Tierra cruda

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Para darle la forma de muro al barro y evitar que éste se desmorone, sobre el cimiento se levantan cuatro paredes y un techo. Se vierte el barro en su interior y se prensa. Así nacen las edificaciones. Algunas tan antiguas como la tierra cruda, del adobe y la tapia.

Es agradable mirar cómo va una edificación completándose. Primero reafirmar el suelo, levantar un muro y luego otro, y otro, un armado de ingenio. Perfeccionar acabados y matices, una faena de sonidos y movimientos para llegar a su transformación.

La modernidad seduce, de eso se trata, todos lo dicen, que la ciudad tenga vida.

Pero más allá de esto, de los avances y el progreso, confieso mi interés hacia lo otro.

No logro esquivar mi atención a los pasajes derruidos, las obras incompletas, casas solas y edificios vacíos. Es una afición en la que tengo observar lo que no habita. Repasar los ladrillos abiertos y ventanas rotas mostrándose en todos los caminos. Una manera insufrible de exponer el descuido, vivo en un tiempo distinto.

Porque las cosas no son mudas, que si lo fueran, nada nos dirían. Sólo están calladas en silencio. Estoy segura que hablan, las ruinas tienen memoria, hablan de lo que dejan. Pertenecen a un accidente del tiempo, unido a algún hecho, interés, necesidad, casualidad, oportunismo o coincidencia. Y toda su materia prima tiene privacidad o intimidad para el resguardo de sus pertenencias.

En cuatro paredes y un techo, cinco elementos de protección. Un conjunto artificial para ser habitado, para ser compartido, agazapado con otros bienes o utensilios. También se habita un tinglado, un andén o un campo llano. Sin techo o sin paredes cubierto del amparo, del medio natural.

En todo esto hay un conglomerado de actividades, de proximidades tan básicas o complejas.

De tal modo y de todas formas, un espacio que se vive, es un espacio que se queda. Un espacio que se deja, es un espacio que se olvida y se abandona.

A lo contrario que enseñan, son imponentes. Me provocan todas las preguntas, creo ver siluetas en sus balcones, ecos en su interior. Algunas esconden el hechizo que se mete en la maleza y se trepa en las enredaderas. Hablo de las casonas que nadie quiere comprar, mucho menos ocupar. Qué cantidad de cosas quedarían pendientes. Ahora son fincas incosteables, dejadas, tal vez por la roña codiciosa de sus dueños, de sus “buenas familias”, que pasaron de la opulencia a la bancarrota. Quizá ya muertos están, y se olvidaron, o no logran olvidar.

Hay otros ausentes, vivos que andan buscando guaridas en dónde habitar, dónde dormir, dónde hacer lo que se tenga que hacer.

Sobrevivientes de unos, y otros. Familias enteras. Deambulando en calles o estaciones, asentados en propiedades furtivas. En edificios o multifamiliares vacíos, en casitas que ya nadie reclama ubicadas hasta el fin del mundo.

Terrenos y baldíos, emancipados con materiales de cartón, madera o lámina.

Y es que, como se puede, se hace, se busca; así funciona, formando un convite o un hogar. Cuanto habrá al cruzar una puerta, cuanto más detrás de cerrarla.

Camino y me convenzo, ¿qué sentido tiene reflexionar en la modernidad sin la ironía tan subterránea que se presenta a la vista y en todas partes?

Es el crecimiento violento que nos alcanza, donde los verdes se van muriendo, los árboles dormitan en fotos de otra época. La historia se barre y los vestigios se rayan, se tiñen, se agotan en letras de neón.

Los macros se imponen y los micros se cierran.

Realidad o imaginario lo que no habita, se habita, no son mundos pasivos, si viven, en permanente tensión.

Depredador.

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