Todos se mueren al final. Hoy terminé de ver Stranger Things y es broma, al final salen los subtítulos y luego Netflix me promociona la película Tallulah, con Ellen Page y Allison Janey, pero después de saturarme de ocho episodios seguidos de Stranger Things, Tallulah sonaba como otras dos horas con la espalda aventada en el colchón, mi idea fue dejarla para otro Domingo de netflicsear en Redes de Poder y pedirle a mi espalda que por el amor a todas sus vértebras, por sus apófisis, por sus pedículos y por sus láminas transversas me dejara sentarme sin molestia en la silla donde escribo para poder reseñarles un poco la serie. Mi lomo me dijo que lo iba a intentar pero que no prometía nada, pude conformarme con su respuesta porque siendo honestos no era su culpa, era culpa de la nueva serie de Netflix con Lydia Deetz de Beetlejuice como protagonista.

Hablando de Winona, me parece grandísimo su trabajo de mamá preocupada pero no histérica, de señora impulsiva pero no estúpida, de mujer abierta a las ideas sobrenaturales pero no enferma de la cabeza como la mayoría del pueblo la piensa, de divorciada y con mucho trabajo pero que no por eso deja de ser muy buena madre.

Winona Ryder es Joyce Byers en la serie, y monta una actuación que redunda en su amor por sus hijos y en su devoción a su realidad que no parece existente.  A la cola del primer capítulo ella se hace ya mi personaje favorito, porque creo que es la única que no se tropieza con lugares comunes y que no se resbala con la incongruencia de los actos típicos de las series; me refiero a que es la única que no me hace tirarle un sape a Falcor, el gato de mi prima, mientras pienso y murmuro cosas como “por qué éste cabrón no voltea, si el monstruo hace un chingazo de ruido babeando, arrastrándose y tirando cosas”, “por qué no se mete al árbol ése que, obviamente, es una puta entrada”, “por qué el poli no va y le dice a Winona lo que debe saber sobre su hijito querido”, “por qué el Mike no le dice a la Eleven que le gusta un buen”, “por qué Mike no le mete un madrazo al otro buleador ochentero”, “por qué los buenos llegan a todos lados en tres minutos, y los malos se tardan dos horas y media si van en autos más nuevos y los otros traen chatarrillas”, “por qué el monstruo anda en chinga todo el tiempo pero cuando se va contra uno que es de los protagonistas, camina más lento como sabiendo que nos causa más suspenso”, “por qué Jonathan no le lanza un besillo a la Nancy Wheeler”.

Aunque si me preguntaran quién me hizo sentir más o cuál actor me provocó el vuelco a los pulmones o quién me hizo sentir que la garganta se me iba a las lágrimas o cuál me conmovió por sus sollozos maduros y sus gritos poéticos;  definitivamente me voy por los cuatro niños, especialmente Mike Wheeler (Finn Wolfhard), niño listo de emociones sensibles, corazón de hidalgo, actitud de templario y muslos y chamorros de ciclista dopado. Mi consejo es ver a Mike Wheeler desde el principio y entender su personaje, como líder, como héroe, como donjuán, como víctima, como sabio, se sobrepone ante la fuerte emoción de ver y sentir a uno de sus mejores amigo en la penumbra de lo insólito y aún así se abraza de la fe, de la magia, de lo impensable, del amor, de la amistad y de su imaginación de niño geek para encontrar en cada pasillo del laberinto la respuesta correcta.

Para los fanáticos de las series y los espectadores de la buena televisión, la primera temporada de Stranger Things se enmarca en el salón de lo inolvidable con la última temporada de Breaking Bad, la primera de Mr. Robot, la cuarta de Game of Thrones, todas las temporadas de Friends, como la tercera y la sexta de How I Met Your Mother, la primera de House of Cards, la última de Vikings, la cuarta de Sons of Anarchy, y varios finales de temporada de The Walking Dead (como cuando sale Sophia del granero).

Tiene su lugar en ese saloncito decorado de oro con toda la razón del planeta porque es una historia que reluce de nueva y parece abierta en navidad porque huele a regalo, a botanita y a vino tinto. Huele a besos abajo del muérdago y a buenas reuniones entre amigos y entre familia.

Vale la pena que la recomiende en éste Domingo de netflicsear. Vale la pena, sobre todo, acabarse la espalda acostados todo un fin de semana para verla y para sentir que hay cosas en éste mundo y fuera de éste mundo que todavía acechan a la imaginación y a la tenue divisoria entre lo real y lo ficticio. Para cuestionarse si lo que uno sabe es realmente lo que hay en su totalidad o es sólo el resquicio de aquello inimaginable, abstracto, extraordinario, increíble y fuera de lo que concebimos como natural y normal.

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