El fantasma del incesto parte 1

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No es secreto mi gran fascinación por la serie contemplada según la crítica como la mejor del siglo producida por HBO y llamada “Game of Thrones”. Si bien, muchos comentarios la han catalogado de amorfa, con tintes sangrientos y con alto contenido sexual, esta serie se hace grande por su historia, su contexto y la psicología de sus personajes. Mis ganas de descubrir aún más la serie llegaron al punto de comenzar a leer sus libros y darme cuenta de los significados que a veces en la pantalla no son expresados y que en un libro no tienen percances de mostrar e incluso de imaginar.

Dos de los personajes más controversiales de la historia son Cersei y Jaime Lannister, personajes sobre los cuales recae el peso antagónico –hasta cierto punto- y que dentro de la trama son dos hermanos enfermos y necesitados de poder, dominio y corrompen los valores humanos para el logro de sus propios objetivos. Lo interesante es que la relación planteada no es de dos hermanos compartiendo una misma sangre u objetivos parecidos, visualizamos la relación amorosa, pasional y obsesiva de dos gemelos que incluso son capaces de procrear a escondidas de su propia familia y la misma sociedad de tres hijos, mismos que se hacen pasar por los hijos de otro.

Es entonces cuando la postura de esta novela me lleva a hablar acerca de un tema que desde hace cientos de años se ha convertido en objeto de tabú, aberración, incomprensión social y catalogado incluso por bastas religiones como pecado. Sin embargo, poco nos hemos detenido a esbozar un punto de opinión acerca de este controversial tema, pues en el fuero externo a nadie le interesa sentirse atraído sexualmente por alguno de sus padres, hermanos, tíos, abuelos y demás familiares con los cuales se comparte un lazo co-sanguíneo. Pero, ¿lo mismo será en el fuero interno?

Sigmund Freud en su obra “Tótem y tabú”, ramifica el incesto como una cuestión adaptativa del ser humano, donde desde la base instintiva la reproducción no conoce de componentes sociales; siendo a partir de la construcción del grupo y las normas para el desarrollo de la tribu, incluso para establecer alianzas se atendía a la venta de las propias crías para cambiarlas por objetos, animales de crianza y/o materiales para la construcción y mejora de la tribu. Freud, cita entonces a partir de una investigación exhaustiva las condiciones sobre las cuales se dieron estos asentamientos, permitiéndose ver que anteriormente a la comunión con la estructura social, el ser humano era instinto (acción y reacción instantánea).

La copulación no conocía de lazos, era algo mecanizado con fines placenteros más allá de lo reproductivo. El clan era conformado por un macho alfa que se acompañaba alrededor de hembras en su mayoría –como sucede en muchas especies de animales-, enseñando incluso muestras de poderío sobre las mismas, ya que ningún otro podría copular con ellas pues eran marcadas por su propio copulador. Ante la llegada de las crías, las hembras se volvían agentes de placer para el macho alfa (líder de la manada) donde al llegar a cierta edad, que generalmente era en el comienzo de la adolescencia o anterior a la misma, éstos optaban por tomarlas, domarlas y reproducirse con sus propias hijas, dando origen a una nueva generación. Pero, ¿qué sucedía con los machos procreados en una noche de incesto? A excepción de las hijas, los varones eran masacrados por el macho alfa, incluso al llegar a cierta edad tenían la oportunidad de combatir con su propio padre por el destino de su madre o sus hermanas para entonces estos mismos poder procrear con ellas. Cuando en la pelea resultaban perdedores, éstos eran exiliados del clan, sin oportunidad de volver a encontrarse con alguien más de donde él mismo creció, llevándolo incluso a reformular otro núcleo social, pero para ello, tuvieron que acontecer muchos años y comenzar a visualizar el desarrollo mental que pudiera establecer un orden en el marco social de sus clanes.

