Tres Sin-Mundo

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Foto: Emiliano Fernández

 Otro pinche vago

Entre tantos bares, antros y cantinas que han florecido y florecen en la Ciudad de México, honestamente más famosos, puede entenderse que pocos conozcan La Gioconda, un pequeño bar-galería ubicado en la callejuela de Filomeno Mata, cerca del reconocido paseo peatonal de Francisco I. Madero, en el Centro Histórico de la metrópoli. Sin importar su anonimato, este lugar no debe caer en el olvido, pues fue en él que sucedió esta historia.

            Inicio de fin de semana. La Gioconda guarecía a sus parroquianos en sus entrañas, que evitaban el frío viento de la capital con unos tarros de la sangre oscura del bar para calentar el alma. Las mesas estaban pobladas de oficinistas, amigos, artistas y otros bohemios que compartían risas después de una larga semana de trabajo. El ambiente era de agradable camaradería.

            Tal vez por eso fue que en un principio nadie notó la figura en el umbral, viendo al interior. Pero, poco a poco, los parranderos fueron volteando conforme la presencia se fue haciendo más incómoda y notoria. Con la letra de “Naila” en la voz de Lila Downs de fondo, la figura permaneció, enhiesta.

            En realidad, el hombre no distaba nada de otros que han caído en el inframundo de la vagancia, con su cuerpo esbelto y demacrado, sus ropas más grandes de lo necesario y las manchas de suciedad en todos rincones imaginables. Sólo resaltaban de él la postura y, sobre todo, la mirada. Aquella era una mirada orgullosa de alguien que no había nacido vago, tal vez ni siquiera pobre. Y ahora perforaba las vidas de los parroquianos de La Gioconda.

            Pasaron unos segundos. Algunos parranderos rieron y trataron de reanudar la conversación, pero les fue poco menos que imposible. Aquel vago de ojos sabidos se mantenía, contemplándolos como un atlante. Uno de los meseros trató de pedir al andante que siguiera su camino, antes de que incomodara más a sus clientes o, peor, les interrumpiera para pedir un varo. Él no respondió. Se le volvió a hacer la petición, esta vez con más molestia. Sin respuesta otra vez. Entonces, sin cambiar su expresión, aquel Sin-Mundo sacó una botella de Tonayán, y ante su público atónito, vació su contenido en un cartel a su lado derecho con el precio de las bebidas y una mesa de madera solitaria, propiedades del local.

            Para cuando el mesero juntó las piezas, un encendedor Zippo añejo y sin tapa ya había volado hacia los objetos y extendido su fuego a éstos por el alcohol barato.

            Los parranderos se paralizaron. Los meseros llamaron a la policía. El primero que salió al encuentro incluso se aproximó para tomar al vago y evitar que escapara, pero tardó en agarrarlo porque le dio asco tocar una piel tan desaseada. No es que el vago tratara de huir. De hecho, sólo se dedicó a a gritar sonidos guturales, como si quisiera ayudar a atraer a la policía. La misma llegó momentos después, y procedió a arrestar al hombre y ayudar a apagar el incendio por él comenzado.

            Cumplida esa labor, los oficiales y el vago desaparecieron de la escena con rumbo a Eje Central, para que una patrulla llevara al recién hecho criminal a la delegación. Entre reprimendas y golpes, los chotas preguntaron al vago su nombre para ficharlo.

            “Eróstrato”, respondió.

            Mientras tanto, en La Gioconda, los meseros de deshacían de disculpas con los parroquianos, esperando no perder la clientela. Uno de los parranderos entonces declaró, con burla: “Otro pinche vago”.

            Todos rieron.

            Y la noche siguió sin más contratiempos.

Aún entre escritores…

Es de sobra conocido que los escritores, entre todos los grupos de la sociedad, tienden especialmente a las camarillas, al aislamiento y las luchas ególatras e individuales por el gran público. Sin embargo, incluso un grupo tan poco cohesionado tiene sus costumbres y leyendas. La siguiente es una de ellas.

