Platicaba con Samuel, le contaba que siendo muy chica me asustaba estar cerca de un sacerdote. Aunque vivía a una calle de la parroquia y cada domingo era costumbre acudir a misa, también, era común la visita del párroco. Es que el padre Martin daba la comunión a los enfermos, en menos de 10 minutos hacía su labor.

Yo prefería evitarlo, aunque había que hacer un descubrimiento. Y es que, entraba vestido de hombre y después salía disfrazado. Su atuendo, largo y brilloso a veces, y otras, largo y hosco, sujetado por un cordón hecho de nudos. Su investidura era imponente.

Mi gran revelación no tenía lugar en “mi belle époque”, una pregunta y zas… ¡que grosera! ¡Vaya aprietos y vaya imaginación!

Samuel me miró como respuesta, tardó en decir palabra…

Al fin abrió la boca.

─Los odio, vomito a esos seudorepresentantes de Dios, no sabes cuánto los detesto.

Su cara se descompuso, en su gesto de cólera me quedé callada, estaba intrigada. Era claro el rechazo.

Pero fue en cuestión de minutos que volvió a decir palabras, esta vez, en tono suave y animoso.

Me dijo que haber hecho la primera comunión no fue nada agradable.

─Dime, quién no siente avergonzado al confesarse por primera vez, además, qué le puedes decir al cura.

Las cosas malas que hacía o imaginaba le producían un choque de voluntades. A esa edad, discernir, era en su expresión más inocente, la libertad de contar mentiras para salir del paso.

Lectura recomendada: El golpe suave.

Que fácil era después de todo, un asunto de conciencia en la decisión de un solo hombre.

─Tienes razón, Samuel. Pero yo fui más audaz, ¡no me confesé!

Samuel y yo crecimos juntos, lo recuerdo siempre al lado de su madre. Además de muy católica, era maestra, cosa que Samuel siguió de ejemplo, dedicarse a docencia.

Ya sin reírnos, serios los dos, seguimos conversando.

Le dije que en ese tiempo vivíamos confundidos. Pertenecimos a una generación donde observar era aprendizaje, de esa manera conocías.

La familia y la religión, eran pilares en la formación de la conducta.

─Ja, fuimos estafados, nuestros padres ni se dieron por enterados de las imperfecciones de la moral. Tal vez sí y guardaron silencio. O, les convenía seguir la corriente. Seguimos confundidos ─querida─.

─Si, y más cuando la decepción es la que habla  ─le dije─. No lo sé, pero hoy formar parte de una sociedad cada vez más compleja agranda los infortunios de la desesperanza. No hay más remedio que encontrar un refugio cuando fallan las garantías, los mecanismos, los liderazgos, los sistemas, las estructuras. Vivir con los ojos puestos en un ser infinito que protege del día que sobrepasa o nos pone de rodillas. Vivimos resignados, obedientes y silenciosos. Así con esas “características” evolucionamos.

─Ya, y ha caminado a través de los siglos, se traduce es ese claroscuro de resentimiento, un lastre persecutorio de idiosincrasia.

─A través de los siglos. Te refieres ¿desde la conquista?

─Así es, la nación como referencia de un legado doloroso, que se trastoca en la pluralidad de su gente y en la diversidad de su territorio, que refleja la consecuencia de sus errores y de lamentables omisiones.

Imagínate la turbación de los pueblos indígenas. Verse desposeídos de su tierra, desplazados, una oleada de malos deseos, la espiritualidad era lo único que valía la pena concebir, creer y más creer. 

─Una parte de la herencia que cargamos ─comenté─.

“Los extraños” les ofrecían una mejor alternativa de confrontar peticiones para un solo Dios, y no en seres supremos de la naturaleza que enfurecían cuando no eran atendidos. Un sólo Dios, magnánimo, absorto y misericordioso para conceder bondad. Divinidades bondadosas que cobijaran las necesidades del esclavo, para amortiguar las caídas de la desobediencia.

Una relación que se iba forjando cada vez más estrecha con los representantes de la fe. Interesados en implementar formas de interlocución.

Las hermandades crearon canales activos de enseñanza para la introducción de ese nuevo proyecto de amor cada vez más transformador. 

El umbral a la doctrina establecida se multiplicó en la edificación de iglesias. Cuántas no hay de formas y tamaños sorprendentes por todas las regiones cercanas y en lugares apartados. Fundaron escuelas y universidades, sin olvidar su enorme influencia en los gobiernos.

─Entonces la conjugación de las dos culturas vino a dar la esencia, el resultado uniforme de pensamiento.  ─Afirmé sin estar convencida─, sonó más como pregunta.

─Sino fue tan inútil la pérdida de la dignidad de los pueblos originarios ─contestó Samuel─. El sacrificio rindió frutos para colmar de “bendiciones” al país. La mezcla de razas en retórica de unidad nacional. Cubierta por el manto de la fe, de la esperanza del pueblo creyente y lastimado.

Sin decir más cambió de tema.

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