La fragilidad de la masculinidad en el hombre: antecedentes

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Hace algún tiempo me encontraba en un curso relacionado con la lectura y la educación de niños, jóvenes y adultos que se encuentran en zonas vulneradas o marginadas del país. En este curso estuve con algunos profesionistas, en su mayoría mujeres, ávidas por descubrir técnicas que permitieran hacer que el menor se encontrara en plenos deseos de que la lectura fuera parte de su vida. Dentro del mismo, hubo mucha participación e incluso comentarios muy interesantes que no solamente iban relacionados a una historia lectora sino también a historias de vida del pasado, el presente y el futuro. Recuerdo la siguiente pregunta de la capacitadora: ¿alguno de ustedes recuerda desde cuándo inició su vida lectora? Yo no solo logré recordar los principios, sino también los procesos adyacentes a mi vida de lector, como el convertirme en el “raro” por leer literatura que pocos lo hacían, un pensamiento un tanto diferente y un acompañamiento donde me sentía como un ser aislado.

Ante ese comentario, al finalizar la sesión; una maestra se acercó y me dijo: “licenciado, tengo 45 años, soy una profesionista que día con día se está actualizando en materia de educación e incluso de psicología para saber cómo hacer que mis alumnos aprendan. Soy divorciada, tengo tres hijos a los cuales yo mantengo. Y en cuanto lo vi hablar acerca de lo diferente, vino a mi mente la siguiente pregunta: ¿por qué las mujeres de mi edad están tan solas? “Yo veo mis círculos de amistades, profesionales e incluso gente de mi familia y me doy cuenta que somos mujeres con alta necesidad de crecimiento, empoderadas, no formamos parte de aquellas mujeres que se quedan calladas, brillamos en una reunión social, podemos hablar de cualquier tema y profundizarlo, a veces incluso mejor que un hombre. Algunas son dueñas de empresas en crecimiento, otras más van al cine, al café, al teatro, a cualquier lugar… pero solas, profundamente solas; sin un hombre a su lado que las acompañe o nos acompañe.”

Finalmente en este artículo indagaré un poco más acerca de la respuesta que le di a esta maestra.

Para esto es necesario recapitular lo siguiente: la psicología freudiana y la tópica de relaciones de objeto nos menciona que la construcción de la vida psíquica en el sujeto se edifica con base en la relación establecida con la madre desde que éste se encuentra en el vientre, la fusión de ambos hace que el individuo gestante se crea uno mismo con el ser que lo alimenta para posteriormente desprenderse abruptamente en el parto. La simbiosis del nuevo ser con su madre es prolongada hacia el primer año, donde el mismo ser, comienza a darse cuenta de la existencia de un otro (padre) para entonces comenzar el proceso de identidad individualizada. Basándonos en este punto, ¿será posible que existan rastros de la identidad inmiscuida con nuestra madre en los primeros meses de vida en nuestra identidad personal?

Muchos estudios científicos hablan de la conexión intrauterina e incluso de la facilidad de una madre para interpretar el proceso de las neuronas espejo con sus hijos, mismo proceso que les permite saber cuándo éste presenta algún malestar, satisfacción y goce a través de la risa, el llanto y el movimiento. Incluso en esa conexión el sujeto comienza a identificar su “no YO”, a través del olor, el sonido y la calidez del objeto que cuando éste se encuentra ausente, surje el malestar.

Es momento entonces de preguntar, ¿cómo ha sido la calidad del objeto simbiótico (madre) y la participación del objeto “no – yo” (padre) en el desarrollo psicológico, social e intelectual en los hombres?

Existe complejidad en la pregunta, pues tendríamos que remontarnos a la historia, nuestros antepasados, los procesos sociales y la ebullición de la psicología; lo cual podría generar mayores preguntas a partir de este artículo. El punto a tratar es la sensación del hombre en la sociedad actual, su intervención, sus malestares, relaciones y vínculos efectuados hacia el medio donde éste se permite intervenir y donde el origen se remonta a cómo fue concebida su propia personalidad, la cual puede adjudicarse a procesos relacionados en la infancia e incluso yéndonos hacia otros planos, con el propio inconsciente colectivo, siendo determinante en lo que el mismo Lacan mencionaba como precursor indirecto de la personalidad: la falta.

Es la falta la que hace a todo sujeto vincularse al mundo exterior con la idea de volver a integrarse al objeto que en su momento le hacía sentir placer/displacer (madre). Es la falta la que lo lleva a entablar relaciones interpersonales de amistad, pareja y laboral. Es la falta la que lleva al sujeto a involucrarse con un hobbie, alguna actividad placentera e incluso a alguna adicción. Es la misma falta la que hace apegarnos a situaciones y personas nocivas, es la falta también la que nos hace huir, compensar, intelectualizar, buscar respuestas, generar interrogaciones, encasillarte o avanzar. La falta es la misma que te empuja a estados de autorrealización personal, a la necesidad de tener éxito, de idealizar una relación amorosa o laboral, es decir: LA FALTA QUE TE IMPULSA A HACER, ES LA MISMA FALTA QUE TE REMONTA A LO QUE PERDISTE O NO TUVISTE y al menos en nuestra cultura en su gran cantidad está relacionada a la participación del objeto materno y más en lo que se refiere al sexo masculino. Esto finalmente nos lleva al esclarecimiento de la identidad.

Hablando de la identidad, tanto en el hombre como en la mujer el precursor es la madre. Sin embargo, en el hombre a partir del complejo edípico -explicado en otro artículo-, la madre se vuelve fundamental; pues es a través de ella, de su posesión y su renuncia, de su amor y su odio, de su calidad y cantidad la que faculta el redireccionamiento hacia otros objetos donde pretende sanar esa falta. Es entonces cuando lo narrado nos lleva a preguntar, ¿qué tipo de objeto tuvo o ha tenido el hombre?

Si nos ponemos a hacer remembranzas de nuestros abuelos o bisabuelos, encontraremos que las madres de estos eran catalogadas bajo acciones, actitudes y comportamientos de sumisión, impotencia, esclavitud a la relación marital o familiar, permisividad, inseguridades, insatisfacción personal pero con una connotación de pureza inalcanzable, amor inmaculado, sacrificio y dadivosidad hacia los hijos, al mismo tiempo el hijo varón era educado a tener un comportamiento recio, inasequible, dominante, con tintes agresivos y con poca permisividad a ser demostrativo en lo emocional y siendo espectador activo ante la relación de sus padres para el aprendizaje posterior. En el menor entonces, la falta de la madre se convierte en su propia falta, buscando entonces a través de su comportamiento masculino la idea ilusoria de salvarla de las garras del padre pero ejecutando o traslapando el comportamiento del padre hacia otras personas, situaciones o ideas que han quedado incrustadas en la formación de identidad, por ejemplo, la idea de que el hombre tiene que dominar a la mujer. Pero, ¿qué sucede ante una madre que no necesita ser “salvada”?¿Dónde queda la idea ilusoria del hijo?

Esto lo veremos en el siguiente artículo…

¡Hasta pronto!

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