Santa Fe, entre la riqueza y el olvido

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¿Cómo hacer para llegar a Santa Fe? Esa era la pregunta que le hacía a mi colega. Él y yo, nos dispusimos a recorrer aquella zona de la ciudad, llena de contrastes vulgares y hasta peyorativos, que exponen la corriente situación en la que vive la capital del país.

Fue así que abordamos el camión para que nos llevara a Barranca del muerto, estación de metro más cercana para iniciar nuestra travesía. Hasta ese punto el trajín había sido tranquilo, no había mucha saturación de gente y el transitar fue fluido. A partir de ese momento, todo se transformó, la tranquilidad que vivíamos sufrió una metamorfosis kafkiana y, al llegar a Tacubaya, uno de los barrios más antiguos y bravos de la ciudad, la realidad nos azotó de manera sádica y brutal.

Tacubaya es un barrio tapizado de calles traqueteadas, camiones a borbotones, suciedad y una cantidad sobresaliente de puestos que ofrecen desde comida hasta pornografía pirata. Al caminar por ahí se siente un asomo de peligro, como si en cualquier momento alguien tuviese la
osadía de hurtarnos las pocas monedas de nuestros bolsillos. La realidad es que fuimos unos cobardes, no sucedió gran cosa, sólo experimentamos cierto desagrado al percibir el aroma floral de los orines regados por todas las banquetas, como si éstos nutrieran el asfalto de vida y humanidad.

Por fin y después de una larga y extenuante búsqueda, encontramos el camión que nos llevaría a nuestro destino, por la módica cantidad de cinco pesos nos cargaría kilómetros arriba hacia Santa Fe, la tierra de los polos y la desigualdad.

El transitar del autobús fue deslumbrante, mientras subíamos cada vez más el paisaje se iba ensombreciendo, las calles estaban adornadas por indigentes y personas humildes. La asquerosa suciedad indicaba que la desatención y el poco civismo pregonaban su poder en aquel lugar. Entre algunas calles encontrábamos resquicios que atisbaban unas barrancas profundas y colosales que enfocaban miles de casas en situaciones precarias, empotradas sobre cerros y colinas. Lo que no podía asimilar es que nos encontrábamos en Santa Fe, en el verdadero y antiguo barrio que, metros después, se transformaría en una de las zonas más ricas y prominentes del país.

Descendimos del camión asombrados por tanta pobreza que había desfilado ante nuestros ojos. Al bajar del estribo nuestras miradas veían al piso y, de pronto, como un latigazo de hombría y orgullo, levantamos la vista y no podíamos creer lo que estaba
ante nosotros; edificios modernos, torres, centros comerciales, autos de lujo, calles limpias, áreas verdes, gente bien vestida, asfalto liso como una mesa de billar. Todo perfecto, parecía que estábamos en otro país, en un lugar próspero y de primer mundo. A mi cerebro llegó una percepción vulgar e indignante. Para mí era inverosímil creer que dos comunidades pegadas como siamesas fueran tan dispares, tan injustas, tan brutalmente desconocidas a pesar de su proximidad, nos encontrábamos en Santa Fe, centro financiero y comercial de la capital y una de las zonas más ricas del país.

No es que hayamos descubierto el hilo negro, es por todos sabido que la Ciudad de México se caracteriza por su bipolaridad y una desigualdad social temible. En esta crónica buscamos retratar la visión de dos personas que radicamos mucho tiempo en el norte y resulta prioritario dibujar el panorama grotesco y escandaloso de dos zonas que, a pesar de compartir nombre y territorio, resaltan por sus contradictorias diferencias.

Caminábamos por una de las arterias principales de Santa Fe y encontramos un acceso precario en el que lucía un letrero manifestándose contra la delincuencia, advirtiendo que cualquier sujeto que osara de tomar lo que es ajeno, sería linchado por la comunidad. Nos topamos con unas escaleras que, sin temor a equivocarme, pudieron haber sido el objeto de la metáfora de Stairway to heaven, al subirlas parecían que nuestras piernas y pulmones claudicarían en cualquier momento, visualizando así, de manera irónica, el cielo de aquellos que tuvieron todo en sus vidas a excepción de la santidad.

Al llegar a la cúspide, exhaustos y con la energía a punto de la expiración, fuimos sacudidos por una imagen que nos dejó perplejos. Por un lado, las enormes y ostentosas edificaciones que harían honor al antiguo y estrafalario templo del rey Salomón y, por otro, en la misma fotografía, chozas, suciedad, pobreza y miseria. La imagen era tan surrealista que ni a Dalí se le hubiese ocurrido. Notar el atraso y el adelanto social al mismo tiempo es impactante, descifrar las razones por las que una zona evolucionada colinde con una precaria nos llevó a la conclusión de que todo es una mentira, que la zona comercial de Santa Fe es un engaño que disfraza la realidad de una comunidad sumida en la monserga y en el abandono.

De regreso, hambrientos y cansados, decidimos comer en un puesto de tacos dentro de la zona antigua de Santa Fe, cabe mencionar que ambos, mi colega y yo, somos fieles partidarios de la comida banquetera, pero en esta ocasión, los tacos fueron tan desagradables que hoy, 30 horas después de la travesía, aún los estoy repitiendo.

El viaje concluyó al abordar el autobús de regreso hacia Tacubaya, el camión iba tan lleno que no era necesario sostenerse de algún tubo, las caderas de los pasajeros detenían cualquier peligro de salir disparado hacia alguno de sus rincones. El tráfico era deprimente, era tal el congestionamiento que un corredor que iba a la par de nosotros llegó primero a Tacubaya. Sin lugar a dudas esto fue un claro mensaje de que la movilidad en esta ciudad es cada vez peor.

Al fin llegamos a nuestra guarida, las letras que aquí escribo son sólo una pequeña muestra de la desigualdad que vivimos día con día, que las oportunidades de crecimiento y desarrollo son directamente proporcionales a la situación social en la que se nazca. Que la bipolaridad entre distintas zonas de la ciudad afirma que el crecimiento se da a cuenta gotas y en contados lugares y que, sin duda, la vulgaridad de Santa fe no está situada en la zona popular, sino en los edificios y centros comerciales y corporativos que disfrazan una realidad por demás hipócrita y aparcada en el olvido.

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