Eran las seiscientas treinta horas y los parpados no habían logrado juntarse por más de un par de minutos. La penumbra se hizo eterna. El hambre calaba más que el frío. La dureza del suelo había molido todos los músculos del cuerpo y sin embargo un nuevo día se anunciaba con los primeros rayos del sol. En el ambiente se dejaba oler una melancolía  y añoranza que se mezclaba con el petricor. Su nombre es Martín, o al menos, así le dicen; Un hombre que ronda los 50´s y su único hogar es una esquina debajo de un puente.

Hace tanto tiempo que Martín vive en la calle que la planta de sus pies ya se han mimetizado con el pavimento. Sus días son un constante cúmulo de misiones y retos; buscar algo que comer, cómo refugiarse de la lluvia, del frío o del calor, empujar su carrito y recolectar todo el cartón que pueda para luego cambiarlo por unos centavos. Con el ritmo de la megalópolis y ante las diversas miradas, él recorre la zona más concurrida, esa donde los restaurantes botan a la basura medio platillo porque la señorita está a dieta y donde solo algunos cuantos le dan unas monedas a cambio de que se aleje lo antes posible. Así su rutina se apoderaba de él, viviendo en el anonimato y en completa soledad a pesar de estar en una ciudad de miles de habitantes.

Pero este día, tenía algo diferente, se podía sentir en el viento ese aroma a optimismo. Martín se incorporó y recogió sus pertenencias; una cobija raída, un carrito de supermercado oxidado y su fiel compañero: el greñas. Un perro criollo y cojo, con melena enmarañada y hedionda,  de tamaño pequeño que siempre acompañaba a Martín en todas sus aventuras.

El resfriado que pescó en la lluvia pasada hacía que Martín se agitara al mínimo esfuerzo y comenzara a toser hasta casi aventar un pedazo de pulmón.  Pero aun así comenzó a empujar su carrito en el que ya traía algunos kilos de cartón y botellas PET.

A las nueve y cuarto  la tos arreció y tuvo que hacer una pausa para tomar aire. El greñas, cada que Martín se agitaba y tosía, chillaba y ladraba tratando de reconfortar a su amigo. Pero basta descansar unos minutos para poder continuar con la jornada diaria.

Martín consiguió bocado en un restaurante ubicado en revolución, bueno, en el basurero del restaurante. Con energía y pasando el meridiano caminó hasta la plaza de armas para descansar un poco y ver a las palomas, actividad que le gustaba mucho al paupérrimo.  No tanto por ver las palomas, eso era un mero pretexto para apreciar desde lejos a Doña Lupe, señora que compensaba su escasa belleza exterior con una calidad humana que muy pocos tienen. Doña Lupe atendía su puesto de gorditas con una sonrisa de oreja a oreja y una voz aguda y chillona, siempre con amabilidad a quien se acerque a preguntar si aún queda de chicharrón o dónde queda el banco.  Aunque Doña Lupe fuera muy amena, Martín jamás se había acercado con otra intención que no fuera comprar una gordita de nopales, con diez pesos que un trajeado le dio para que alejara su pestilencia. Cómo se acercaría con palabras de conquistador si no tenía nada que ofrecer. Optaba, mejor, por verla de lejos atendiendo su vendimia.

El sol comenzó a tornarse naranja y descender tras los cerros. Martín no había pegado el ojo en toda la noche que sin querer se quedó dormido en la plaza de armas, sentado en una banca derecho al puesto de Doña Lupe. El greñas lo despertó con su ladrido agudo, Martín adormilado se dio cuenta que Doña Lupe ya no estaba, las palomas yacen en los árboles y el greñas le ladra a un niño que corre tras una pelota.

Esa dormitada parecía que fue contraproducente, el cuerpo lo sentía más cansado y como pudo se levantó y empezó a caminar apoyado de su carrito. Las rodillas crujían con cada paso, los brazos estaban tan pesados que lo hacían encorvarse.

Las luces de la ciudad estaban en todo su esplendor, el ritmo se había apagado. Daban ganas de tenderse en cualquier banca y dormir ahí. Pero las nubes, que ocultaban las estrellas, prometían una fuerte lluvia. Lo mejor era llegar hasta ese puente que había servido de refugio contra las manifestaciones de la naturaleza. Ya no faltaba mucho para que Martín pudiera descansar cuando las gotas comenzaron a caer. Para caminar más rápido, puso a su cojo amigo en el carrito y comenzó a correr, haciendo uso de su segundo aire. Martín sabe que la lluvia puede echar a perder el cartón y que agua más viento más tos son una mala combinación, incluso para los que tienen dinero para ir con el doctor.

Cuando la lluvia arreció, al pasar por una calle algo lúgubre, Martín le dio un ataque de tos. Intercalado al ruido de la lluvia golpeando con fuerza, el greñas chillando y la tos de Martín, se escuchó a una dama gritar pidiendo ayuda. El lugar estaba vacío, ese grito parecía más bien un eco del viento. Aun así, Martín se encaminó a buscar el origen de ese grito.

En un automóvil, una pareja había aprovechado la penumbra para ahorrarse el motel. Al menos eso había pensado el caballero, la dama traía en mente finiquitar esa tormentosa relación. Cuando ambas intenciones chocaron, el joven, no tan joven, se enfureció y comenzó a violentar a la dama. Esos eran los gritos que Martín escuchó.

La chica había logrado bajarse del auto, pero su pareja la siguió y comenzó a acertarle puñetazos en todo el cuerpo. Ella se encontraba tirada boca arriba y él apretaba con una mano el cuello y con la otra trataba de desabotonarle el pantalón.  Un golpe seco en la mollera del agresor interrumpió la faena. Martín le asestó un golpe con un palo que traía para casos de emergencia.

El corazón de Martín palpitaba velozmente, la respiración era breve y acelerada. La desconocida se levantó y salió corriendo, jalando a Martín, quien la tos le estaba cobrando factura por su valentía. El tipo, lleno de furia logró salir del atontamiento por el garrotazo cuando Martín y la chica ya estaban cerca de salir de la calle.

Como podía Martín, corría empujando su carrito y a su fiel amigo todo empapado, la chica lloraba y no paraba de agradecer. La tos se volvió tan intensa que logró detener la huida.  Un as los iluminó por la espalda. El coche del agresor aceleraba cada vez más en dirección a la chica. A penas y casi por instinto, Martín contuvo por un momento su tos y empujó a la chica para que saliera del camino. El coche ni se detuvo. Martín voló por el aire y el greñas con el carrito fue a estamparse por el golpe contra una pared. Los gritos desesperantes de la chica se ahogaron cuando el tipo se bajó del coche y la subió a fuerzas, para después desaparecer por el boulevard. Dejando a Martín bajo la lluvia y con el cuerpo hecho trizas. El agua del charco se mezclaba con la sangre que emanaba del cráneo de Martín. En ese momento, mientras las gotas humedecían su rostro y le tumbaban la suciedad de la cara, Martín no sentía dolor, su tos se había ido y los años que padeció en el abandono, parecían un simple mal recuerdo. Los aullidos del greñas se fueron haciendo más inaudibles. Pero no era el can el que se iba callando, era el corazón de Martín que dejaba de latir y se despedía tal como vivió. En el anonimato y solo con su inseparable amigo como testigo de sus aventuras.

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