La odisea de Jacinto

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Siendo las trece horas con cuarenta y cinco minutos, faltaban una veintena de minutos para que Eusebio Ramírez pudiera aventarse el lonche que su amada Rosaura le mandó, como de costumbre, con Jacinto, el mayor de sus seis hijos.

Eusebio era un hombre de unos treinta y tantos pero avejentado por su oficio. Es albañil, y ese día, se encontraba laborando en un polvoriento terreno donde se edificaba la nueva sede de la ciudad universitaria. La espera era eterna.

Jacinto, de sólo 9 años había ido desde su casa hasta el lugar de trabajo de su papá; un viaje de unos 20 minutos en bicicleta, anteriormente, y para la una con cincuenta el chamaco ya estaba entregando los sagrados alimentos a su padre. Este día fue la excepción.Faltando cinco a las dos, el padre pidió prestado un celular con saldo para poder comunicarse con Rosaura. Luego de cinco timbrazos, Rosaura por fin contestó. Y para sorpresa de Eusebio, el niño había salido desde la una con quince.

Jacinto salió de su casa muy entusiasmado por llevar ese día de comer a su apá, se sentía útil. Era un día especial, quería llegar temprano a la obra para ver a su ídolo trabajando. Cuando se nace en cuna humilde, las aspiraciones parecen acortarse y se limitan a repetir patrones. Aunque eso no parecía importarle a Jacinto, quien desde los siete años dejó la escuela para dedicarse a hacer mandados en su incansable bici, a la que, a veces con una botella de jugo aplastada y atorada en la llanta trasera, convertía en moto.

Lo poco que le daban por su trabajo se lo daba a su amá, para que hiciera esa magia que solo las madres saben hacer para que todos puedan comer con poco.  Jacinto esperaba ansioso tener trece para irse a trabajar con Eusebio y juntos construir recintos donde la gente se reuniera, a veces sin razón alguna.

Eusebio, preocupado, a las dos con doce minutos se montó en su bicicleta y se fue a recorrer la ruta que había trazado con Jacinto para cuando llevara la comida.

Rosaura estaba en su casa terminando de lavar los trastes mientras pensaba en prender una veladora a algún santo para que le cuidara a su niño.

Para las dos con veinte minutos el rugir de las tripas de Eusebio se había cambiado por una bola de ansias y preocupación. No era normal que el niño se desviara de la ruta y mucho menos que se tardara tanto. De pronto,¡la bicicleta! Eusebio vióo una bici idéntica a la que montaba su hijo. Estaba en un parque en medio de la colonia que había que cruzar para llegar a la construcción.

Unos niños estaban jugando fútbol en la cancha que hay en ese parque. ¿Quién puede jugar a las dos de la tarde en una cancha de cemento y sin techo? Al parecer solamente los locos… los locos y Jacinto; quien al ver a Eusebio caminar hacia él se quedó helado a pesar del calor que hacía.

A las dos con treinta minutos, sonó el teléfono de la casa y contestó Rosaura. Es Eusebio, dándole la queja que el condenado muchacho estaba jugando fútbol y por eso no llegaba.

Rosaura colgó. Encendió la veladora y esperó paciente para que regresara Jacinto. Sabía que a ella le tocaría el trabajo difícil. El niño llegó, acalorado por el juego y el viaje de vuelta. Cuando entró a su casa, Rosaura ya lo esperaba con cinto mojado en mano para que aprendiera la lección…
Jacinto jamás aprendió la lección. Ahora es el mejor delantero en el equipo que formaron unos reos del reclusorio oriente.

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