Irnos a la frontera es un engaño: migrante de la primera caravana

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“Ahora mi pregunta es: si nos vamos a ir por tantos lugares tan peligrosos, ¿quién es quien va a responder por tanta vida humana? Llevan niños, van mujeres, van personas adultas, en mi caso yo llevo a \mi esposa.

“Si a mí me llegara a pasar algo, ¿el gobierno mexicano se va a hacer responsable de esa vida? ¿O quién es el que va ahora sí que a dar la cara? ¿Peña Nieto? Peña Nieto ya va de salida. Andrés Manuel todavía no entra. ¿Se van a echar la bolita uno a otro, uno porque va de salida y el otro porque va a entrar?

“Se me hace inconsciencia de nuestra parte avanzar así, pero también se me hace inconsciencia del gobierno que nos deje avanzar así, sin ninguna protección. Nos están echando como ovejas a los lobos.” Declara Alejandro, integrante de la Primera Caravana migrante salida de Honduras el 12 de octubre de 2018, mientras se prepara para salir con su esposa de la Ciudad de México, hacia lo desconocido.

Las caravanas migrantes: la nueva faceta de la crisis migratoria

Viernes 12 de octubre de 2018. El día que se conmemora la llegada de Cristóbal Colón al Nuevo Mundo (para el Viejo), que en México es conocido como “el día de la raza”. Ese viernes estaba determinado a no ser como anteriores 12 de octubre.

Aquel viernes, según la British Broadcast Corporation (BBC), alrededor de 2,000 personas entre adultos, adolescentes y niños salieron en caravana de San Pedro Sula, Honduras, en un esfuerzo sin precedentes por alcanzar los Estados Unidos.

El presidente de dicha potencia, Donald Trump, quien basó su campaña presidencial en el mensaje anti-inmigrante y proteccionista, como puede esperarse, reaccionó desde el primer momento, de la única manera que sabe hacerlo: por Twitter.

A través de dicha red social dedicó los días siguientes a hacer declaraciones y directos ataques contra la bautizada Caravana Migrante, que no hizo más que ganar miembros conforme pasaba por El Salvador y Guatemala.

Incluso llegó a reprocharle a estos países, como publicó El Financiero el 22 de octubre, que no impidieran “las personas salgan de su país y lleguen ilegalmente a Estados Unidos. Ahora comenzaremos a reducir, o reducir sustancialmente, la masiva ayuda extranjera que se les da habitualmente”.

En la misma nota, Donald Trump tiró su pedrada a México también – la siguiente parada del viaje – al decir que “Lamentablemente, parece que la policía y los militares de México no pueden detener a la Caravana que se dirige a la frontera sur de los Estados Unidos. Los delincuentes y los desconocidos de Oriente Medio están mezclados. He alertado a la Patrulla Fronteriza y al Ejército de que es una Emergencia Nacional. Deben cambiar las leyes!”

No es para menos esta reacción del presidente estadounidense, pues aparte de su retórica xenófoba, según cifras oficiales, México ha detenido a 495,590 personas sin documentos entre 2015 y 2018, la mayoría de ellas en la frontera sur.

A su vez, según El Universal, las deportaciones de centroamericanos desde México aumentaron de 72 mil 692 en 2013 a 114 mil nueve en 2014, por lo que de enero a septiembre de 2015 se sobrepasó el total del año anterior, y Sor Valdete Wilemann, brasileña directora del Centro de Atención al Migrante Retornado de Honduras, dijo que efectivamente es México el mayor deportador de migrantes, no Estados Unidos.

Lo que llevó a que el 19 de octubre, en Ciudad Hidalgo, Chiapas, en el puente que cruza el Río Suchiate y une las fronteras de México y Guatemala, la Policía Federal hiciera uso de la fuerza e instalara vallas metálicas para replegar a los migrantes, pues todos los planes para captar a los caminantes colapsaron casi de inmediato.

De poco fue el esfuerzo, pues la Caravana logró entrar al territorio mexicano a la una de la tarde de ese día.

La Gendarmería y el Instituto Nacional de Migración (INM) trataron de frenar y captar nuevamente a la Caravana en los límites de Oaxaca, lo que ocasionó que la misma llegara a Tapanatepec, Oaxaca, a las 11:30 de la mañana del 26 de octubre. Su siguiente objetivo: Ciudad de México.

