Al cabo aquí no llueve

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La Ciudad de México se caracteriza por sus lluvias torrenciales, lluvias que sacuden a una sociedad hundida en el caos y el aglutinamiento. De pronto las trombas son tan intensas, que el drenaje se colapsa y las calles se convierten en ríos y luego esos ríos, al paso de los días, se transforman en lagos de agua puerca y maloliente.

En Torreón, Coahuila, el fenómeno es extraño y desesperante. En esta región se tienen trescientos días de sol, un sol quemante, que apabulla, marea y te invita al suicidio, pero existen días, pocos, quizás, que las nubes imperan en un cielo que casi siempre presume un azul intenso y brillan

El alcalde priista, Miguel Ángel Riquelme Solís, se caracteriza por ser un mandatario de ocurrencias. La planeación no existe, y todo lo que se hacen son obras que se vean, que luzcan, que engañen y fortalezcan una imagen superficial y poco inteligente del futuro candidato a la gubernatura del estado.  La Ciudad lleva décadas pidiendo a gritos un drenaje pluvial, algo tan simple como contar con un sistema que permita desaguar las calles para evitar las inundaciones que cada vez son más frecuentes en la también llamada tierra de los grandes esfuerzos.

Desde el domingo pasado, las lluvias no han cesado en la región, si bien su intensidad no ha sido estrambótica, sí han mermado el funcionamiento vial, peatonal y social en la ciudad.

Decidí salir a recorrer en bicicleta los estragos que había dejado la lluvia por las dañadas y pisoteadas calles de la región. Al salir de mi colonia, tuve que rodear e irme hacia otra dirección porque la entrada principal se encontraba anegada más allá del borde de la banqueta. Mis piernas mentaron madres porque han perdido fuerza debido al procaz sedentarismo que me ha acompañado durante toda mi vida. Continué el recorrido, los profundos charcos obligan al peatón y al ciclista a caminar sobre el asfalto o en medio de la maleza. Los automovilistas presumen su poca educación y pasan con mucha velocidad sobre los charcos y empapan a cualquiera que por allí esté caminando. La ruta en bicicleta fue desde la salida a San Pedro, hasta el centro de la ciudad, y lo único que noté fue una infraestructura urbana precaria, charcos e inundaciones por todas partes, baches inmensos que podrían ser un gran conducto para llegar al otro lado del mundo, obras inconclusas, mugre y suciedad por todo el camino.

En esta mediana ciudad del norte de México, se están presumiendo obras como un corredor peatonal sobre la Calle Morelos, un teleférico que va a desembocar en esa misma calle, parque deportivos inmensos en colonias de escasos recursos pero, ¿Y el drenaje? Algo tan básico, tan indispensable para una ciudad como un drenaje pluvial, no se tiene, no se tiene porque aquí siempre se dice “Al cabo que no llueve” y cuando las nubes lloran su existencia, sólo se perciben familias sacando agua de su casa con tinas, autos descompuestos a mitad de camino, calles dañadas y hundidas y una ciudad, que con toda su superficialidad, y toda su banalidad, presume una infraestructura carente de la más mínima señal de progreso.

Si en la Ciudad de México se quejan por las inundaciones debido a las tremendas lluvias, échenle un vistazo al resto del país, porque si el atraso en la capital es notorio, en provincia es desolador.

 

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