A las 8:50 de este viernes de enero recibí un mensaje de un amigo periodista: contenía un folio y un reporte muy escueto sobre el reporte de disparos de arma de fuego en las inmediaciones de un colegio. Se trata del Cervantes unidad Bosque, de Torreón. El mismo donde estudié mi primaria y secundaria. La misma institución a la que confío la formación académica de mis hijos (aunque en otro campus).

El dolor nunca me ha sido ajeno, ni las desgracias del mundo me han sido lejanas. Y sin embargo, esta tragedia en particular ocurrió en la ciudad donde nací y vivo; en mi colegio, en el de mis hijos y el de las hijas e hijos de muchos amigos. Y este hecho me mueve aún más profundamente a la reflexión y a la propuesta de acciones concretas.

Igual que durante el periodo más crítico de las violencias relacionadas a la “guerra contra el narco”, este suceso vuelve a colocar a nuestra comunidad en los titulares de la prensa internacional y local, entre el sensacionalismo, la información imprecisa o falsa, y un millón de teorías, especulaciones y juicios sobre los sucesos y protagonistas de esta mañana.

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Nuevamente, nos volcamos a señalar culpas y responsabilidades tras el problema. En esta ocasión, sin embargo, el enemigo público número uno no es el gobierno. Empezamos por culpar a los padres, al colegio, a los videojuegos, al acceso a internet, a todo aquello que no seamos nosotros mismos y las violencias que reproducimos cotidianamente.

Es lógico que las respuestas inmediatas sean superficiales. Corresponden a la realidad individualista y mercantil en la que participamos sin un ápice de criticidad o conciencia. Es consistente con nuestra costumbre de mirar hacia afuera y rara vez investigar adentro. Es congruente con la actitud reacia a la atención de problemas de salud mental y en general de cualquier mirada que integre múltiples factores al análisis de una problemática. Coincide con la apatía generalizada de pensar, participar y construir colectividades verdaderamente conectadas.

Pensemos hoy, y construyamos narrativas solidarias. Trabajemos intensa y positivamente en la configuración de redes para la crianza, la escuela, la administración pública y cualquier espacio de socialización en el que podamos intervenir con fuertes dosis de empatía y respeto. Pero también con información adecuada, suficiente y clara. Compartamos mensajes de paz más allá de las redes sociales, a través de nuestra labor diaria. Señalemos las fallas, y trabajemos por arreglarlas. Evitemos caer en la comodidad de las soluciones inmediatas.

Ningún tipo de violencia ocurre por generación espontánea. No se trata de un tumor que pueda extirparse sino de una enfermedad de todo el sistema, y cada quien formamos parte de ese sistema. Las guerras, los feminicidios, las balaceras y todas las malas noticias que leemos a diario comparten lazos estructurales que, mientras no tengamos la capacidad (e intención) de identificar, mucho menos podremos erradicarles.

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