Centroamérica, rica en recursos naturales y ubicación del Canal de Panamá, vital para el comercio de la zona, ha sido un punto estratégico importante para distintas potencias, la principal de ellas, Estados Unidos.

Asimismo, ha sido el escenario de distintas dictaduras y guerras civiles (propiciadas también por la potencia norteamericana), como fue la dictadura de los Somoza en Nicaragua, el derrocamiento del presidente Jacobo Arbenz en Guatemala en 1954 – evento que presenció un joven Ernesto Guevara, el Che – y, más recientemente, el derrocamiento de Manuel Zelaya de la presidencia de Honduras en 2009 – el origen de la Caravana –, derrocamiento del que el país aún no se recupera.

En este contexto y con este trasfondo tan antiguo detrás, la primera Caravana Migrante llegó al estadio Jesús Martínez Palillo, ubicado en Ciudad Deportiva Magdalena Mixhuca, en los límites de las delegaciones Iztacalco y Venustiano Carranza, al oriente de la Ciudad de México, entre el sábado 3 y domingo 4 de noviembre. Llegaron como pudieron: a pie, en metro, e incluso por “aventón”.

La Caravana sufrió fracciones en su camino entre su vanguardia y sus sectores más necesitados de transporte. Destacó que, durante su paso por Veracruz, el gobernador por el PAN Miguel Ángel Yunes, prometió a los caminantes proporcionar 150 autobuses para aliviar su andar, como se publicó el 2 de noviembre en La Jornada. El gobernador incumplió su promesa.

Así, el estadio Palillo recibió a los extenuados viajeros. El gobierno de la Ciudad de México, presidido por el Jefe de Gobierno interino, José Ramón Amieva Gálvez – quien sustituyó al perredista Miguel Ángel Mancera, que se convirtió en senador por Chiapas –, ofreció a los migrantes algunos días de descanso, aparte de otras cosas como entretenimiento (danza y música) y pase gratis en el metro para que conocieran la capital, si así lo deseaban.

Pero los migrantes quisieron seguir su camino, apresurados por llegar al Norte y “ya no molestar más” a las autoridades y la gente de la capital. Así, la madrugada del 10 de noviembre, los últimos migrantes dejaron Magdalena Mixhuca. De frente a Tijuana, Baja California.

Diálogo en soledad: una pareja que no se fue del estadio Palillo

Eran las 2 de la tarde de aquel sábado 10 de noviembre, en el estadio Jesús Martínez Palillo.

La labor de imaginar cómo debió de estar el lugar meras horas antes se vuelve difícil, pues la calma de ese sábado era la de un sepulcro después una tragedia. Las carpas puestas para los migrantes vacías, las zonas del comedor y la brigada médica abandonadas.

De las paredes de lona de algunas de las carpas, ya casi cayéndose por sus cintas adhesivas viejas, estaban carteles que explican los derechos que tienen los migrantes en la capital de, en el peor de los casos, el tercer país que cruzaban con miras al famoso, pero ya para este punto difuso, traicionado, american dream.

Sobre los gigantescos tapetes puestos para proteger el pasto de la miríada de pies que debía sostener el tiempo que se requiriera, griseados ya por tantos días bajo el sol, sólo pasaban elementos de limpieza del gobierno capitalino, quienes realizaban las últimas labores para preparar el estadio para la llegada de la Segunda Carava Migrante, próxima entonces al corazón de México.

Pero entre la tranquilidad y el abandono, cerca de la zona de baños portátiles, enfrente de las gradas de concreto, se mantenía en pie un rudimentario jacal, no de adobe y paja, si no de tablas de madera y cobijas como techo.

Del interior entraban y salían un hombre y una mujer, quienes ordenaban sus cosas para emprender pronto el viaje. Eran de los pocos migrantes que seguían en las inmediaciones del estadio, que se quedaron atrás en el camino de la Caravana al Norte.

El hombre se acercó amigable al trío de estudiantes de periodismo que fueron esa tarde a ver qué historia podían encontrar para una asignatura de la escuela. “Y hubieran visto cuando esto estaba lleno; nombre, era la locura” fue su exordio. Después, se presentó como Alejandro. Con gusto aceptó a la misión de contar un fragmento de su historia al trío de periodistas, y a los que escucharan después y por ellos.

Su figura era esbelta, pero fuerte. Vestía una playera sin mangas gris con detalles blanquecinos, unos pantalones de mezclilla y unas chanclas con calcetines rojos con azul y la zona de los dedos negra. Un cabello corto ligeramente chino cubría una cabeza de piel bronceada, acentuada seguramente por los días de camino. En el lado izquierdo de su labio superior se alcanzaba a ver la línea de una cicatriz.

