Tres revoluciones

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Dos estatuas

La mujer y su contacto habían sido claros: verse a las tres de la tarde, en la plaza del centro de la ciudad, al lado de la estatua.

Ella ya estaba ahí desde las dos y media, recargada en el pedestal. Nada destacaba en esa mujer, con su piel bronceada por las jornadas de trabajo, ropas de calle y una mochila que el tiempo había batallado para deshilachar. Si alguien viera todavía el canal judicial, hace mucho que hubiera conocido su cara, el calificativo de terrorista debajo de ella, y la recompensa ofrecida por su captura abajo de eso. Pero el Estado tiene esa costumbre de las palabras graves para enmascarar la realidad. La mujer había conocido todos tipos de lucha: la sindical, la partidaria, la revolucionaria. Pero no la terrorista.

Era precisamente una lucha la razón del contacto. Las cosas se ponían más críticas, la vida más dura, la condición de los obreros más descarada y sus comentarios más decididos. Para las distintas organizaciones, en el subterráneo hasta el momento, había sido todo un florecer de actividad, y sobre todo, planeación. Planeación que contemplaba armas para empuñar y balas para disparar. Armas y balas que el contacto podía conseguir.

Las tres. La plaza estaba desierta. Las tres y cinco. Sólo un par de viejitos de camino a casa. Las tres y diez, tres y cuarto, tres y… la mujer pasó de la simple cautela a la incertidumbre militar, agarrando la pistola dentro de su mochila y sosteniéndola con el dedo en el gatillo, lista para escuchar una vez más el tronar de la pólvora. Pensó por un segundo huir para salvar al plan y al partido.

Pero entonces lo vio, saliendo de una de las callejuelas laterales. Era él, tenía que ser: el sombrero negro era la clave. Pero aun así, la mujer no soltó el arma. Ella miró su rostro desprovisto de un solo pelo, cuando le dijeron que tendría barba, ¿cambio de estilo? ¿O acaso…? Sólo había una forma de averiguar. Mientras él se aproximaba, para aparentar tranquilidad, la mujer volteó a ver la placa de la estatua, donde señalaba a la misma como un caído de la revolución de hace casi un siglo. Ella no planeaba correr tan mala suerte.

Llegó él, con una sonrisa. Sin quitar la mano de la mochila, la mujer preguntó la última señal: la clave que habían acordado días antes. La misma fue correcta. La mano salió de la mochila.

“Entonces, ¿qué necesitan, cuándo y dónde?”, dijo él.

Ella lo contó todo con lujo de detalles: pisos francos, contactos, fábricas, obreros, incluso algunos miembros del partido. Él asintió en cada ocasión, y dijo que todo se arreglaría. Ella miró a todos lados, con su aprendida precaución.

“Ahora, hay que irnos. Tenemos que…” dijo, y volteó a verlo. Entonces vio salir una escuadra del abrigo. “De parte de allá arriba: que el cambio es para pendejos, mugre revoltosa.”

Se escucharon los balazos. En la plaza quedaron dos estatuas. La del recuerdo de una revolución, y la de la revolución tirando su sangre nueva en el pavimento frío.

 

Un par de botas

Hace unos 22 años, aquel par de niños estaba pegado al vidrio del escaparate, viendo las botas que vendía el local. Tanto ella como él, de ocho años de edad, querían el mismo par de botas de piel negra y detalles cosidos en blanco. El papá de ella los llamó a seguir adelante: lo habían acompañado a la ciudad a tratar de vender la cosecha, y era tiempo de volver a casa. Con la imagen de las botas en la cabeza, los niños llegaron al pueblo.

Hace 15 años, él dejó la escuela secundaria. Las manos de su papá y mamá ya no eran suficiente, por lo que el niño tuvo que alquilar las suyas a una vulcanizadora en otro de los poblados. A muy mal precio, debe aclararse. Ella, mientras tanto, desarrolló un gusto por la lectura que sus padres, al principio, vieron como muy bueno.

