Sábado de cuentos: Dispara al cantante de rap

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Llevaba dos semanas sin consumir analgésicos. Mucho menos codeína. Había comprado una pelota inflable como las que usan en yoga para combatir el síndrome de abstinencia. Pasé varios días tratando de imitar una rutina que encontré en internet pero al final me quedé sobre ella con la mirada hacia el techo. Ya no recordaba ni la cara de mis amigos. El ansía me destrozó los huesos.Luego fue la primera llamada. Nadie se preocupaba por mí. Al principio no respondí. Después de unas horas lo hice. La voz me ordenó poner atención. Había descubierto que una consecuencia de abandonar una droga podría resultar en mareos y alucinaciones. Estoy delirando, me quise convencer.

      Uno por uno mis discos fueron desapareciendo. Se esfumaron en el aire mediante una pequeña nube de humo negro. No tardé mucho en quedarme sin música. La sobriedad me calaba duro en la espalda. Me retorcía la espina mientras el teléfono seguía sonando. No hay peor castigo que el silencio.

           Volví a responder. El hombre, no el mismo de la otra vez, me ordenó obedecer.

           —El ritmo de la tranquilidad ha sido alterado –dijo.
—¿Y yo qué? –respondí.
—Eres el elegido para traer la armonía de nuevo.
Mi risa lo enojó. Minutos después, la televisión perdió la señal. Sólo me quedaba la bola de aire que no sabía usar.
—Obedece o muere –volvió a decir antes de abandonarme con un ruido de estática.
Estaba en el patio bajo el sol sobre la bola de aire cuando apareció un individuo igual a George Michael. Traté de saludarlo.

            —Medidas extremas necesitan situaciones igual de extremas –sentenció mientras se bajaba la bragueta del pantalón.
Un pene morado y brillante colgó entre sus piernas. Su atuendo de cuero se iluminaba por el sol. Se acercó mientras presumía una erección. Quise correr pero la pelota hizo que me cayera de espaldas. Preparé la cabeza para sentir dolor. Apreté las nalgas y cogí todo el aire que pude.
George Michael tomó la bola de aire y la penetró privándole de aire. La desinfló y después la arrojó sobre mi rostro. Cientos de dolores se concentraron en mi nuca.
—Está bien, ¿qué puedo hacer? –contesté resignado.
—Traer el balance –dijo con voz seductora.
Continué con el rostro lleno de confusión. George Michael sacó una carta envuelta en un sobre morado. Olía a perfume. Lo besó antes de entregármelo. Después desapareció entre el mismo humo negro sin que pudiera atrapar los detalles de lo sucedido. Pensé en regresar al fentanilo.
A la media noche me arroparon los sudores fríos y el síndrome de la pierna inquieta. La carta estaba cerrada. Me repetía en la cabeza: traer el balance, traer el balance. No había música ni televisión. Y de pronto, soñé con Leila. Leila se había ido hace año y medio, recordé. Leila ponía hielos en una toalla y los frotaba contra mi cara, recordé. El rostro de Leila se deshizo cuando me vio fumando con Telia, recordé. Leila una vez me llamó basura, recordé. Leila usaba el mismo perfume de la carta, recordé.

                    Desperté con el ruido del refrigerador. Puse un huevo a cocer y luego abrí el sobre de la carta. Volví a pensar en Leila y descubrí un nuevo horror: las erecciones desaparecieron. Cortar relación con la droga, aparte de las alucinaciones y los delirios, te aleja de la lujuria. Contemplé el suicidio a través del agua hirviendo. Pero mejor decidí obedecer.

                  La carta de George Michael me ordenaba asesinar a un rapero. Uno que había cortado relación con una de las mejores bandas de hardcore punk de los últimos años. La escena estaba despedazándose. El orden supremo de las cosas se corrió hasta suponer el final de la vida como la conocemos. Era mi obligación porque no tengo nada que perder. Soy la unidad desechable de este mundo.

            El hit sería en un festival de música durante el fin de semana. Traté de recordar las películas de acción y espionaje que vi años atrás. Pero mi cabeza estaba sumida en un dolor que reptaba por opio y las únicas memorias listas eran las que involucraban la sustancia. Hasta el rostro de Leila se fue difuminando hasta sólo aparecer en vacuos intentos de masturbación.

              Boy George apareció con una guitarra en mi sala. A pesar de la violencia a la que me habían sometido en citas anteriores, no le tenía miedo. Con una canción me explicó la razón de los asesinatos y la importancia de mantener el orden de la escena mundial. Me dijo que no me sorprendiera la muerte y le dije que estaba ocupado pensando en otros temas de relevancia.
Cuando supere el síndrome trataré de montar un caballo, le dije. Boy George movía la cabeza. Cuando lo logre me iré a vivir al campo, le dije. El cantante se ocupó afinando la guitarra. En el campo conoceré a una chica linda y con el tiempo tendremos tres hijos y dos vacas, le dije. Pero Boy George ya había desaparecido dejándome tres pastillas moradas. El opio pesado.
La tarde del festival había guardado las tres pastillas en mi calcetín y una navaja en el cinturón. El rapero aún no llegaba. Durante el pase de seguridad me encontraron la droga y la disolvieron en un vaso de coca cola caliente. El filero pasó desapercibido.
—Sólo puedes meter una, te doy chance –dijo el guardia.
—Todo sea por la especie –respondí.
Apenas el activo se disolvió en mi lengua cuando los malestares tan amarrados que traía, desaparecieron. Tan rápida la cura y tan serena la fatiga. Por horas pude vagar sin beber alcohol o si quiera pasar hambre. Toqué mi entrepierna y la sentí endurecida. Nunca la vida me había parecido tan hermosa.

