Sirenas color rojo

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Los servicios de emergencia recibieron la llamada a eso de las once de la noche. Increíblemente, la respuesta fue impecable, pues apenas diez minutos después, la ambulancia ya había recogido al herido y se encontraba en tránsito hacia el hospital.

El herido presentaba dos balazos en las zonas del pecho y el estómago, y aunque estaba resistiendo, de no llegar pronto al nosocomio, serían sus últimos momentos en esta tierra. 

Así pues, el motor de la ambulancia corría a todo lo que daba. Una calle sucedía a la anterior. El vehículo tenía que pasar por una de las avenidas principales de la metrópoli, a la cual se dirigió por otra calle de tres carriles y de una sola dirección. Se topó con dicha calle en rojo y con dos coches enfilados en cada carril.

María, la conductora de la ambulancia, aunque apurada, no desesperó al principio. Las sirenas serían ayuda suficiente para que esa flotilla de carros se moviera y pudiera tomar la avenida al hospital. 

Pero las cosas no fueron tan sencillas.

Nadie se movía, aún después de un minuto que las sirenas perforaban los oídos de los automovilistas y las luces saturaban los ojos de los transeúntes.

Fue así que el claxon de la ambulancia se unió al gritar de las sirenas.

Mientras tanto, en aquellos automóviles, la situación no era nada fácil.

Julián, dentro de un sedán rojo, el primero en el carril central, quiso moverse, pero temió que después no pudiera volver al carril, y que un oficial de tránsito lo multara por invadir la cebra peatonal.

Rosa, en una minivan color arena al frente del carril derecho, no tenía a dónde maniobrar y se dedicó mejor a consolar a su bebé en la sillita, quien se había despertado y asustado con las sirenas.

En similar situación se halló Rodolfo, liderando el carril izquierdo con jetta del 2005, quien respondió a la falta de opciones subiendo el volumen de la música, para reducir el griterío de la ambulancia.

Karina, segunda en el carril central con Volkswagen passat del año, hizo todo lo posible por moverse, uniendo su claxon al de la ambulancia y acercándose lo más que pudo al sedán rojo para forzarlo a avanzar. No pudo salir del encajonamiento.

Cuento sugerido: La Niebla.

A su lado izquierdo, doña Eugenia, dentro de un aguerrido bocho de un negro deslustrado, decidió acompañar su incapacidad para ayudar con un rezo en favor del desgraciado en la ambulancia. 

Algo parecido hizo Jorge al lado derecho – coincidentemente también a bordo de un bocho, nomás que de color blanco –,  pues nomás se dijo: “chale, ojalá la libre el wey.”

Así, la escena se mantuvo inmóvil ante las súplicas de aquellas sirenas color rojo y el grito del claxon de María.

Unos minutos más tarde, el astro verde por fin llegó. María maniobró y entró en la avenida, donde la prisa la llevó a actuar con rudeza e incluso ilegalidad al volante.

La ambulancia llegó a eso de las diez para las doce al hospital. Cinco minutos después, se decretó la muerte oficial del baleado. 

 

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