El lugar donde comprar frutas y verduras es una aventura

0
162

En punto de las 10:30 tenía una reunión impostergable, llegar tarde no era una opción y los temas que allí se iban a abordar eran de suma importancia para mi porvenir profesional. Todo estaba en orden y calculado para que ningún retraso impidiera mi puntual llegada. De pronto, y como por orden del destino, las personas con las que me encontraba desayunando me invitaron muy amablemente a un mercado suigeneris, instalado en una plaza pública, en donde las personas toman la actitud de fieros e indomables corredores de bolsa pero, en este caso, en lugar de dinero, la disputa era por frutas y verduras.

Llegamos al Boulevard de la Dalia esquina con calle Laurel en la vetusta colonia “La Dalia”, allí, justo en la pequeña plazuela que posa al centro de la calle Laurel, precisamente en punto de las 10:30, se instaló una herradura  de frutas, legumbres, verduras y todo tipo de producto que, según dicen, es saludable para todos.

Las personas que allí estaban presentes, en su mayoría mujeres, yacían atentas, con los ojos clavados en las cajas de verduras, con la expectativa de una leona acechando a una hiena. De pronto, una señorita morena de pelos dorados, como árbitro de fútbol llanero, puso orden en el lugar, le imperó a todos a que esperaran la señal y, como si en realidad se hubiese puesto el silbato en la boca, dio permiso para que comenzara la vendimia.

La herradura, en sus tres componentes, está compuesta por producto que oscila entre los 10 y 15 pesos el kilo. El resto, tiene un precio diferente. Las señoras, sin excepción, se abalanzaron a todo lo que podían agarrar, una sobre otra echaban a su bolsa tomates, piñas, cebollas, limones, calabazas, guayabas, naranjas, uvas, lechugas, entre otros productos. Las cajas poco a poco se fueron vaciando con la misma rapidez que el cartucho de un sicario en horas de trabajo. Al cabo de una hora, las cajas de cartón lucían vacías, lo único que quedaban eran tomates arrugados y aplastados como la autoestima de un cleptómano, plátanos ennegrecidos y unas cuantas verduras que no merecían ser objeto de deseo de ningún cliente.

Después de la feroz batalla por escoger las frutas y verduras, venía pagar la cuenta. Allí, en esa etapa, ocurrió algo muy peculiar. La larga y densa fila era rápidamente atendida por la misma señorita que dio el pitazo inicial. Ella, con la misma lucidez para la artimética de Stephen Hawking, una a una iba despachando las cuentas de las señoras. De pronto, por cuestión humana, usaba la calculadora, pero prácticamente todo lo que por sus manos pasaba, era calculado con su ágil mente y era pesado con una báscula que, sin temor a equivocarme, podría ser expuesta en un museo de antropología e historia.

De pronto uno no entiende dónde está el negocio en productos que te venden muy por debajo de su precio. En Abastos, en Soriana, en HEB y en cualquier mercado y súper mecado, por lo que las señoras compraban en la Dalia, hubieran pagado el doble o hasta el triple del precio.

Clientas aseguraron que la camioneta de redilas que llega con las cajas de verdura le compra el producto a los camiones que proveen al Mercado de Abastos, es decir, en este pequeño oasis de verduras el precio es el mismo que el del abastero.

La abrupta lucha por conseguir la fruta y la verdura más fresca en este lugar es impresionante, es el fiel reflejo de la batalla que ha emprendido la sociedad por sobrevivir en un sistema que hace más ricos a los ricos y más pobres a los pobres. Todo lo que ahí documenté se puede resumir como una fiera lucha por conseguir lo mejor con menos.

Todos los miércoles, en punto de las 10:30, en la calle Laurel de la Colonia La Dalia, llega la misma destartalada camioneta de redilas atiborrada de frutas y verduras a precios raquíticos que, para suerte de los colonos de aquella zona, se refleja en “una bendición y un alivio”, como me lo confesó una señora que esperaba conmigo en la fila.

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here