Hacia el llano vamos

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El polvo salpicó con brutalidad cuando la pelota cayó sobre el suelo. Dios, quien siempre se ha declarado amante del fútbol y que fue cómplice de Maradona al prestarle la mano para ponerle su nombre a una de las anotaciones más recordadas de la historia, le pidió al sol que brillara para alumbrar lo que iba a ser una final de altura. Una batalla de feroces y aguerridas escuadras que se iban a disputar la copa con el pretexto del aniversario de Jaboncilo, Durango, un ejido estéril, hueco de vida, de árboles y de sueños.

El terreno de juego estaba en lastimeras condiciones; la tierra era áspera, dura y tenía unas grietas que la hacían parecer un rompecabezas. La cal delimitaba las dimensiones rectangulares de la cancha y las redes de la portería estaban ulceradas, como anticipando que un buen disparo sería capaz de penetrarlas hasta dejarlas sin alma.

El árbitro, al que le nombraban “Chucky”, se plantó en el ombligo del campo portando unos pantaloncillos negros casi grisáceos y una playera amarilla color América. Se puso el pito en la boca y llamó a los capitanes para definir quién iba a dar la patada inicial.

Los rivales eran los equipos de Gregorio García, uniformados de azul y que se veían calentando con una disciplina casi militar, y la escuadra del Vergelito, vestidos de rojo pero que, al contarse, a penas completaban la media docena de futbolistas.

El entrenador, que más bien parecía un proxeneta ejidatariose reía con un cigarro en la boca y con una gélida caguama en la mano derecha. Él, según sus propias declaraciones, tenía la certeza de que el resto del equipo iba a llegar en cualquier momento.

De pronto, arriba de una troca roja que evidentemente ya alcanzaba los 18 años para poder votar, llegaron el resto de los jugadores, al menos, para iniciar el partido con 10 hombres. Con una rapidez deslumbrante los protagonistas se cambiaron, se pusieron sus remeras rojas, y saltaron al campo para lidiar contra el equipo de Gregorio García, que se veía entrenado, organizado y con amplias posibilidades de levantar la copa.

Así, el Chucky dio el silbatazo inicial y el cotejo se puso en marcha. Inmediatamente el equipo vestido de color pitufo ganó la posesión del balón. Éste, tan caprichoso como la mujer más bella del ejido, brincaba sin sentido por los profusos desniveles que tenía el campo de juego. A pesar del claro dominio y de las continuas llegadas a la portería del blandengue arquero del equipo del Vergelito, éste tomó la batuta en un contragolpe que puso al lateral a recorrer su banda como un corcel para, después de cruzar la mitad del campo, filtrar un balón con la precisión de un hilo entrando al orificio de un alfiler que finalmente recibió el delantero para marcar el primer gol de la tarde.

El entrenador, como no creyendo lo que había visto, festejó con su auxiliar que le detenía los envases de caguama vacíos y le dio un trago penetrante y sabroso a su bebida.

El técnico del equipo contrario, se veía desconcertado mientras se limpiaba el sudor de su amplísima frente. El partido se volvió ríspido, soso y descifrable. Los jugadores corrían como gacelas pero trataban a la pelota sin sentido. El Vergelito se defendía como podía porque seguía jugando con un hombre menos y el rival se veía desconcertado, como no sabiendo lo que estaba pasando.

Así, llegó el final del primer tiempo. Las escuadras se aglutinaron como en una colmena y comenzaron el proceso de rehidratación. Por una parte, los jugadores de Gregorio García tomaban agua y escuchaban atentos las indicaciones de su entrenador. Por la otra, los futbolistas del Vergelito se repartían las caguamas y recargaban de aire sus pulmones con unas cuantas fumadas a un cigarro. El régimen militar y la disciplina, por un lado, no eran suficientes para poder ir ganando el juego y, por el otro, el caos, el desorden y la desventaja numérica no eran pretexto para dejar de disfrutar el juego.

La segunda parte comenzó con el partido en la misma sintonía. El Vergelito defendiéndose y Gregorio García encima, insistente, corriendo, luchando y peleando cada centímetro de polvo de aquella raquítica cancha de fútbol.

Como a veinte minutos de finalizar el encuentro, el jugador once del Vergelito llegó al engramado, le llamaban “Cuco”, de facha ciertamente ñoña y con un cuerpo totalmente alejado al de un futbolista. Refugio, hizo honor a su nombre y fue la morada de todas las aspiraciones de su equipo. En cuanto entró a la cancha se veía que era un jugador diferente; corría con cadencia, acariciaba la pelota, la conducía pegada al pie, como si la tuviera totalmente domesticada. Filtraba balones, metía el cuerpo, daba órdenes, gritaba y dirigía al batallón como un gran comandante.

Con su presencia, los goles comenzaron a caer y, al paso de diez minutos, el marcador ya era lapidario; tres goles a cero.

El equipo grande y monstruoso, el de Gregorio García, ya no peleaba las pelotas, sus futbolistas agachaban la mirada, recorrían el campo con apatía y veían al cielo para que el tiempo corriera más rápido. De pronto, como por misericordia divina, cayó un penal a favor del cuadro gregoriogarciano y descontaron el marcador para ponerle honor a la pizarra.

El resultado final fue de tres goles por uno. El Vergelito sorprendió a los analistas del fútbol ejidal que aseguraban que no tenían nada qué hacer contra el monolítico equipo azul. De hecho, la sede del encuentro, que fue la mítica y cascabeleada cancha de Jaboncillo, Durango, era hogar del equipo que llevaba el mismo nombre y favorito en las apuestas, pero fue eliminado una fase atrás por el mismo Vergelito.

Todo terminó cuando el equipo campeón se reunió en su banca imaginaria para continuar bebiendo cerveza, una cerveza fría y espiritualmente honesta. Sin duda, ésta fue la poción o la chispa que los hizo aguantar y que propició que la copa ganada tuviera en su destino las vitrinas del equipo que triunfó por respetar el caos y la transparencia y la naturaleza del juego más llano y complejo del mundo.

 

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