            Alguna vez, un joven escritor (o escritora, las versiones varían con el tiempo) quiso escribir sobre la muerte. Desde que la palabra humanidad comenzó a formarse, la muerte ha sido tan inseparable de su desarrollo que, incluso, ha perdido parte de su novedad. No por nada un gran pensador la nombró como una de las tres grandes tragedias de nuestra especie, junto con el hambre y el sexo. Y aquel escritor lo sabía muy bien.

            Fue por ello que, desde el principio, el aspirante a artista se puso a pensar en los recovecos de la palabra muerte, para cartografiarle un mapa nuevo, llamativo. En eso pasaba las horas de sus tardes. Pronto, dicha reflexión lo llevó a lugares muy, muy profundos. Pues ¿qué era la muerte exactamente? ¿Era el acto en sí mismo o todo lo que le rodeaba? ¿La persona que muere o las que le sobreviven? ¿Dónde comienza la muerte, en el corazón, la mente, en el cerrar de los ojos? Miles de preguntas como estas invadieron la cabeza del escritor, y a través de ellas, una cosa le quedó muy clara: si quería escribir el libro perfecto sobre la muerte, tendría que transformarse en ella, conocerla como su propio reflejo. Vivirla, tanto como podría vivirla un ser humano sin tener que dejar de respirar. El escritor supo inmediatamente que la labor sería monumental. Pero pensó que todo lo que vale la pena involucra tal esfuerzo. Como inicio a lo que interpretó un largo y emocionante camino, el escritor abrió su de whisky favorita, se sirvió un gran trago, y brindó. Por la muerte.

            Así, el joven comenzó a pensar en la muerte, leer sobre ella, escuchar sus más grandes odas, ver todas sus imágenes – desde pinturas hasta periódicos de nota roja –, todo para volver a pensarla al terminar del día y anotar sus reflexiones en un cuaderno comprado específicamente para registrar los lugares descubiertos en el extenso mapa que, en sus manos, se volvería el nuevo hito de la literatura universal. Una obra magnífica por sí misma era aquel cuaderno, un compilado sin igual de miradas, ponderaciones y referencias que hizo alguna vez el humano sobre, tal vez, su pregunta más fundamental.

            Pero aún con esto, el escritor no se daba abasto, no creía estar escarbando tan profundo y en tantos lugares como podría. No sentía a la muerte tan cerca aún. Así que el joven comenzó a hacer de todo para llamarla. Pasó a vestir exclusivamente ropas negras, a incluir símbolos como calaveras y zopilotes en sus artículos personales y cualquier esquina que encontrara libre en su departamento, y sobre todo, a ocupar más tiempo en vagar por ahí, pensando y anotando sobre la muerte. Las conclusiones alcanzadas por esto fueron más brillantes todavía que las primeras. Pero aún no eran suficiente, y tardaban demasiado en llegar por todo lo que lo distraía. Por esto se dice que el escritor comenzó a apartarse de sus alrededores, más que por alguna especie de misantropía o crisis existencial.

            La medida sirvió, pero sólo en la medida que más se apartaba y dedicaba más tiempo a sus notas, a su musa, a su adicción. Simplemente la muerte tenía demasiado que contarle. Descuidó todo lo descuidable, desde sus pocos amigos hasta sus propios ropajes, entonces ya de un negro añejo. Ni sorprendió cuando, tiempo después, lo echaron de su departamento por una enorme deuda, sin posibilidades de sacar de la vivienda más que su cuaderno. No importó. Las plazas, las calles y las cantinas sirvieron bien de nuevo hogar. Y ahora, sin hogar fijo, tenía todo el tiempo para pensar en su amada, la muerte. Su concentración se volvió absoluta. Tanto así que, según dicen, jamás se dio cuenta que, a pesar del correr de los años, seguía tal y como empezó su encomienda, ni una arruga, ningún cambio en un centímetro de su cuerpo, joven siempre.

            Y así va una de las leyendas del gremio de las páginas. Aún entre escritores – aquellos que han salvado de la naturaleza individualista de su tribu –, se habla que, por las noches, en las cantinas más olvidadas de las calles más olvidadas de la ciudad, puede encontrarse sentado frente a la barra a un joven de apariencia roída, sus ropajes negros deshechos y remendados, al que los cantineros sirven tragos casi sin darse cuenta, como si actuaran por reflejo, fuera de sí mismos. Se dice que escribe como loco en un cuaderno destrozado por las notas, que hace mucho perdió todo orden en sus reflexiones, e incluso, en la posibilidad de leerse su contenido.

