Los hombres y el kamasutra

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Cuando me dispuse a googlear este título en internet, fue impresionante la serie de resultados obtenidos de la búsqueda. Ahondaban desde artículos que mencionaban las posturas en el acto sexual que más pueden excitar a un hombre, hasta diversas herramientas que pudiesen practicar para que el hombre llegue y obtenga su placer. Lo curioso de esta búsqueda es que la gran mayoría de los artículos leídos hablaban en primera instancia de cómo una mujer puede llegar a obtener mayores niveles de placer con su pareja masculina y por otra parte de las acciones que a un hombre más le excitan, como por ejemplo, el no tener contacto visual. Lo que me llevó a recrear las siguientes incógnitas: ¿será verdad que uno de los puntos placenteros en un hombre se centra en la inhibición de las miradas?, ¿qué faculta la excitabilidad o en dado caso el placer en este tipo de actos?

John Gray en su libro “Los hombres son de marte y las mujeres de venus”, propone diversificaciones coloquiales en el género en cuanto a formas de ser y comportamiento, donde pareciera que estamos construidos de formas totalmente inversas al otro, mismo que también es explicado a nivel biológico. La doctora Louann Brizendine, neuropsiquiatra de la Universidad de California afirma que en los hombres a partir de la octava semana de gestación, los pequeños testículos del niño comienzan a producir suficiente testosterona para bañar sus neuronas en desarrollo y moldear la estructura de su cerebro, mientras que los estrógenos en las niñas potencian las regiones del cerebro responsables del lenguaje y la expresión de emociones. Por ende, los varones tienden a la acción y el movimiento, programados para desplazarse, seguir y conseguir objetos con la mirada, mientras que ellas tienden a la conciliación, la negociación y los lazos interpersonales.

Hasta este momento el medio biológico nos dice cuán diferentes somos, veamos qué sucede a nivel social.

Las diferencias a nivel social son apremiantes en el género, a los hombres, en pleno siglo XXI, en nuestro contexto se les educa hacia el cortejo, la competencia, la lucha por los objetivos y la consolidación de los mismos. Es muy habitual en la sociedad latinoamericana haber escuchado mensajes como: “Pórtese como un hombre”, “Los hombres no lloran”, “No sea mariquita”, mismas frases que sin más ni menos iban avocadas a no permitir que un hombre compartiera rasgos que en la experiencia histórica les correspondían únicamente a la mujer. Sintetizando lo anterior y bajo el concepto biológico y social los hombres están construidos hacia el pensar y accionar, mientras que las mujeres van entrelazadas hacia la emoción y la relación interpersonal. Ustedes se preguntarán ¿qué tiene que ver la diferencia de género con el disfrute coital en un hombre?

La respuesta puede englobarse de la siguiente manera: desde la construcción interna el hombre va dirigido hacia la obtención de necesidades inmediatas y prácticas. Desde que es niño la más mínima queja lleva al tutor que generalmente es una mujer a destinarle la gratificación a partir de la solución inmediata del problema, suceso que no siempre pasa con las mujeres. En algún momento recuerdo las palabras de un profesor que decía lo siguiente: “Las madres en su fuero interno tienen la idea de que un varón siempre las necesitará más que sus propias hijas, ya que inconscientemente desde la percepción del sexo, sabe que tiene mayores posibilidades de integrarse al mundo en comparación de un hombre, éste necesita ayuda”. Lo anterior no es del todo disparatado, hagámonos la pregunta: ¿A quién tienden a sobreproteger más las madres? ¿Hombres o mujeres? En ese sentido la sobreprotección cansa, la preocupación exagerada fomenta sentimientos de apatía e incluso hostilidad, perpetuando relaciones con cierto límite de profundidad. Dentro de la teoría psicoanalítica es explicado por la “vagina dentada” es decir, el temor del niño de ser chupado por su madre en un contexto metafórico.

