Trópico: la selva moral de Rafael Bernal

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México, como todo el planeta tierra, no es extraño al abandono, la miseria y la injusticia. 

Si hay algún lugar en el imaginario colectivo que encarne esta visión de pobreza y desesperación, es el campo sureño mexicano, donde nombres como Oaxaca, Yucatán, Chiapas y otros, se vuelven gritos del atraso más abyecto, de la explotación más rapaz del campesinado para beneficio de la burguesía local y – sobre todo – del imperialismo de las grandes potencias.

Ciertamente, en un país sometido al neocolonialismo y de desarrollo atrasado como México, el grito del campo es uno que puede ofrecer mucho en el terreno de la literatura, de la ficción ya sea que idealice o denuncie aquello que continúa siendo la realidad para un sector que – aunque en 2010 representaba el 22% de la población según el Inegi  persiste con los campesinos arruinados, los desplazados a las zonas urbanas y los indígenas considerados “población sobrante” por sus explotadores tanto “propios” como extranjeros.

Entre esta literatura afín al campesinado, existe una obra poco conocida: la compilación de cuentos Trópico, publicado originalmente en 1946 por Editorial Jus y que permaneció sin segunda edición hasta 2016, 70 años después. 

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Su autor, Rafael Bernal García – como su propio libro de cuentos -, tiene un lugar oscuro en el ambiente literario mexicano, más allá de haber sido el autor de El Complot Mongol (1969), acreditada como la primera novela negra mexicana – y adaptada hace poco al cine por Sebastián del Amo -. Nacido en la Ciudad de México el 28 de junio de 1915 y muerto el 17 de septiembre de 1972, Bernal fue un escritor de enormes contrastes, de extremos. El escritor Juan Pablo Villalobos, quien prologa el libro, al hablar de la “falacia biográfica” – la estrategia de llamar la atención a una obra literaria a través de la vida de su autor -, enumera los siguientes adjetivos para tratar de definir a Bernal:

[V]iajero empedernido, sinarquista arrepentido, católico convencido, corresponsal, guionista de cine, radio y televisión, traductor, sinofóbo, publicista, profesor, empresario teatral, diplomático, doctor summa cum laude (sin haberse licenciado) y autor de una obra ecléctica que incluye poesía política, narrativa telúrica, ciencia ficción, biografías, estampas asiáticas, cuentos y novelas policiacas, ensayos y, por si fuera poco, la desmesurada El gran océano, una peculiar biografía del Océano Pacífico contada a través de la historia de sus viajeros. (p. 7) [cursivas en el original]

Trópico – nos explica Villalobos -, aunque fue publicado en 1946, se inspiró fuertemente de un episodio de la vida de Bernal en 1933, cuando con dieciocho años partió a Chiapas para probar suerte en el cultivo del plátano – empresa que terminó en fracaso después de tres años -. De esta experiencia nacieron, junto con la novela Su nombre era Muerte (Jus, 1947) y la radionovela Caribal. El Infierno verde, los seis cuentos que componen el libro de Bernal. 

En ellos, el creador del matón Filiberto García aprovecha la miseria y la explotación que son moneda corriente en la selva sureña mexicana para enfrentar a sus personajes a situaciones límite, y sacar de sus actitudes y acciones una especie de cartografía moral del comportamiento humano. 

Y aunque los personajes puedan ser ambiguos en su tratamiento, dicha moral es rígida como la que más. El carácter religioso de Trópico no está abierto a la interpretación: el mismo Bernal concluye su preámbulo con la siguiente declaración:

Abajo [en la costa de Chiapas] reina la codicia. Ella mueve a los hombres, ella es la reina de la costa, destructora de impulsos. Porque en la selva húmeda no ha entrado la palabra de Dios ni el nombre de Cristo; y en los esteros y las pampas los hombres han arrojado a Dios de sus corazones para entregarse a la codicia, engendradora de males.

