan la caminada?
Él y el otro uniformado rieron para sí.
-Pos ahí se la traje, no la vimos bien, tan oscuro que está. Le disparamos pensando que era uno de los del otro bando.

Magdalena no entendía, tardó en procesar los hechos. Luego observó la bolsa en frente de la camioneta. Y corrió despavorida al apenas considerar que ahí dentro estaría una de las mujeres. Abrió el plástico sin medirse y entonces apareció el rostro entierrado de Marijose, tenía cara de susto debajo del rostro rojizo que le dejó la sangre seca.

-Y las demás, ¿dónde están? –decía uno de los policías desde la iglesia. Pero Magdalena se quedó todavía con la cara de Marijose entre sus manos y las lágrimas rodándole por las mejillas. Sin esperar la respuesta, los estatales se alebrestaron al ver que nada más estaba adentro Carmelita. Se escuchó el sonido de los radios comunicándose y al jefe, a la distancia, quien avisaba que ya iba en camino.

Dos de las camionetas rodaron en búsqueda de las mujeres. La de los policías ya abajo, se quedó. El chaparro tomó de los pelos a Magdalena y la metió en la iglesia con enojo, dio tres disparos al aire una vez que Magdalena estuvo dentro y avisó a todo el pueblo que se metieran en la iglesia. Aquellos obedecieron sin mover un dedo.

Magdalena atesoró la costumbre que tenían las ocho mujeres antes de idearse aquel plan de las palomas. Sintió en el vientre un piquete que le hizo sobresaltarse. El jefe de los estatales le ordenó que bajara la cabeza y siguió abusando de ella en la casa de su familia. La mujer, boca abajo, enseñaba la espalda al techo, la cual apareció como un lienzo de violencia; islas de moretones habían nacido en sus homóplatos y los lentos conversatorios con las otras siete mujeres renacieron en su cerebro. Sintió nostalgia, y arrepentimiento por haber sido parte de la muerte de Marijose, y, quién sabe, de las demás.

El policía le volteó de posición a Magdalena quien yacía quieta en el tálamo más cómodo de Sarita. Arriba, por encima de la coronialla del jefe de los estatales, se veía una ventanilla, por donde se notó la brisa del viento por fuera, los rayos cálidos del sol; la ternura de un pueblo casi muerto le provocó un cariño incesante y una fe que sentía que le picaba más el vientre. Entonces se planta una paloma allí, en esa misma ventanilla, tiene la barriga café, pero todo lo demás es blanco, trae una notita en la pata que dirá: Todavía están las palomas en la catedral, Magdalena. Por favor, sálvalas a todas.

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