Concierto de camión

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Mis pies estaban adheridos al asfalto de la esquina del Boulevard Revolución con la Calzada Colón, esperando al camión que por fin me llevaría a casa. La reciente ola de calor primaveral era recia e inquebrantable. La sucia esquina en la que estaba parado me deprimía y me hacía pensar que los peatones y los usuarios de transporte público somos como una mosca panteonera merodeando el pan de la mesa. El señor que tiene más de cinco años vendiendo la bolsa de cacahuate japonés a cinco pesos y el agua de a litro a diez se me acercó para ofrecerme sus productos. Mi hambre y mi ansiedad y mi hastío me obligaron a comprar una pequeña bolsa de la suculenta botana nipona. Por fin, a lo lejos, se vio venir mi autobús, en letras blancas, en su parabrisas, venía escrito mi destino: Ibero Santa Ana.

Abordé el colectivo mientras por mi espalda corría una laguna de sudor. Pagué los catorce pesos que son necesarios para llegar a mi hogar. El chofer, como de costumbre, fue rudo y se limitó a arrancar el enclenque pedazo de papel que hace las veces de boleto. Tomé asiento en la sexta hilera de lado izquierdo, pero debido a la estrechez de los lugares, me tuve que acomodar de manera horizontal para que mis piernas no perdieran circulación sanguínea.

Existe un fenómeno interesante en los autobuses rancheros, entre más atrás esté el pasajero, más turbulento es el viaje. A pesar de que yo iba acomodado a la mitad del vehículo, los baches, los bordos y los cráteres del pavimento retumbaron en mi trasero y en mi columna que cada vez está más chueca por los ajetreos de los vetustos camiones.

Existen rutas que para muchas personas resultan misteriosas y hasta fantasmales; Directo Chávez, Cántabro, La Coruña, Hormiguero, La Concha, La Conchita (que no es la misma, ni más pequeña), Cambio, Aeropuerto, Paso del Águila, El Cuije, etc.  La peculiaridad de estos camiones es que, al ser tan viejos, no cuentan con sistema de prepago y eso le facilita y le abre un campo laboral inmenso a payasos, vendedores, limosneros, predicadores y cantantes.

Así comenzó el tedioso y largo trayecto cuando, en una parada, un joven de delgadas formas, brazos espigados, piel morena y ojos saltados, subió por el estribo con su guitarra en mano y una armónica afianzada a su cuello. Para nadie es una novedad que cantantes suban a los camiones para sacar unas monedas. Todo parecía rutinario y alineado a lo común. El público en ese momento era escaso, no éramos más de diez pasajeros, por lo que el intérprete se pudo haber sentido desanimado y poco motivado.

Fueron tres las canciones que exprimieron mis entrañas. El género no me importó, la manera en que el joven tocaba la guitarra y la armónica conjugadas con el canto me dejó hecho añicos. Hay veces que el talento vive y levita en cualquier rincón.

Su repertorio comenzó con “Adiós mi amor”, una melosa y desastrosa canción que él, con su tacto musical, la supo hacer digerible y hasta disfrutable. El concierto siguió su paso mientras el autobús circulaba por la avenida Cuauhtémoc y comenzó a susurrar en mi oído la dulce melodía “Para no verte más”, que en su versión original es interpretada por “La mosca tse tse” y que el muchacho covereó cabalmente e incluso me puedo atrever a afirmar que la mejoró.

Después de la segunda melodía, supe que la presentación estaba a punto de terminar, los cantantes callejeros nunca interpretan más de dos canciones, se dan sus lujos, dicen. De todas maneras, y a pesar del escaso público, el joven cantor, para cerrar, regaló una emotiva canción que, también en su versión original, me causa repulsión y asco, se trataba de “Disculpe Usted”. Mis antecedentes rockeros y hasta esnobistas fueron derrumbados por el dulce tarareo que hacía escándalo en mi mente. La letra se me pegó como la lengua con el hielo y no me quedó más que seguir dándole vueltas a varias frases en mi cabeza. Recuerdo una en particular: “Le gusta mucho que le lleven serenata, que la despierten con un beso en las mañanas, que le regalen una hermosa rosa roja, ese detalle es el que más la vuelve loca”. No entendía cómo estas líneas tan comunes, tan machistas y tan arjonescas fueron capaces de alebrestar mis tibias emociones hasta que vi al joven cantante interpretarlas con pasión, con talento y hasta con pericia porque él cantaba, tocaba la guitarra y le soplaba con maestría a su dañada armónica.

Después de terminar el recital, al muchacho sólo le quedó ofrecer una disculpa por las molestias generadas y, como todos, invitó a los pocos pasajeros a que le diéramos una cooperación.  Él, en cambio, nos retribuyó con una bendición de Dios y con una experiencia que me hizo obviar el tedioso trajín del Ibero Santa Ana.

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