¡Costa de Chiapas! ¡Costa sin Dios y sin Cristo! Fértil esperanza de un mañana mejor. (p. 15)

El maniqueísmo religioso está expresado de mil formas en Trópico, con mil y un dicotomías. En La media hora del Sebastián Constantino, el protagonista duda entre salir al brillante platanar de la selva o permanecer en la cantinita oscura en la que está el asesino de su hermano, al que ha jurado muchas veces matar; Daniel, protagonista de El compadre Santiago, hace una cruz de mangle para su compadre muerto, pero el olor del cadáver atrae a los cocodrilos que Daniel necesita cazar para saldar una deuda; Lupe, eje trágico del cuento que lleva su nombre, piensa en la sierra y en su madre mientras se encuentra esclavizado a un capataz chino junto con todo un pueblo costero; Ambrosio, protagonista y a la vez testigo del relato La Niña Licha, deja a María, una de sus tantas novias – con la que iba a casarse – para irse con La Niña Licha, quien vive por la juerga y el baile, y lo lleva a la ruina, por lo que se propone matarla… 

El blanco y negro moral cristianos están bien definidos en la selva de Trópico – decidan sus personajes atenerse a ello o no -, en ese pequeño universo donde los relatos parecen compartir no sólo la temática, si no el espacio-tiempo también, con personajes que se repiten o eventos que se referencian, haciendo de los relatos de Bernal una tela en la que dibuja su interpretación religiosa de la realidad.

Religión que, claro, se convierte en política. La religión, como elemento ideológico de la clase dominante, a fin de cuentas siempre se traduce a términos políticos, con distintas interpretaciones de cómo difuminar la línea entre explotados y explotadores, y servir mejor a éstos últimos. Pero esta equiparación es particularmente cierta en el caso de Bernal. Como menciona Villalobos en el prólogo – y como puede confirmar la investigación más elemental -, la afiliación de Bernal al sinarquismo – ideología ultranacionalista y reaccionaria católica – está bien documentada, especialmente su militancia en el Partido Fuerza Popular, brazo político de la Unión Nacional Sinarquista. Una anécdota que demuestra mucho esta faceta de Bernal ocurrió el 19 de diciembre de 1948, cuando durante un mitin en el Hemiciclo a Juárez, militantes sinarquistas cubrieron con una capucha negra el busto de Benito Juárez, lo que ocasionó varios arrestos. Entre los detenidos estaba Bernal, acusado de ser el que puso la capucha a Juárez, aunque hay evidencia que él leía un texto al micrófono en ese mismo momento . Poco después fue que Bernal se desvinculó del movimiento. 

Ese es el calibre político del que viene Bernal. 

Y ese es el calibre político que se derrama en los relatos de Trópico

La costa y los esteros de Chiapas son para Bernal la pintura de su reacción religiosa, pero también de su nacionalismo. Los extranjeros no quedan bien parados en ningún lugar de los cuentos de Bernal: desde un chino manipulador y esclavista hasta los finqueros alemanes, que o son torpes o simplemente están ahí, en contraste con la miseria de los campesinos de la selva. 

La expresión más clara de este nacionalismo es el relato El secretario José López, en el que dicho secretario acompaña a una escolta de soldados que persiguen en una lancha de motor a Filadelfo Suárez – acusado de matar a un primo del gobernador -, antes que él y su esposa crucen la frontera entre Chiapas y Oaxaca. El grueso de la historia se dedica al debate interno de López sobre qué hará cuando inevitablemente encuentren a Suárez. Y la razón es que, aunque por un lado él mató al primo del gobernador pues trató de violar a su esposa, Suárez es un hombre blanco. Y como el narrador lo declara:

López no conocía a la mujer ultrajada, pero siempre, al ver a Filadelfo, había pensado en ella como una hembra estirada y adusta, probablemente de sangre española pura y tal vez hasta algo de alemán. No sabía por qué, pero nunca le había simpatizado esa mujer, como tampoco le simpatizaba Filadelfo antes de todo este lío. Tal vez la razón era la raza puramente blanca de Filadelfo, en cuyos ojos le habían parecido ver una nota de desprecio hacia su cara de mestizo con mucho de indio. López se sabía mestizo: su padre era mestizo y su madre india pura; pero no se avergonzaba públicamente de ello, antes bien se vanagloriaba de su sangre india más que de la española. Mas cuando notaba desprecio en la mirada de un blanco sentía una ira sorda que le nacía de adentro, y él había creído percibir esta mirada en los ojos de Filadelfo, el español puro, cuya mujer, seguramente, también era española. (p. 54)