              Me senté atrás de los camiones de comida. Veía el cielo y acariciaba la hierba con las manos. Pedí una hamburguesa pero olvidé comérmela. Cientos de manos rascaron por dentro de mi nuca. La suavidad del opio es una dulce canción de cuna. Durante la recaída observé al cantante de rap caminar a la distancia. Era tres veces más gordo que yo. Llegó la sobredosis de autodestrucción.
Lo seguí hasta el backstage. Buscaba un lugar por el cual no pasara el ruido. La tarea se volvía imposible con el paso del tiempo. Las opciones no me ofrecían ningún escenario de escape. Imaginé regresar al síndrome desde prisión. Rascar las paredes en busca de la fuente de droga.
Boy George o George Michael no tardarían en hallarme. Mi cráneo penetrado por un miembro de color brillante. El futuro que Leila vio en mí ahora era simple polvo sobre el pasto. Allí me tumbé a esperar el castigo por no obedecer las órdenes del balance.
Levanté la mirada un segundo hacia la piscina. Observé a Leila tanteando un baile sobre el borde. Tambaleaba como si fuera a caerse. Recordé un día que fuimos al mar. No pudo nadar. La rescaté metiéndome casi inconsciente. La vi desde la orilla. Los brazos extendidos hasta arriba. Fue nuestro último viaje juntos. Corrí hacia la alberca.
—Ven conmigo –le grité.
Ella no hizo caso.
—Te voy a rescatar. Déjame ayudar –volví a decirle.

                     Pretendió no escucharme hasta que se desnudó frente a mí y de un clavado entró al agua. Se movía y nadaba como si fuera una maldita sirena. Me quedé tirado sobre un charco, admirando su cuerpo entre el silencio del agua. Decidí regresar hasta el pasto.
El efecto venía en picada. La tristeza aburrida de la normalidad volvía a  nutrirse de mi torrente. No hubo señales de George Michael, el eterno violador de fracasados. Separé la mirada de vuelta a las nubes y me quedé dormido.
Cuando despojas a la mente de la conciencia química estás rechazando el
soñar. Ya no hay más actividad después del dormir más que el despertar posterior. Por eso, cuando escuché un pequeño chorro caer cerca de mí, descubrí que ya estaba despierto. Tallé mis ojos tratando para ver quien orinaba cerca. La barba y la enorme camisa delataron al cantante de rap. Meaba con una mano y con la otra sostenía un vaso lleno de cerveza que arrojó aún más cerca de mí.

Sin hacer ruido me levanté y fui hacia atrás de él. Me quité el cinto para buscar la navaja. Supuse que tal vez no la había guardado como pensaba y me quedé sin arma homicida. George Michael y Boy George aparecieron detrás. Señalaron al cantante de rap y luego hicieron lo mismo con el cinto de cuero.
-Era un regalo de Leila –dije.
Pero ellos no contestaron. Entendí la responsabilidad. Caminé lento hacia su espalda para sorprenderlo. Seguía orinando y le colgaba el pene flácido.No lo hubiera logrado de no ser por la televisión. Me pasé el cinto entre la mano para ajustarlo según la fuerza necesaria. Alrededor no había nadie más. La noche planeaba una escena sin testigos. Salté sobre su espalda y lo ahorqué con ambas manos. La orina salpicó por todos lados. La sentí en los pies y en las manos. El tiempo comenzó a correr muy despacio. El momento no terminaba. Cantante de rap perdía fuerza y su grito fue ahogado. La calma de la muerte me condujo hacia un espectro extraño. Su cadáver se movía entre la maleza. La silueta del cuero
permaneció en su garganta. Le abrí la chamarra para encontrar dinero, pero encontré pastillas. Tomé dos en su honor.
George Michael y Boy George habían desaparecido de nuevo. Regresé a la fiesta. Pasé de largo el stand de cerveza y la natación de Leila. Seguí avanzando hacia la salida. Una chica hippie meditaba y a su lado guardaba una bola inflable. Sin llamar la atención pude robarla y seguí por el camino hacia la carretera. La droga me daba la bienvenida. Sujeté con fuerza la pelota y crucé la calle. La avenida era de un solo sentido. Varios carros pasaron junto a mí a gran velocidad. Me veían raro como si pudieran leer mis pensamientos. Y así, antes de lograran
detenerme, di un paso hacia el pavimento y tomé una decisión.

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