Alejandro declaró sus opiniones sobre la decisión de la Caravana de seguir al Norte, que tilda de inconsciencia, igual a la del gobierno “que los deja ir así.”

Su acento extrañó al trío de periodistas. Debido a su pasado como colonias del antiguo Imperio Español, el idioma de Castilla es el dominante en la región latinoamericana. La permanencia de un idioma en tan vasta extensión de territorio y gente sólo hace más natural la presencia de los acentos, que tan sólo en México son en extremo variados.
Sin embargo, el acento de Alejandro resultó bastante familiar. Uno de los periodistas, Abraham García Cuevas, preguntó la procedencia de la pareja.

Alejandro y su esposa (quien continúa sacando sus pocas pertenencias de la choza) vienen de Poncitlán, un pueblo de unos 48 mil habitantes cerca de Guadalajara, capital de Jalisco.

“Pero el trabajo allá está pésimo, este [su muletilla más común], los sueldos son de 800 [pesos], de 900, el que más gana es de 900 pesos. Entonces mi señora y yo decidimos salir a buscar una mejor vida ¿no? Un mejor patrimonio para nosotros, para nuestra familia, y pues siento que nos están soltando de la mano”, explicó, refiriéndose otra vez al gobierno.
Alejandro procedió a declarar que en aquella primera Caravana, van alrededor de 40 mexicanos, un dato que resalta entre le cantidad de notas que se han centrado en los centroamericanos en conjunto tránsito por nuestro país (lo que es de esperar, pues son los más numerosos en la serpiente de entre 5,000 y 7,000 migrantes que empezaron el camino hacia la border).

“Conocí gente que viene de Toluca, gente que viene esteee de Puebla, gente que también se unió de Oaxaca, y pues jaliscienses habemos como unos ocho, más o menos”, comentó Alejandro sobre el tema.

Aclaró a su vez que de su familia sólo le acompaña su mujer, aunque esperaban que se les unieran unos primos, quienes nunca llegaron.

Quienes le interesan más son su familia en el otro lado, pues afirmó que “del otro lado del muro” tiene familiares en “Deloware” y Houston, Texas, la ciudad más poblada del estado, con 2,313 millones de habitantes, según la Oficina del Censo de los Estados Unidos. Es con ellos con quienes declaró tener la esperanza de unir fuerzas para salir adelante del otro lado, si logra cruzar la frontera.

El caminante comentó que la convivencia con los migrantes connacionales y centroamericanos fue “a la vez agradable y a la vez difícil.”

“¿por qué? Porque te das cuenta y le das el valor, el real valor, el valor real a todas las cosas, ¿no? Aprecias una cobija, un taco caliente. Cuando yo traía dinero yo no le daba ese sentido a las cosas y es un poco diferente. Le doy gracias a Dios por haberlo vivido pero quiero que quede nada más como un sueño, no que siga siendo parte de mi vida. Hay que ir atrás.”

El paso de la Caravana Migrante por nuestro país trajo de nuevo a la mesa un tema que realmente nunca se ha ido de la escena mexicana: esto es el clasismo y el racismo expresados por una parte de su población, que halló un objetivo natural en los migrantes para dirigir sus agresiones. Las fotografías de dos señoras con mensajes anti-inmigrantes de la “Marcha Fifí” son sólo una prueba de ello.

– ¿te ha tocado a ti como mexicano recibir esos comentarios? – pregunté.
– Sí. [baja la cabeza y sonríe de forma triste] Bastantes. Bastantes por parte de la raza.

“Mexicano hijo de puta” [se ríe], “mexicano hijo de las tres mis pijas” me gritan. Que se piquen el culo, ¿vedá? Lo que sí recibí fue muchos comentarios hacia con mi señora. Estoy en un jardín de lobos, y traigo a mi oveja: todo mundo se la quería comer, pero pues para eso estoy, para defenderla. Cueste lo que me cueste.

Durante su declaración, Alejandro estaba de pie fuera de lo que fue lo más parecido a un hogar probablemente desde que llegaron al Jesús Martínez Palillo. Se movía de un lado a otro, como meciéndose en un barco, mientras contestaba las preguntas de los tres periodistas, quienes lo rodeaban en media luna, cámaras listas y apuntadas en su dirección.

