Sábado de cuentos: Todo fue hermoso y nada dolió

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Tener una conversación sobre Black Flag siempre me hacía recordar a Bibi. Nadie la recordaba como yo. Cuando la conocí apenas pude salir de un charco. Esa tarde había llovido demasiado fuerte. Me empapé hasta el cabello. El agua me arrebató una gorra de NOFX. La descubrí entrando en una tienda. Bibi usaba una playera de Sonic Youth pero según ella no le habían gustado tanto. Dije la descubrí porque llevaba meses buscando una bajista o alguien que tocara la guitarra. Era raro que lloviera así en la ciudad. La esperé a un lado de su auto pero no me di cuenta que ya había salido en reversa.

Sucede que si la persona me dice estar hablando de Black Flag pero en realidad la plática gira sobre la existencia de Henry Rollins, dejo de mover la boca y me voy sin perder el tiempo. Bibi se lo merece. No desperdiciaré más saliva en ella. Una vez alguien dijo que cualquier disco de los Descendents era mejor que My War de Black Flag. Lo golpeé varias veces mientras orinaba. Bibi me ayudó con mis problemas de enojo y ansiedad.

La vi alejarse en el auto por la calle. Traté de subir a la bicicleta pero por la caída se había tronado la cámara de una llanta. Seguía lloviendo pero la emoción de haber encontrado lo que buscaba me hizo correr hasta alcanzarla. En alguna esquina iba a parar. Me despedí de los restos de mi transporte.

Otro día, durante el after de nuestra primera tocada, un miserable que trató de sorprenderla le dijo que los Beatles habían propuesto las bases del punk moderno. Bibi vació su botella sobre la cabeza del pobre hablador. Aunque antes de eso me dijo que cerrara la puerta con seguro y aún antes de eso le había dado un golpe directo en la garganta y bueno, no sé si previo a eso o después le pisó los huevos con una de sus botas Dr. Martens. Bibi era demasiado eficiente tratando de evitar que alguien se enojara pero ella misma no podía mantener su propio enojo.

Cuando la alcancé en un alto, toqué su ventanilla. La música del estéreo sonaba recio. Ella dice que eran los Cramps pero yo recuerdo un riff de Fugazi aparecer durante el final de la persecución. Nunca estuvimos de acuerdo en ese detalle. Aunque la verdad, a Bibi nunca le hizo nada Fugazi pero me gustaba contradecirla cada vez que podía.

              —Tengo algo que decirte –le dije sin poder contener el aire.
Bibi debió asustarse por mi aparición por lo que aceleró aun cuando no miraba hacia los lados. Yo había puesto una mano sobre el vidrio y cuando el carro se puso en movimiento me sostuve de ahí. Recuerdo que mis tennis se deshicieron entre el pavimento y mis dedos sufrieron unas cuantas quemaduras.

              —Detente. Ya para –grité para persuadirla.
Bibi subió el volumen de la canción de los Cramps o Fugazi y cerró los ojos tratando de ignorar mis manos y aullidos. Pero no me solté y aguanté un par de metros hasta que pudo reconocerme. Frenó.

Cuando la banda comenzó le propuse un nombre muy diferente al que tuvimos. Después de unas semanas, antes de comenzar con los ensayos, caminé a su casa y le dije: Bibi Andersson. Ella no hablaba mucho y aquella noche decidió no cambiar. Bajo y Batería. Nunca hubo necesidad de agregar más cuerdas.

              —¿Quién eres? –preguntó Bibi.
Me arrastré sobre la calle curando el ardor de mis pies. Ella siguió desde su asiento. Luego, arrojó un vaso con hielos hacía mí. Cuando pude hablar con calma y estilo, pregunté:
—¿Te gusta Minor Threat?
Bibi llegó tarde a los primeros ensayos y cuando alguien le preguntaba por la banda ella siempre la negó. Era nuestro secreto. En poco tiempo, Bibi Andersson comenzó a saturar los shows. Fuimos una ligera e incomprendida sensación. Sólo bajo y batería.

Bibi me regresó hasta la desarmada bicicleta. Caminar era un placer doloroso. Al fin había cumplido uno de los pocos deseos que me pude inventar. Antes de irse Bibi reclamó.

             —Me gustan los volúmenes altos.
No pensé que fuera un problema. Las bocinas comenzaron a tronar. Los organizadores revolotearon enojados sobre nosotros, pero Bibi se mantenía con la calma intacta. No le importaba la opinión de nadie más. A veces ni siquiera la mía. Noviembre tuvo un maldito monstruo.

Antes de cumplir un año decidió abandonarme. A todos.
—Me convertí en una arrepentida. Entré a una secta, tal vez nos suicidemos en Navidad.
—Nunca he podido detenerte –repliqué.
—No quiero que me reemplaces en Bibi Andersson.
—Dios no existe –dije por último.
—Ni siquiera lo estoy buscando.

En nuestra última tocada, Bibi volvió a tronar los amplificadores. Se despidió sin decir adiós. Faltaba poco para el fin de año.

Un joven reportero tocó a mi puerta hace un mes. La primavera apenas mostraba color. Hablamos sobre Bibi Andersson. Los buenos tiempos. Hubo un recuento de bocinas tronadas. Luego, lanzó varias preguntas sobre Black Flag, pero era sólo un muchacho y yo necesitaba hablar un poco sobre Bibi.

Lo último que supe de ella fue una nota que dejó sobre una bicicleta que me había regalado.
Todo fue hermoso y nada dolió.
El joven no dejó de sonreír.

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