Freud narra en “tótem y tabú” la diversidad en las normativas sociales de muchos clanes que hasta la fecha han prevalecido, donde lo más castigado en su forma es el incesto; pero incluso esto no sólo precede a sociedades autóctonas y fosilisadas en el tiempo, sino que también prevalece en las sociedades desarrolladas. He aquí donde nace la siguiente pregunta: ¿es posible que a pesar de que el incesto sea una prohibición exista, por imposible que parezca, alguna forma en el ser humano de Occidente o en sociedades desarrolladas que lo incite a ello? Creo que para esta respuesta nuevamente tendremos que comenzar desde un ápice: la religión.

Recordemos el primer libro de la biblia: el génesis. Donde narra la creación del mundo y del hombre a partir de una divinidad –muy ambivalente por cierto- pero que son encargados de poblar a la tierra a partir de la expulsión del paraíso por haber comido del fruto prohibido. ¿De qué manera lo habrán hecho? En el sentido más humano e incluso visto desde la ciencia, la copulación es la única forma, al menos la única conocida en aquel tiempo y al ser ellos las únicas personas sobre la tierra, es factible que sus hijos varones procrearan con sus hermanas, sus hijas, primas, etc; para que la población llegara a ubicarse lo que hasta este momento conocemos como los más de 7 mil millones de habitantes. Más allá de la credulidad de este hecho, lo interesante es lo que propone por líneas bajo el agua, donde el incesto pareciera ser la salvación ante el pecado cometido –y por lo que los castigó un Dios ambivalente-  otorgándoles la oportunidad de reivindicarse a partir de sus errores. Entonces el incesto, ¿es un error o un acierto?, ¿es la salvación o es el pecado?

Trasladémonos incluso hacia épocas diversas en la historia universal, desde la apertura griega y la ebullición romana donde la apertura a la sexualidad era con fines placenteros y no tan meramente reproductivos. En Grecia, por ejemplo, el incesto entre madre e hijo era obligatorio por aquello del aprendizaje, los reyes Egipcios fueron incestuosos para marcar la línea de sangre azul y que se transmitía de mejor manera de madre a hijo. En Roma, Nerón se acostaba con su madre y Calígula con tres de sus hermanas. En la edad media los escritos cuentan que el Rey Arturo tuvo hijos con su propia hermana. El padre Abraham del gran mitológico libro de la biblia se casó con su hermana Sara, y la historia no termina ahí; el papa Alejandro VI tenía relaciones con su hija y esta tradición se ha conservado en muchas sociedades monárquicas como los Austrias o los Borbones.

¿A qué nos lleva todo esto? A que el incesto forma parte de nuestras vidas, ha precedido desde antes que el ser humano tuviera consciencia y raciocinio e incluso teniéndolo sigue prevaleciendo, sólo hay que recordar historias como la de Woody Allen, Charles Darwin, Jerry Lee Lewis, Albert Einstein y muchas más que se cocinan en lo profundo, en lo secreto y en lo austero, percibidos incluso como abominación y enajenación, como un conflicto percibido afuera, aminorado y lejano a nuestra historia.

Recordemos, ¿en cuántas conversaciones hemos escuchado que nuestros amigos nos narran cierta atracción por un primo(a), tío(a)? ¿Cuántas veces en nuestra adolescencia o niñez tuvimos fantasías relacionadas al acto sexual con algún familiar? ¿Cuántas de esas situaciones nos provocaban placer precisamente por el grado de censura que el tema adquiere? ¿Cuántos incluso lo llevamos al acto?

Lo curioso es que aunque se niegue, todos los crecidos en sociedades occidentales y orientales hemos de pasar por un proceso de incesto que es el iniciador de un mecanismo tan pre-histórico llamado culpa, la cual es precedida por un proceso llamado complejo de Edipo o incluso percibido desde la investigación científica y llamado síndrome de atracción genética, pero eso… eso es otra historia.

¡Hasta pronto!

 

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