You really got me, el oasis en medio del bullicio

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Para cualquier ciudadano sería un privilegio disfrutar de la Calle Madero sin tener que esquivar y evadir a todas las personas que usan ese tramo para cruzar del Zócalo capitalino hacia el Palacio de Bellas Artes.

El griterío de comerciantes ofreciendo anteojos era desquiciante. Jóvenes modernos invitando a los caminantes para que se hicieran un tatuaje o una perforación o las dos o cualquier cosa que se marcara en el cuerpo. Sujetos disfrazados de algún superhéroe para tomarse fotos y cobrar por ello. Artistas callejeros haciendo trucos de magia que también motivan a las monedas para brincar hacia el sombrero que hace de hospicio para miles de conejos. Joyerías comprando y vendiendo metales que embrutecen el alma y que generan hambre y pobreza y vanidad y belicismo. Todo, absolutamente todo sucede en Madero a excepción de lo primordial, poder vivir una caminata tranquila, rodeada de edificios históricos y comercios no invasivos, de calles limpias, de guías turísticos, de panoramas claros y abiertos que no sean corrompidos por miles de cabezas flotantes que arruinan la lente del mejor fotógrafo.

Así, envuelto en una orgía de gritos y sudor, decidí dar una vuelta en un callejón que, por su olor, me envolvió y me sedujo. Seguí recorriendo aquel lugar y en él vendían libros, muchos libros; ejemplares nuevos, otros usados y otros que presumían con obviedad su procedencia pirata.

Después de pasar un buen tiempo tratando de buscar un ejemplar que me ha vuelto loco y que, por cierto, no conseguí, decidí seguir mi camino y cruzar aquella vendimia
a través de esa calle angosta y pintoresca. El bullicio, el ruido, el escándalo y la estridencia que produce la sobrepoblación, fueron pisoteados, reprimidos y enmudecidos por un guitarreo intenso y penetrante, era una canción de Deep Purple y después una de Led Zepellin y después una de ZZ Top y una sonrisa colosal se dibujó en mi rostro. Me acerqué lo más que pude al lugar en donde se ejecutaban latigazos ingobernables y esplendorosos del mejor rock.

Un señor calvo y delgado, maduro y con un cierto aire esquelético tocaba con maestría la batería. Otro sujeto moreno y gordo, usaba boina y lentes, parecía un afroamericano proveniente de Nueva Orleans, pero la realidad es que era un talentoso bajista y vocalista originario de la siempre heroica Iztapalapa. Otro tipo canoso y bigotón, de estatura diminuta y dueño de un albur fino y temeroso, él tocaba la guitarra con maestría, como si ésta fuese su primogénito al dar su primer llanto. El último era el saxofonista, quien también fungía como el cobrador y el que pedía la coperacha. Todos, en conjunto, llevaban por nombre Blues y fuerza del centro y su energía y su talento y su magia y su camaradería y sus cervezas escondidas y abierta y extraordinaria actitud hacia el público hizo que nos arremolinaramos como cucarachas en busca de un pedazo de pan.

You really got me de los Kinks comenzó a sonar, todos veíamos y escuchábamos con agrado y sorpresa a este cuarteto de amigos y viejos cantantes callejeros que desviaron la atención de aquel bullicio que me tenía hundido en la desesperación.

La caótica Ciudad de México suele apendejar y trastocar las fibras de cualquier persona que osa de presumir su cordura. Es tanta la gente y tanta la contaminación y tanto el ruido y tanta competencia que a veces simplemente se prefiere evitar la calle para poder recostarse y tratar, al menos por un momento, de olvidar el hormiguero en el que vivimos.

La música fue el conducto que me indicó que en esta mágica ciudad, en cualquier esquina y en todo momento, te puedes encontrar algo o alguien que penetre tus entrañas y te haga sentir vivo en el abismo citadino.

Yo les diría a aquellos sujetos que mejoraron mi día, que realmente ya me tienen, como dice esa canción que les mencioné unos párrafos antes. Ellos hicieron todo para que terminara por más de dos horas escuchándolos, sólo fue la inclemente lluvia quien se encargó de corrernos y apartarnos hacia otras latitudes oscuras y sombrías, pero el rock que sentí ése día y que sentimos muchas personas que estuvimos allí, fue el mejor momento para imaginar un oasis en medio del bullicio.

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