Aproximadamente 12 años atrás, la muchacha entró a la universidad pública del estado altamente recomendada. Los contactos hasta le permitieron conseguir un departamento en la capital, por lo que no fue difícil tomar la decisión, y desembarazarse del pueblo y la familia. Esta última no fue tan festiva por su partida. El hábito de lectura ya no era tan bien visto, pues le había llevado a ideas “demasiado locas y radicales”. La dejaron ir a pesar de esto. Pensaron que era una de esas fases de crecimiento, y que cuando viera cómo es el mundo real, la ilusión acabaría.

Por esa misma época, y a pesar de las dificultades, la muchacha y el joven seguían siendo grandes amigos, y mantuvieron el contacto de una manera u otra. Por aquellas actualizaciones, ella fue la primera en enterarse de lo mucho que extrañaba la escuela, de que quería ser licenciado y que estaba “hasta los pinchis huevos” de sus patrones. Fue también la primera en enterarse que planeaba matar a uno. Cosa que terminó haciendo. Muy eficientemente.

Ya hacen 10 años del momento más importante en las vidas de ella y él, y aquello que terminó por separarlos. La ilusión no murió en la universidad. Sólo se reconfiguró en resolución a través del Frente, la organización que conoció durante esa época y a la que entró como militante. El joven también se unió a una organización; pero radicalmente diferente. Resultó que su homicidio tan bien planeado no había pasado desapercibido. El cartelillo de los alrededores lo notó, pensó que le serviría tener gente como él dentro, y al muchacho le servirían el varo y, sobre todo, el respeto. Ya nada de estar en el fondo.

La pareja no volvió a saber de sí por años. Él se fue a la ciudad a funcionar como músculo y conecte. Ella hizo sus labores como militante en la capital, hasta que el Frente, ávido por iniciar la revolución, decidió enviar a buena parte de sus miembros a distintos lugares del estado para organizar la guerrilla. Así, la muchacha tomó a algunos de los más decididos y regresó a su rancho. La lucha tuvo sus pequeños avances y sus grandes victorias, pero resistió.

Hasta hace un día, que él regresó. Él que había estado trabajando. Él que escaló los rangos hasta controlar el cartelillo. Él, que quería un cártel, sin el diminutivo “illo”, y para eso, necesitaban una producción propia. Y para eso, pensó en las tierras de su pueblo. Pero sabía algo de la guerrilla, y quiso verse bueno, por lo que les dio un día para pensarlo y que su líder lo viera afuera del pueblo al amanecer para decirle su respuesta.

Han sido cinco minutos que ellos se volvieron a encontrar. Él, con la cacha al cinto, sombrero negro y, claro, los detalles en oro, un meteorito en curva – ¿ascendente o descendente? –. Ella, con la chamarra verde olivo, el paliacate rojo en el brazo izquierdo. Una simple guerrillera ahora. La dirección del Frente hace mucho que había claudicado a la falta de resultados y las presiones de fuera, así como la mayoría de las secciones. Nada más quedaban ellos. Sin programa, sin apoyo. Tan sólo un recuerdo.

Se encontraron en el árido descampado. Claro que se reconocieron, pero sólo se llamaron por sus títulos: comandante y licenciado. Lo único que los unía era que ambos portaban un par de botas negras. Unas, hechas a mano, regaladas. Otras, diseñadas, producto de una extorsión.

 Hace tres minutos que trataron de evitar lo inevitable.

Y ha sido menos de un minuto desde que los dos abrieron fuego.

 

El revolucionario más miedoso del mundo

 

No tememos equivocarnos al decir que, entre todos los revolucionarios habidos y por haber, aquel joven era el más miedoso del mundo.

