Una tarde perfecta

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Ese día suponía ser una gran tarde. La mesa puesta con un mantel especialmente blanco, pisos inmaculados, nardos aromatizando el ambiente.

-Carmela, ¿prendiste la vela aromática en la entrada? Pregunté un tanto emocionada por la llegada de mis invitadas.

-Así es, señora, ya todo está listo. ¿Quiere que encienda la cafetera de una vez?

– Respondió amablemente como ella sabía hacerlo para complacerme.

-Hazlo en unos diez minutos más. Voy a ponerme mis zapatos y a retocar mi maquillaje. Si llega alguien, ofrécele algo de tomar, -respondí al tiempo que subía las escaleras con una sonrisa de satisfacción.

El sonido de mis tacones anunciaba mi aparición frente a mis amigas. Estaban ya esperándome, algunas con una taza de café, otras con una bebida de tinto de verano. Todas listas para la foto, los vestidos mostraban un verano candente, labios resaltados por lindos colores en tonos rosas con sus variantes. Era la tarde perfecta.

-¡Qué lindo te quedó todo, amiga! –comentó María Laura observando la mesa especialmente adornada para la ocasión.

-¿Alguien gusta una rebanada de pastel?- preguntó Carmela a cierta distancia de las invitadas. Sonriendo le sugerí traer una muestra frente a mis amigas. Ese pastel “tres leches” merecía ser mostrado.

-Yo prefiero el de chocolate, se ve buenísimo. –interrumpió Elena con su voz llamativa frente a todas. Se levantó salerosa y sonriente, dirigiéndose hacia la tarta.

Frente a la mesa de los pasteles, Elena quiso alcanzar los platos, cuando el sonido agudo de su grito, acompañó al crujido de las tazas al chocar contra el piso, dejando la habitación detenida por el susto que nos hizo gritar a todas al unísono.

-Disculpa, no era mi intención, permíteme recoger- Elena dijo con voz precipitada. –Pero es que…

En ese momento mi perfecta reunión dio un giro, mi sonrisa se congeló por completo, fijando mi mirada en aquel pastel de chocolate que yo misma había preparado. Tragué saliva, me acerqué lo más rápido posible y fue en ese momento cuando se escuchó el grito de Carmela mientras se acercaba sus manos a la cara. -¡Ay no, señora! ¡Cuidado!-

El caos comenzaba, todas empezaron a gritar. Luisa se agachó con sus manos sobre su cabeza, Inés corrió despavorida hacia fuera de la casa.

No tenía más opción, la maldita había arruinado mi perfecta tarde, me quité uno de mis tacones rojos, lo tomé entre mis manos, y aunque se movía por toda la habitación, yo tenía que detenerla.

-¡No te levantes, Luisa, no te levantes! Que estoy a punto de darle lo que se merece – caminé sigilosa mientras apretaba mis dientes.

El rostro de Elena desencajado me señalaba. –Pero es que nada, yo soy la que te debo una explicación- dije, al tiempo que corría detrás de ella, porque no permitiría su presencia en mi casa ni un minuto más.

De pronto, no sé como, pero Elena tratando de esquivarme, tropezó y cayó sobre el pastel de tres leches.

-¡El pastel! ¿Estás bien? – gritó desde una esquina María Laura, pero fue justo en ese momento que me dirigí a ella con toda la seguridad. -Con permiso, ¡Por fin!- grité, de un zarpazo logré tirarla al piso.

Ahí estaba, aún se movía, pero yo no podía tener compasión, así que frente a todas, me volví a poner mis tacones rojos y logré pisarle la cabeza; mis amigas solo pudieron taparse la caras. Horrorizadas.

-Perdónenme, pero lo tenía que hacer, una disculpa por lo acontecido. Esto era lo último que imaginé que sucedería. -Les dije mientras me reponía respirando hondo. –Carmela, ayúdame a limpiar todo este numerito.-

Mis invitadas, asombradas veían cómo Carmela la arrastraba por el piso, inerte, sin vida. Mis lágrimas de frustración corrían por mi rostro, no era la muerte de ella, sino el fin de mi tarde perfecta. ¿Cómo era posible que ella hubiera irrumpido de esa manera? No era la primera vez que lo hacia, y lo volvería a hacer si alguna otra intentara asustar así a mis amigas.

-Ya no tenemos pastel, el de tres leches terminó en el vestido de Elena- sonreí – y el de chocolate… fue invadido por esa maldita cucaracha- dije al tiempo que suspiraba, un poco agotada por tanta adrenalina.

-¿Alguien quiere café? – preguntó Carmela para romper el silencio.

-Mejor sírvenos tequila, Carmela, que aunque aquí se rompieron más de dos tazas, nadie se va para su casa- respondió Elena sonriente mientras me abrazaba. Todas nos echamos a reír.

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