¿Puede toda esta explicación ser traslada al sexo y a la fascinación de un hombre ante ciertas posturas coitales? La respuesta es sí.

Hombres, pregúntense: ¿cuáles son aquellas posiciones en donde el éxtasis o los orgasmos tocan su propio límite de lo placentero? Una gran cantidad de hombres optará por aquellas posiciones de dominio, donde para sí mismo y para su pareja pudiesen representar un papel activo, de movilidad y practicidad, de lo contrario no tendrían sentido las profesiones como la prostitución o los llamados gigolós. Posturas como “el perrito” y sus variantes de penetración por detrás, como “el sometido”, “patita al hombro”, posturas de pie, cucharita, entre otras figuran como aquellas más disfrutables para ellos teniendo una semejanza distinguible, la imposibilidad de ver a los ojos.

Hay un dicho que menciona lo siguiente: “Los ojos son las puertas del alma”, este dicho puede pretender rayar en lo absurdo, sin embargo tiene su dosis de verdad, ya que en el sentido objetivo y real una de las formas más certeras de comunicación no verbal profunda tiene que ver con la mirada, pues es ésta la que nos permite vincularnos y tener noción de existencia del otro. Esto lo entendemos desde que somos bebés, cuando por alguna razón comenzamos a buscar los ojos de nuestra madre en un sentido de proximidad emocional y física. Es a partir de los ojos, que dejamos que el otro pueda penetrar y ver lo que existe en nosotros. Bajo este entendido: ¿se puede decir que el hombre no le gusta ser visto y eso le produce placer?

En primer instante la respuesta estaría dirigida a un sí, pero no es un sí rotundo, ya que existen otras variables que al menos en este artículo no mencionamos como factor de análisis pero que sí son factibles de modificaciones en la respuesta. Al atender el sí, objetivamente puede ser comprobable ante la diferencia del sentimiento de placer establecido entre hombres y mujeres; mientras en la mujer la sensación va dirigida envolviendo generalmente aspectos emocionales, en el hombre no siempre suele ser así, en la mayoría de las ocasiones la actividad sexual está dirigida a la obtención del placer físico y vivir la experiencia genital. Desde lo psicológico podemos englobar aspectos que pueden tener relación con la construcción del hombre en la cultura, que va de la relación con la madre como anteriormente se explicó así como su capacidad asociativa, es decir, los conectores que el hombre puede hacer a nivel inconsciente en el acto sexual con aspectos o sensaciones vivenciadas en algún periodo de su vida, que tiene que ver con la primer mujer en su vida, que es su madre.

Margaret Mahler nos menciona que en algún momento de la primera infancia, el niño está ávido de incorporar su independencia, autonomía y practicidad a partir de la manipulación de objetos y de su mundo. Anterior a esto, la conexión con su madre era tan estrecha que llega a sentir ambivalencia objetal ya que por alguna parte desea con todas sus fuerzas retirarse de su madre pero por otra parte siente culpa al abandonar al agente que le propició las condiciones idóneas para vivir. Entonces, ¿cómo configura una respuesta? A partir de actos dubitativos, inseguros y de igual manera ambivalentes, expresados y entendidos a partir de miradas no fijas, ya que vive la sensación de que si se queda más tiempo del previsto, mamá lo puede chupar y aniquilar.

¿Nos suena esto en el acto sexual? Ante posiciones donde el hombre no se permite ver al otro(a) vive la idea de dominar a aquello que en algún momento no pudo, a partir de la sodomización, de la cosificación e incluso desde la agresión directa. Con esto hay que dejar en claro que estamos hablando desde el acto instintivo que conlleva una postura coital que no está a la vista de ningún hombre, por tanto tampoco quiere decir que el mismo no sea capaz de ser recíproco en lo afectivo con su pareja emocional, ya que puede serlo, es algo real y palpable; pero a nivel instinto la situación se torna diferente para el propio inconsciente.

 

 

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