Con lo anterior afirmado, no es el objetivo denigrar al reconocido personaje. Tampoco es un abuso de la hipérbole, pues el joven revolucionario se dejaba llevar tanto por el temor que incluso en los sueños, donde la realidad es tan profunda como una tela, no se atrevía a soltar un golpe o gritar un insulto, prefiriendo despertar con la respiración entrecortada y un sudor frío. Desde lo personal hasta las situaciones sociales, poco era lo que a él no le activaba los nervios.

Pero aún con eso, el joven era un buen revolucionario, diligente en sus responsabilidades, prudente en sus intervenciones y perseverante en las tempestades. De hecho, la prueba más fehaciente de su absoluta lealtad al partido era, precisamente, su miedo, pues si sus convicciones políticas no hubieran sido sinceras e incuestionables, el temor le hubiera impedido de siquiera acercarse al partido, ni hablar de unirse a él.

Y fue bueno que ahí estuviera. Eran tiempos vertiginosos para alguien de su condición. Las cosas estaban llegando a su límite, las contradicciones insalvables, las ilusiones en la reforma, olvidadas. El descontento primero se expresó en huelgas, luego en marchas, y revueltas después. Y gracias a sus valientes intervenciones, que resultaron correctas, el partido del muchacho comenzó a crecer, tanto en miembros como en simpatías. Los engranajes del poder se pusieron en movimiento. Aunque sus periódicos divulgaban ignorancia de los hechos, distracciones o un supuesto pronto restablecimiento del orden, las calles hablaban claro: la revolución era inminente, y los bandos bien definidos y, sobre todo, organizados.

El temor a esa organización llevó a que el joven fuera secuestrado una tarde, mientras regresaba a casa de una reunión con simpatizantes al partido. Lo llevaron al centro de interrogatorios de la Procuraduría, bautizado por los incómodos al Estado como “Palacio de la Torturaduría”, y le hicieron esperar dos horas en una celda mugrosa, solo, contando con que la expectativa y el aislamiento lo quebraran antes de empezar el “cuestionamiento”.

Después, apareció el hombre, acompañado de un taquígrafo. En su pecho estaba el escudo de la Policía para la Seguridad Civil, otro nombre para la Policía Política. El joven había leído mucho sobre esto. Su miedo le había hecho un devorador de biografías, desde guerrilleros en la selva, hasta los líderes de una revolución en una tierra lejana y fría, buscando en sus vidas inspiración y consuelo. No estaba resultando mucho ahora.

El hombre empezó a golpear y preguntar. Y lo que parecía un trabajo de nada se probó mucho más difícil. El joven no detalló ni un plan, no confesó ni un nombre. Parte de su silencio vino una sorprendente convicción y el conocimiento de que con su silencio, sus camaradas tendrían la posibilidad de escapar y terminar lo iniciado. Pero en realidad, su callar se debió más a que su inquisidor le provocaba tanto miedo que no podía pronunciar un sonido. No hubiera podido traicionar, aunque lo hubiera querido. Y así, el policía siguió vejándolo, hasta que el reporte leyó “muerto por accidente”.

Las cosas siguieron su curso inevitable. La revolución estalló. Semanas después de su muerte, un ejército revolucionario, liderado por uno de los camaradas del joven, asoló el Palacio de la Torturaduría y descubrió su destino, y dónde había sido enterrado. Los compañeros inmediatamente enviaron a que se recuperara su cuerpo, para que fuera despedido con propiedad.

El funeral fue masivo. Los principales personajes del partido ofrecieron sentidas elegías a su amigo caído, incluso diciendo entre lágrimas que gracias a su valor y sacrificio, la revolución había sobrevivido, y ahora, triunfado.

Así empezó la revolución más grande que la humanidad alguna vez conoció, como era el sueño del joven.

Unos meses después de su muerte, se instituyó el reconocimiento al valor revolucionario para condecorar a los más ardorosos defensores de la revolución. El primero en obtener el mérito fue aquel joven.

El revolucionario más miedoso del mundo.

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