Frecuentemente volteaba la mirada al suelo, se rascaba la cabeza y se tomaba el cuello con las manos a la vez que sus palabras llegaban a los periodistas y a algunos de las personas de limpieza, que se habían quedado a escuchar, interesados.

Alejandro pronto regresó al tema de que la Caravana “está autoengañada” sobre apresurarse a llegar a la frontera, gracias a las preguntas de Antonio Rosales, otro de los estudiantes; pues según dijo el migrante jalisciense, los demás caminantes sentían que ya habían estado mucho tiempo en el antiguo Distrito Federal .

“Señores: lo mismo que estamos haciendo aquí, vamos a ir a hacerlo a Tijuana. Vamos a estar parados. Ahorita no vamos a poder pasar, no vamos a poder pasar. Es un engaño total decir que vamos a llegar y Tromp nos van a abrir las puertas. Es más fácil que aquí empiece a nacer pasto ahorita que Tromp nos deje pasar.” Dijo con voz irónica, incluso molesta.

Contó como refuerzo a su afirmación que él ya ha estado en los Estados Unidos, y que en una ocasión estuvo 35 días parado en la frontera. “Con un buen coyote sí logré pasar, pero estuve 35 días parado. ¿Qué significa? Que ahorita que no tengo dinero, yo no tengo esperanza de poder pasar. Si cuando la tenía me aventé 35 días, ¿ahorita imagínate que no tengo nada?”.

Las cosas ya casi estaban listas para el trayecto. Alejandro confesó que por el momento su plan es irse a Querétaro a trabajar unas semanas para juntar dinero e irse en camión hasta Tijuana, “porque más para arriba yo no le voy a dar caminando, no voy a poner en riesgo a mi familia.”

– ¿Qué sabes que hay allá en el Norte, arriba de Querétaro? ¿Por qué no caminar arriba de Querétaro? – preguntó Abraham.
– Porque para allá está Saltillo, está Reynosa. Dicen que esos lugares ahorita están bien peligrosos. – contestó Alejandro sin dilación.
– ¿Qué has oído de esos lugares?
– Lo mismo que en todas partes [se ríe y alza los hombros]: rateros, secuestradores… [vuelve a alzar los hombros] Estamos en México, México está lleno de todo eso, de corrupción. No estoy especificando que Reynosa, no estoy especificando que Monterrey ¿no? porque finalmente estamos en el peligro, pero si ya vamos para allá, ¿cómo crees que me voy a llevar a mi señora [señala a su esposa] caminando de aquí hasta Tijuana? Obvio no. Si en autobús de aquí a Tijuana son cuatro días, en autobús, imagínate que yo me la voy a llevar en caravana desde aquí hasta… es la locura más grande.

El jalisciense contó que en su pueblo se dedicaba “a las vacas, al campo”, y que la vez que cruzó la frontera “trabajamos en una compañía que se llamaba Camaro Shop, se dedicaba a reparar carros viejos, carros antiguos. Desde la minería, el chasis, servicio eléctrico, tapicería, todo, todo.

“Estábamos trabajando hace tres años y medio en San Luis Potosí, ahí en el centro de la ciudad. Se terminó la chamba y nos llevaron para allá para Estados Unidos. Fue cuando yo iba con un pase seguro para allá, pero ahorita no lo tenemos seguro, ahorita todo es incierto.”

Duró nueve meses y quince días allá en Estados Unidos antes que lo deportaran aquella ocasión, según rememoró.

Afirmó que de llegar a Tijuana, para lo que pedirá orientación a Pueblos Sin Fronteras – la Organización No Gubernamental que ha acompañado a las Caravanas desde su salida de Honduras – “lo primero que voy a hacer es esperarme, ir a disfrutar la playa un poco, llevar mi mujer a la playa [se ríe], este, ponerme a trabajar, juntar un poco de dinero y en lo que todo esto se calma con el gobierno estadounidense y mexicano, avanzar para adelante. Ahorita va a ser imposible avanzar para adelante.

“Estamos en un engaño [suspira, se encoje de hombros] bastante grande. Yo creo que debemos de abrir los ojos y debemos esperarnos. Yo me quería esperar aquí en México pero lo mismo ha de estar en Tijuana que aquí en México. Aquí en México no tengo nada, en Tijuana tampoco. Allá hay playa y aquí no [se ríe], vamos para la playa ¿verdá’?, como dice la canción, y pues a echarle ganas.”