            Y del verdadero libro, concluyen, aún no lleva escrita ni una sola línea.

¿Me das tu sombrero, carnal?

 

Me enorgullezco al decir que soy de esas raras personas que no tienen o temen un colapso mental cada que están solas. En ese sentido, puedo decir que fui muy bien educado. Son comunes las ocasiones en que, teniendo la oportunidad de salir y “romperme la madre”, como dicen mis coetáneos, decido no hacerlo, prefiero no hacerlo, quedándome en casa viendo una película o leyendo un libro en su lugar. Esto, dicho sea de paso, me ganó la etiqueta de aburrido entre mis iguales, cosa que no tengo argumentos para rebatirles.

            A pesar de esta cualidad, es cierto que aún el acero mejor templado truena con la presión suficiente en el punto exacto. Crecí en una pequeña ciudad perdida allá en el Norte, y actualmente vago por las calles de la Ciudad de México, nuestra incontenible capital. Semejante coloso desorienta hasta el mapa más delimitado, por lo que de rato en rato requiero salir a despejarme y no perder la cabeza, encerrado entre barrotes de vidrio y concreto.

            Aquella ocasión de la que voy a hablar, el escenario para el desahogo fue la Alameda Central. Escogí el árbol que parecía más cómodo, me senté y abrí el libro que tenía a medias en ese entonces. Disfruté de unos buenos quince minutos de imaginación ininterrumpida antes que él llegara. Ropas viejas y rasgadas, piel ennegrecida, cabellos tan sucios que estaban sólidos, congelados en jirones. Uno de ellos. A mí me gusta llamarlos Sin-Mundo, pues ¿qué pedacito de estas calles de verdad le da la bienvenida a alguien tan abandonado por la gente que lo habita? ¿Qué puede reclamar como suyo un fantasma?

            “Buenas, carnalito”, se presentó el Sin-Mundo, tendiéndome amigablemente su palma. Respondí con cortesía a su saludo, aunque fui más reticente a tomar su mano, con cierta aprendida desconfianza por la que el Sin-Mundo, conservando la afabilidad, pronunció un “no te preocupes, carnalillo”.

            Quise entonces decir que no tenía “un varo” para cooperarle, pero él se me adelantó: “Disculpa, carnalito, no quiero sacarte mucho de tu libro. A mí me ha ido de perros, cómo ves, d’un lado pa’l otro en esta pinchi vida. No seas malo. Te ves un chavo decente, entons’ te lo pido de favor, ¿me das tu sombrero, carnal?”

            Por unos segundos, mi reacción fue de pasmo. Efectivamente, sobre mi cabeza posaba un sombrero estilo Tribly de gamuza negra, un capricho que me permití comprar unos meses antes. No tenía ningún tipo de valor sentimental para mí, pero de todas formas la petición no me hacía la menor lógica, ¿de qué le serviría un sombrero a esa figura encorvada y triste? Tal vez por el mismo absurdo de la situación, accedí y le obsequié el sombrero.

            Él se lo ciñó con singular alegría. Entonces pasó lo extraño de verdad. El Sin-Mundo se enderezó, corrigió un poco sus ademanes y, con sus ojos fijos en mí, tomó el ala del sombrero con cordialidad. “Muchas gracias, joven”, dijo, “Verdad que es una gran caridad la que ha tenido conmigo.”

            Yo estaba perplejo. Algo se sentía distinto. No era del todo evidente, pero a la vez, era innegable.

            “Parece usted un gran señor”, dije, robado de cualquier otra conclusión.

            Él calló un momento. “Lo fui una vez”, dijo luego, “Y gracias a su ayuda, estoy un paso menos de volver a serlo. Tenga un buen día.”

            Dicho esto, se fue. Yo traté de reanudar mi lectura, pero no pude. Por un momento, me sentí una persona tremendamente ignorante y maleducada.

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