López se convierte así en un exponente del nacionalismo mestizo, mientras pondera si debería ayudar a un hombre inocente, a pesar de que es blanco. La mujer de Filadelfo no baja a los ojos de López de ser una “mujer tiesa”(p. 55), e incluso la culpa por no haberse defendido sola “sin meter en líos a su marido y provocar su ruina” (p. 57), achacando la responsabilidad de esto a no ser india. Esta mentalidad nacionalista es cuestionada en escasos momentos por el guía de la expedición, quien, al ser cuestionado por López sobre por qué persigue a Filadelfo y por qué carga una pistola regalada por él, le dice: 

Usted es indio como yo y también persigue a don Filadelfo, que era bueno con los indios; y lo persigue porque lo mandaron los malos blancos que nos gobiernan desde hace tiempo. A mí también me mandaron y vengo, lo mismo que los soldados; pero de paso me traje la pistola que me regaló don Filadelfo para no permitir que lo maten. (p. 59)

A pesar de esta corta crítica a su hipocresía nacionalista, esta no cambia en José López, quien sólo se decide a tratar de ayudar a Suárez cuando se entera que su esposa es una india – cosa que, por supuesto, le sorprende: “¡El criollo estaba casado con una india!” (p. 60) -. El chauvinismo no se rompe: tan sólo se neutraliza por el hecho “redentorio” que Suárez se metió en estos líos por defender a su esposa india, a la que, por supuesto, ya no se insulta a partir de ese momento.

Esta, podemos decir, es el alma de Trópico. Hay algunas cosas que se deben aclarar: ciertamente, la ficción no puede analizarse o criticarse como se analiza o critica un tratado científico o un manifiesto político – uno de los ejercicios más divertidos de la literatura es, justo, utilizarla para escapar de uno mismo y crear personajes que pueden ser contrarios a las opiniones que uno sostiene en la vida real -, y es una realidad que lacayos de los imperialismos extranjeros han venido a México con la explícita misión de supervisar el saqueo imperialista de la región, y la explotación desmedida y racista del campesinado mexicano, en buena parte compuesto por indígenas. 

Pero Bernal no les reprueba por su papel de explotadores, como capataces del imperialismo, si no por su carácter de extranjeros, de extraños a lo que los nacionalistas llaman “la raza de bronce”. Y aunque la ficción no es la realidad, sí está influida por las opiniones, las experiencias y creencias de su autor, y puede utilizar la misma para llevar adelante un programa político por otro frente. 

En el caso de Trópico, esto se traduce en un nacionalismo y maniqueísmo cristiano recalcitrantes. Se ha dicho que la militancia política de Bernal fue una de las razones por las que buena parte de su obra ha permanecido fuera de edición por tantos años, pero viendo que autores igual de reaccionarios han tenido éxito en México, esa no puede ser la razón principal. Su carrera como diplomático fuera de México pudo influir mucho más en la poca distribución de su trabajo – más allá de El complot mongol -, así como su poca relación con los círculos intelectuales que pudieran establecerlo en el canon nacional – que en México como en el mundo es la realidad del medio literario, tanto hoy como ayer -. Pero no se puede negar que sus posturas hacen a Trópico un libro difícil de recomendar, salvo que se pueda pasar por alto los aspectos más reaccionarios de su temática. 

Si ese es el caso, Trópico puede apreciarse entonces como una lectura rápida – 84 páginas en total – de seis relatos con una narrativa envolvente, personajes creíbles y una obra olvidada de un autor que México se dejó en el tintero, acompañado ahora por las geniales ilustraciones de Raquel Cané. 

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