El mexicano en la búsqueda de la felicidad

0
448

Sexo, tótem de quinientos senos y un sin número de úteros, o más bien de gónadas y de tentaciones al católico de escapulario colorado. En la Ciudad de México existe un pensamiento que ha trascendido desde la remota esencia del hipstersismo y el complejo de Peter Pan: el rechazo al sueño americano. Y con ello quiero decir el sobreponerse a la tendencia ancestral de vivir para reproducirse y morir para tus críos, o sea, considerar el instituto de la familia como la fausta base de las necesidades de Maslow o como el impulso motivacional por excelencia de Hull. Unas vidas atrás, la mercadotecnia resumía su estrategia de venta según la premisa de Kotler sobre alegar a los deseos del consumidor en camino hacia el matrimonio; actualmente, esos deseos derivan de la exacerbada novedad de “vivir la vida” antes de comprometerte a las cadenas de responder a la voz tierna que te dice papá, mamá, esposo o esposa.

Con ese estrenado lema de plata, los jóvenes y ya no tan jóvenes de la Ciudad de México dudan de qué camino tomar para llegar a la felicidad. Un buen número de ellos se ha reservado para prosperar en la soltería y dejar por ahí o por allá incontables hijitos e hijitas que son asesinadas por el látex y por los parches anticonceptivos. Esa, me parece, la nueva búsqueda recién concebida de plenitud. Si están de acuerdo, entonces el mexicano de la capital no está esperando a una señorita con zapatillas de cristal que se llame bonito como Cenicienta, más bien, el mexicano ahora vive a la expectativa de esperar el viernes para toparse con las hermanas fáciles de la princesa; y las mexicanas, ya no andan yéndose a la medianoche por miedo a que se les vaya a perder el encanto, ahora la idea es que a esa hora la magia apenas llega en Uber y es cuando por fin empieza una a ver troles atractivos y Capitanes Garfios con manos de pétalo.

¿Qué dice la vieja costumbre que se topa con el moderno libertinaje? Pues nada, que buenos días y buenas noches, yo no me meto contigo ni tú te metes conmigo, aunque a veces uno de los guerrilleros libertinos vaya y se meta con la mujer de costumbres flexibles, o un hombre esposado se vaya a perder a un motel con aquella que eligió la vida sin críos.

El mexicano en búsqueda de felicidad es el Godínez que observa con atención a la chica bonita que va en el lado rosa del metrobús, ansioso porque ella no le ha dado la fortuna de voltear a verlo. El infierno es el fracaso de un sábado sin faje, a lo menos, y el paraíso es despertar en polanco y ver a los ojos confundidos de una sirena en la mañana. Mi pregunta es si ésta felicidad llega o no a ser permanente, o se mantiene en el vaivén indócil de la soltería acumulada.

Otra pregunta es si en un punto el mexicano “quedado” puede considerarse complacido por los días de fiesta, o más bien, maldecido por no tener con quién llegar al hogar. O ninguna de las dos, sólo un hombre más, o una mujer más, sobreviviendo en el mar de decisiones saladas que tomamos todos.

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here