Sábado de cuentos: Metrobús

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Estación Nápoles, son las seis de la tarde y el gentenal de Godinez opaca la entrada del Metrobús. Uno de ellos va hasta delante de todos, ya para que se le abran las puertas de Indios Verdes y pueda regresar a casa. Llega el transporte y aunque los del interior sostienen las puertas para que no se abran, la fuerza de la máquina gana ésta vez y con esa suerte, se adentra aquel que iba hasta el frente. Se le dobla la corbata, se le pliega el gafete, y el peinado bien hechecito pierde su forma. El sujeto, ya experto, se lleva las manos a los bolsillos para asegurarse que sus pertenencias sigan siendo suyas. Él es de mediana estatura por lo que es más alto que algunos pero más chaparro que los altos, por desgracia uno de los grandulones huele a gimnasio, y el otro huele a perfume de Tepito; ambos olores pronto se le mezclan en los hoyos nasales y se le fruncen las cejillas con asco, por eso voltea el rostro y observa por la ventana. Allí nota que un sujeto va en su carro, con los ojos cerrados y disfrutando del tráfico. “Puta madre”, piensa, “tengo que conseguirme un pinche carro”.

Hasta dos estaciones después se pueden abrir las puertas del bus una vez más. “Llegando a… La piedad”, dice la señora del Metrobús. Salen los que pueden y entran los más aptos, entre ellos una mujer sonriente que mide como uno cincuenta y tantos, de piel blanca y que ha comido mucho últimamente como para apenas haber subido unos kilos fuera de su IMC. Algunos hombres la vieron con ojos obscenos, pero la mayoría ni siquiera la notó por preocuparse en que son tantos y tan sudados.

Ella se adentró hasta donde estaba el sujeto de corbata retorcida y de peinado arruinado, que se agarraba los bolsillos para que no le saquearan el Samsung nuevo. Son muchos los que ya van en el camión, de tal suerte que nadie tiene el privilegio de su espacio personal; así, la mujer termina estampada en el gafete ya desdoblado de “Ramiro Ceniceros”, según dice la estampa. La de baja estatura no se disculpa sino que le sonríe y lo saluda con un –Hola Ramiro. –Hola– le contesta aquel, y pronto se voltea, tímido. La reacción le provoca una risita picarona a la dama, quien es tan pequeña que no alcanza ningún tubo cercano para sostenerse y decide mejor deslizar sus manos poco regordetas hacia la entrepierna del pasajero Ramiro.

El godinez se alarma por la acción pero no tiene ni cómo hacerse para atrás. La cosa es que son tantos a su alrededor, y cada uno está tan distraído en su sufrir, que nadie nota el atrevimiento, entre tanta gente pareciera, irónicamente, que había una privacidad singular. Eso ya lo sabía la mujer que sin pudor le maneja a Ramiro la bragueta y le consciente la virilidad.

En la estación Sonora, le sueltan la decencia porque la susodicha se preocupa por ver en qué estación va. Ramiro, que muy cómodo había cerrado los ojos, los abre para sorprenderse y apenado voltea hacia la ventana, una publicidad enorme de color rosa le opaca la atención. “No al acoso”, puede leer apenas. La mano de la mujer lo regresa a la realidad y éste se percata que ha permanecido tres estaciones más de su destino, mira a la acosadora rápidamente y le murmura que se tiene que ir, rápido se adentra entre los demás hombres y baja en la estación donde ya se abren las puertas, pasa entre aquellos que van entrando y luego nota en su rostro la brisa placentera del aire frio fuera del vagón.

Entonces, camina hacia la salida. –Señor, abróchese la bragueta, por Dios– le dice una viejecita de pelo pintado. Ramiro se avergüenza y se cierra el pantalón mientras sale de la estación. Se detiene porque no sabe para dónde caminar y no puede pensar en ello, se toca la cabeza y siente fría la frente. Quiere ir a casa, así que cruza una avenida sin saber si es la correcta o no, pero recibe un claxonazo de uno de los carros que por tener el verde se molestan con el transeúnte idiotizado. Ramiro observa al hombre que le ha pitado y se percata de que ya lo ha visto; es aquel que iba dormido en el tráfico estaciones antes; asustado, corre a la banqueta y luego tiene que detenerse para estabilizarse. Ve al señor que lo pasa de largo, no sin antes recibir una mirada de rechazo, Ramiro sin darse cuenta le sonríe.

Cuál puta madre, dice al viento, a la verga el pinche carro, prefiero Metrobús.

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