La danza del cumpleaños

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La danza del cumpleaños

El olor a yerbas profanó y sedujo todos mis sentidos. El sonido estridente de los tambores abrió las nubes necias y testarudas que deseaban arruinar lo que en teoría era una réplica de una danza indígena.

Y es que en realidad estamos en la otrora Tenochtitlán, la ciudad de los dioses y los ríos y los templos. En este momento no existen torres ni puentes ni autos ni nada que se acerque al procaz urbanismo que se ha ensañado con lo que somos; con nuestras raíces y nuestra historia.

Me siento adherido a las flores, a los pantanos, a los cascabeles, a las pieles desnudas, morenas y tostadas por tanto trabajo. Siento que Huitzilopochtli atendió al llamado y abrió al sol imponente y poderoso. Siento que las barbas largas y canosas del líder danzante asoman sabiduría, magia e intriga. Me siento limpio y ruego en lengua indígena que nuestras raíces no se difuminen en el aire y desaparezcan por siempre.

Mientras tanto, las percusiones siguen marchando hacia un lugar desconocido. Los pies descalzos de los nativos indican que el dolor no existe, que el piso no quema y que lo único ardiente que sintieron en ese momento fue su alma impoluta y navegante.

Qué delicia y qué hermosura olvidar los estereotipos de la belleza construida por apreciar las lindas piernas morenas de mujeres danzantes que entregan con arrojo toda su voluntad y sus ganas y su cuerpo y su tiempo al festejo, a sus creencias y a sus tradiciones.

Remontarse, aunque sea por un solo instante a un tiempo desconocido, que está reconstruido a través de libros y ruinas y estudios arqueológicos pero que nadie de nuestra era tuvo la certeza de conocerlo es deslumbrante.  Es tan penetrante y sincero el ritual, que olvidé por completo que estamos en pleno siglo XXI, alrededor de monumentales edificaciones como la catedral y el Palacio Nacional y la plancha del Zócalo. Olvidé todo, creo que el río Churubusco no está encerrado en unos tubos y creo que la seductora tierra mojada está untada en mis pies.

México no es violencia, ni corrupción, ni urbanismo, ni el verde, blanco y rojo. México es vitalidad, es danza, es baile y es alegría. Es un ritual que inspira y renueva la voluntad por vivir. México respira y aquellos que se han encargado de lacerarlo, violarlo y ultrajarlo, son sólo un remedo, un vómito mierdero que ni las cucarachas tragarían. Son sólo un grano negro dentro de un arroz blanco y esponjoso que, al consumirlo, sabe a libertad.

Los tambores siguen sonando, los penachos se acercan cada vez más al cielo y gente se aglomera alrededor para inhalar toda la energía de estas personas amantes de sus raíces, de lo que son y de lo que serán.

La tumultuosa y atormentada Ciudad de México, otrora Distrito Federal y antes la gran Tenochtitlán, cumple seiscientos noventa y un años de haber sido fundada. El gran presagio de sus antiguos pobladores era que este pedazo de tierra incrustado en el centro del país, sería la ciudad más grande del mundo. Hoy somos poco más de veinticinco millones de habitantes, casi la cuarta parte de la población total del territorio, y al parecer la profecía se está cumpliendo, y es deber de cualquiera que se jacte de pertenecer a esta tierra, que honre a sus raíces, a sus antepasados, a todos aquellos que construyeron un imperio monumental que, con engaños y violencia y epidemias fue exterminado por los españoles sedientos de nuestros amplios valles, caudalosos ríos, profundos lagos y monolíticos volcanes.

Enhorabuena por la hermosa Ciudad de México y enhorabuena por todos aquellos sujetos que se marcan en la piel y en los intestinos y en cada rincón de su cuerpo el orgullo de ser mexicanos.

 

 

 

 

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