Humans of Torreón: Ríos

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“Yo soy tornero, yo hago tornas; es decir, soy técnico en máquinas. Te cuento que trabajaba en una empresa, por muchos años trabajé allí, hasta que cerró la empresa, por incosteable. Y ahí fui a dar al CONALEP, al Centro Mexicano Francés del CONALEP, ahí en Gómez Palacio, allá en Chapala.

Empecé desde abajo, donde quiera me había gustado empezar desde abajo para que vean que no va uno a amenazar el trabajo de nadie. Cuando llegué, me dijo el director: “Aquí nada más hay una vacante, es de intendencia”. Tienes que entender que, después de veinticinco años y considerar ser barrendero, me sentí medio raro. Pero dije no, yo sé lo que traigo. Y así, dicho y hecho, me puse a barrer. Me sentía el más infeliz de toda la vida.

Duré dos meses de intendente, y es cuando me habla el director que me contrató: “señor Ríos, le tengo una sorpresa”, dijo: “Ya va a dejar la escoba, ya se va a ir, de Jefe de Almacén”. Gracias a Dios.

A los cinco meses, suena otra vez mi teléfono, era otro director; no el que me había contratado. Y me dijo: “Señor Ríos, necesito que me dé su plaza…”. Todavía no lo puedo creer: me jugó un cuatro. “…Necesito que me dé su plaza, y le prometo un puesto de maestro”. ¡De maestro!, pensé yo, ¡pues a todo dar! Yo, Maestro de Técnico en Máquinas, pues está muy bien.

Nazario, todavía me acuerdo, Nazario Ortíz. Sí, así se llamaba, jijodesú. Ahí chupé faros, porque la realidad es que me había jugado un cuatrote.

Cuando Nazario me pone ése cuatro, Gerardo, yo fui y le dije “Qué pasó, Nazario, tú me dijiste que me dabas mi plaza de maestro”. “Qué”, me contestó él, “No, yo nunca. Tu palabra está contra la mía”; todavía me acuerdo, “Tu palabra está contra la mía”. En ese entonces no había sindicato, sino me lo hubiera fregado con el sindicato. Pero bueno, ni modo, pensé, y fue cuando fui con papá.

Mi padre fue bolero toda su vida, y así, con ese trabajo, sacó a sus doce hijos que tenía adelante y a todos nos fue a poner a estudiar. Fui con mi papá, y me dio un dinero para que me pusiera a armar unas tarimas, para poner mi propio lugar, pa bolear porque me había quedado sin trabajo.

Yo fui primero con el Sindicato de boleros, y les dije que si me iban a dar chance de acomodarme. “¿Todavía boleas?”, me dijeron, con el ego desbordándose; “Sí”, les contesté, todavía. Porque mi padre nos enseñó desde pequeños el aseado del calzado, y es algo que no se te olvida. No me creyeron, y por eso me dieron el permiso.

Hice las tarimas y acomodé el changarro, unas dos sillas y un letrero. No me creerás, pero pronto la bola de boleros se me vino encima, reclamándome en el acto. “Ustedes me dieron chanza”, “Sí, pero ya revocamos el permiso”, “Cómo, si todos ustedes levantaron las manos e hicimos una acta”. Nombre, se me enojaron. Pero ni modo, igual empecé a hacer clientela aquí afuera del Palacio Federal.

Hasta que un día, molestos, se vinieron en bola queriéndome quitar. Luego, llegó el Comandante Federal de Caminos: “¡Cómo que lo van a querer quitar! No señores, aquí es Federal, aquí no me lo pueden quitar. Ustedes mandarán en lo municipal, pero aquí, no mandan”. Y me quedé a jalar, más de quince años anduve boleando a los federales de caminos y a los de la PGR que estaban aquí. Hasta que modernizaron el Palacio, y un día vinieron y me dijeron: “Oye, sabes qué, vamos a renovar el Palacio Federal, ¿cómo le hacemos para que te quites?”. Yo pensé que iba a perder el lugar, pero no, nomás querían que moviera mis tiliches. Pero no podía porque yo nada más tenía unas tarimas, sin toldo.

Fue cuando fui con Riquelme, el que era antes presidente. Yo le boleaba los zapatos a él, a él y al gobernador, Moreira. Entonces el que era alcalde me dijo: “No, no te preocupes, te voy a mandar a hacer una bolería”. No lo creí, porque todos sabemos que los políticos hablan mucho, pero accionan poco. Y dije, bueno, igual trabajo así, ni modo. Pero fue el 22 de noviembre que llegó una grúa. Todos me gritaron “Ahí está, Ríos, ya llegó tu bolería”, y aplaudieron.

Incluso llegó la secretaria de Riquelme: “Aquí tiene su bolería, firme acá”.

Si tú me preguntas la historia de mi vida, Gerardo, no es esto. Toda la chamba que te conté, no. Son los hijos, mis hijos. Todo lo que hago lo sacrifico por mis hijos, como una vez lo hizo mi padre. Me casé a los dieciocho años, mi primer hijo lo tuve a los diecinueve, el segundo a los veinte y el tercero a los veintiuno: tengo tres.

Entonces, mírame, el sacrificio es por los hijos. Hay que sacrificar la vida por ellos.”

-Ríos, bolero.

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