Fuera de línea: crónica de una vida sin internet

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Un señor de acá de San Ángel cortó los cables que había en un poste, porque estaba enfrente de su miscelánea acocacolada. Le dijeron al técnico de Telmex que fue ése, el de enfrente del OXXO, luego ése, el de enfrente del OXXO, le dijo al empleado de Slim que había sido un error garrafal, él estaba cortando las ramas de su árbol, por donde los cables de fibra óptica se atraviesan incómodamente.

Hubo catorce días que el internet se fue de aquí y de allá, y del vecino doctor y de la vecina borracha y los otros que son de las oficinas del ISSSTE. Todos nos quedamos con la imperfección de la señal que nos da el gobierno desde la biblioteca José Martí. Digo imperfecta porque no puedo acceder a ninguna red social y el celular mío se rehúsa a socializar con esa conexión chaca.

Así, con mi celular sin ganas, el señor que alega inocencia, el técnico de Telmex dormido en su Spark verde, y los vecinos sin internet para poder robarme, comienzo con la costumbre de sufrir sin conexión y con la travesía antimilenial de usar mis datos, no teniendo plan.

Recién llegó también el güero de mi amigo nacido chilango pero que viene de Torreón. Ese que se cree escritor, como yo. Él si con plan pero de esos limitados que no convidan, de esos que ni para compartir la red hacen de María Teresa; de esos que escatiman los datos y el internet y los whatsapps de voz que le mandas a la novia en Torreón, y las imágenes inevitables de Valentina Vignali y Emily Ratjowski: perlas, joyas y petróleo bruto para los ojos instragrameros del comunicólogo, escritor, talentoso y neolagunero de mi amigo que vino para escribir por internet y sin internet ya no puede escribir.

De martes a jueves no tener internet es ser vegano y todavía tener que caminar en el carbón acabado de una carne asada del norte. Es así de dramático, como Roman Polanski y como Lana del Rey, es el apretón de pezón de Edgar, el gordo de la secundaria.

Digo de martes a jueves, porque el viernes hay régimen de bar y de andar afuera visitando el centro, y la Caldería y luego calle República de Cuba. Entonces, ya el fin de semana uno le perdona la injusticia al señor de la miscelánea porque la verdad el departamento y los gatos están solos con sus propios demonios.

Pero de martes a jueves, que no hay dinero para salir, la condena es estar acostado en el suelo de casa pensando qué hacían hace unos años para divertirse sin redes sociales. Vuelves al neandertalismo de tener pensamientos propios, de tener que compartirlos en la plática y de buscar juegos de mesa para entretener al cerebro que ya al tercer día empieza, con groserías, a pedir una puta pantalla con conexión virtual. Pero no llega, porque Telmex te dice que son de cinco a siete días hábiles para que te tomen el reporte con número 343664, entonces llamas, casi todos los días para platicar con Carmen, y Wendy, y Mónica, que son las chicas al otro lado del teléfono. Por pura amabilidad no les gritas desesperado porque no es su culpa que no haya internet. Siendo sinceros, no es culpa de nadie, el enojo sí es culpa de uno por irreverente, por sádico, por masoquista; sobre todo, por débil y cabeza cerrada que no tiene con qué gastarse los minutos, los segundos, las décimas de segundo, y las partículas esas atómicas de tiempo que sólo sin la distracción de Facebook uno alcanza a percibir.

De pronto, le doy like a la pared de mi cuarto, al balcón del departamento, a la orilla de la ventana, a la firma de Javito Nahual en la esquina del cuadro que nos regaló, a la orilla del póster de Amelie. Luego, comparto la estufa de la cocina y comparto la manchita del buró del cuarto al fondo, comparto la pata de la silla de metal y el módem sin el foquito verde del internet. Hago un vídeo en mi mente de la mesa de vidrio en el comedor y lo subo al espacio enfrente de la sala como si fuera Youtube, los demás que viven aquí ven el video, uno comenta que qué pendejo está y el otro lolea, y roflasea, y lmaotiza; al final tengo dos deditos arriba y uno abajo.

Despierto en la mañana y el pajarito del cable de enfrente me manda un tuit, que es en realidad, un tuit, pero yo creo que es una noticia, imagino que me dice sobre el robo que hubo a dos cuadras, sobre la vecina que está engañando al esposo con el mesero de la taquería “Alberto”, me dice también que la señora de la tiendita se cayó en el patio y se tardó tres horas en levantarse. Yo le retuiteo diciéndole que los gatos llevan tres días acostados en la ventana, que el perrito Lucas de huesos remarcados ya camina más lento y que el pajarito con el pecho rojo se fue a vivir a una de las islas de Ciudad Universitaria.

Llega otra vez el martes, día de mantenimiento, llamo a Telmex en búsqueda del oasis que me salve de la locura y me dicen que todavía se tardan de dos a tres días más, siento las peyorativas en el pecho, se me suben a la faringe y se me quedan en el paladar porque ya no les digo nada, me resigno al sacrilegio, y me salgo de vago con el rubio chilangorteño. Ya de salida veo al técnico de infinitum y lo veo amable, entonces me acerco y le cuento la insensatez de la empresa para la que trabaja y le hago ojos de que ya he vivido mucho en condena. Se convence y se pone a trabajar, tarda todo el día, pero ya al final pone nuevo módem y nuevo cableado.

Es muy probable que ese día llovió allá afuera, pero no lo noté, también creo que la luna estaba llena, pero no la noté; me dijeron que las estrellas se veían algunas, que te sonreían y que te saludaban algunas, pero no las noté. Estuve entretenido poniendo el 9313602323, la contraseña para recibir señal del señor Carlos. Luego estuve abrazandome de las redes sociales, reponiéndome de la herida, curándome el alma con los nuevos memes.

Me sostuve de la señal por un rato y me pregunté, otra vez, cómo vivían en las cavernas sin internet. Saqué un cigarro de la mochila e icé la vela para navegar la red y condenarme a intoxicarme con nicotina y con aprobación virtual.

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