Entonces, Alejandro dijo que “si no había nada más”, que eso era todo. Iba a ir por algo de comer y a pedir consejo antes de dejar la capital del país. No hubo nada más. Dio la mano rápida pero sinceramente a los tres jóvenes frente suyo y partió. Los jóvenes decidieron subir a las gradas que días antes estuvieron llenas de camastros para conseguir mejores tomas del lugar.

Desde ahí vieron a Alejandro y su esposa marcharse del lugar. Dos figuras solitarias, cada una con una maleta. Hacia lo desconocido.

Casi un mes después: las predicciones correctas

La pareja de migrantes jalisciense se despidió del estadio Jesús Martínez Palillo ese sábado 10 de diciembre, hace casi 20 días. Mucho ha pasado desde entonces. Pero Alejandro no estaba tan errado en algunas de sus predicciones.

La segunda Caravana comenzó a llegar a la Ciudad de México el 13 de noviembre, 50 personas como avanzadilla de 1,500 que estaban destinadas a ocupar el estadio Palillo. La tercera Caravana, que entró al país el 2 de noviembre con iguales cifras, sería alojada en otro lugar, el Faro de Tláhuac.

Continúan a la expectativa del desarrollo de los eventos, e incluso han considerado a Canadá como mejor opción para migrar.

Olga Sánchez Cordero, futura secretaria de Gobernación, dijo en la sesión de trabajo de cada dos meses con el gobernador de Coahuila, Miguel Riquelme, que la migración de los centroamericanos “pueden generar un problema muy serio” para el gobierno mexicano e incluso “a deteriorar la relación entre Estados Unidos y México”.

La nota salió en el periódico La Jornada el domingo 18 de noviembre. En el mismo número, se detallaba que policías federales pusieron vallas metálicas en el lado mexicano de la garita de San Ysidro, California, mientras la guardia fronteriza estadounidense continuaba reforzando su frontera con alambre de púas.

Era la primera vez que los policías federales empleaban esas vallas en la frontera.
A pesar de eso, de la constante artillería twittera de Donald Trump e incluso que 74 migrantes fueran detenidos en Sonora, 3,000 migrantes llegaron a Tijuana. La bienvenida fue áspera.

La xenofobia alcanzó los grados de agresiones, cuando 300 manifestantes se dirigieron el mismo domingo 18 hacia el albergue que alojaba a la mayoría de los migrantes, y las autoridades tuvieron que intervenir con escudos antimotines y un cerco para repeler a los tijuanenses, que buscaban entrar de forma violenta al recinto.

A su vez, el presidente municipal de Tijuana, el panista Juan Manuel Gastelum, rechazó a los migrantes llamándoles “mariguanos”, “personas non gratas”, e incluso llegando a decir que “los derechos humanos son para los humanos derechos”, según reportó el periódico El País el martes 20. La fotografía suya portando una gorra roja con la leyenda “Make Tijuana great again” se hizo viral en las redes sociales.

Entonces, la mañana del domingo 25 de noviembre, hace una semana, 500 migrantes intentaron cruzar a Estados Unidos por la garita de El Chaparral. Fueron repelidos con gases lacrimógenos y balas de goma estadounidenses, que dispararon hacia suelo mexicano.

La marcha se planeó días antes y se acordó que fuera pacífica. En algunas de las pancartas que llevaban, cuenta la periodista Blanche Petrich que se leían los mensajes: “Trump, no te odiamos” y “México, disculpa si en algo te he ofendido.”

El martes 27, en La Jornada, apareció la respuesta de Donald Trump, otro cañonazo por Twitter: “México debe devolver a los migrantes, muchos de los cuales son fríos criminales, a sus países. Háganlo por avión, en autobús, como quieran, pero NO van a entrar a Estados Unidos”. “Cerraremos la frontera permanentemente si tenemos que hacerlo. Congreso ¡financia el muro!” clamó en otro tweet

Lo que nos lleva al momento actual, cuando fue publicado el día de ayer, 29 de noviembre, en el portal de internet del periódico El Sol de Tijuana que 50 migrantes realizarán huelga de hambre en protesta por la lentitud que están llevando sus trámites de legalización.
Alejandro, donde quiera que esté, debe estar contento que tenía la razón. Ahora cruzar la frontera es imposible. Queda preguntarnos solamente si cuando llegue a disfrutar la playa de Tijuana junto a su mujer (si llegan) tendrán las cosas más fáciles para el difuso, traicionado, american dream.

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