¿La administración de la abundancia o el control monetario de un país riquísimo? 

El gasto público es cosa seria, serísima, es de las cosas más serias que un ser humano tiene la capacidad de razonar. Ésta tarde, y la tarde anterior y algunas otras mañanas me he dedicado a youtubear, a wikipediar, a forbesear y a elfinancierear para encontrarme con información sustantiva que me ilumine en las dificultades actuales de nuestro país. Es evidente que hay pasta, bendita por Quetzatcoátl, por Huitzilopochtli y, específicamente por Tezcatlipotla Rojo o Xipe Tótec, encargado entre otras cosas de la riqueza en sus tierras.

Me adentré en la investigación para poder entender las palabras más repetidas en los últimos años “nuestros gobernantes son unos rateros” y construir una nota que desbanque y critique a quemarropa las nuevas reformas en la Ley de Ingresos de la Federación para el Ejercicio Fiscal del 2016. Ya metido en la lectura, ya confundido por la complejidad de la ley, me tuve que decir a mí mismo que la frase “nuestros gobernantes son unos rateros” es tan simplista y vaga que inevitablemente se pinta de un tinte gris que representa la ignorancia y la falta de lectura financiera. Mis disculpas, pero la sentencia carece de peso político, económico y social.

Sí son, a todo criterio, un montón de hormiguitas que se roban el picnic del pueblo. La excusa más grande para conseguir llenarse los monederos de monedas y las billeteras de billetes y las tarjeteras de tarjetas, es el gasto fiscal; o sea, literal tomar la plata del contribuyente, fundirla y usarla, según dicen, para construir gigantes castillos hermosos y brillantes y carísimos para decorar a la ciudad y hacernos a todos felices y contentos. Pero no, toman la plata y la funden y la convierten en espadas de plata y otra en sillas de plata y otra en collares de plata, entonces los dirigentes más afortunados les decoran los cuellos a sus esposas y amantes y decoran sus comedores y decoran también sus salas con las espadas. De tal forma que toda la plata sacada del bolsillo del pueblerino termina expresándose en una estatuilla de cobre, teñida de color plata con pintura en aerosol marca Tuper, de cinco metros que se mete en una avenida y se dice que sirve para embellecer nuestra bonita capital.

Lo que yo reclamo es la insuficiente crítica que hacemos la gente, simplemente asumir que todos son unos rateros y que se meten toda la contribución al bolsillo se reduce a la copia redundante de una opinión mezquina. Conocer la economía, practicarla, estabilizarla y manejarla es una celosía enredada que envuelve en dificultades a aquel que la practica. Un domador, que necesita estabilizar y manejar a su bestia, no puede abusar de la bestialidad del animal, para sus fines, si no sabe dominarla; acá es lo mismo, un buen economista no podría robarse dinero si no conoce el sistema y sabe manejarlo, lo cual no es, de ninguna manera, trabajo sencillo.

Las decisiones financieras tomadas entre mil novecientos sesenta y el dos mil, provocaron una economía madreada que apenas quiere darse de alta del Seguro Social y decirle al mundo que todo está bien, el problema es que cuando quiere salir de cama, le da hipotermia y espasmos musculares y moquillo y necesita regresar a aliviarse de la dolencia. Éste año, se actualizaron Reformas Fiscales que, en teoría, deberían de empezar a mejorar las cifras en cuanto a crecimiento económico, según el Doctor Luis Videgaray, las cosas van bien, el INEGI proyecta crecimiento económico y tasas de desempleo menores. ¿Será que la abundancia en nuestro país por fin está esparciéndose por todas las carteras de los mexicanos?

La respuesta es sí para la contracción fiscal en el mercado inmobiliario que reducirá su costo en un veintiocho por ciento. Otro sí para la reducción de impuestos en colegiaturas de acuerdo a la Secretaría de Hacienda y Crédito Público. Sí, también, para la eliminación del Impuesto Empresarial a Tasa única; y un último yes en inglés para los nuevos impuestos verdes que prometen reducir a la mitad la emisión de gases efecto invernadero para dentro de treinta y cuatro años. Luego, un no para el impuesto a las ganancias en la bolsa mexicana. No para los impuestos a golosinas, churritos, papas, refrescos, dulces, etcétera. Ni para el IVA a comida de perros, gatos y otro animal permitido de mascota. También no rotundo para el déficit calculado de tres punto cinco por ciento del Producto Interno Bruto. Y no para el aumento del precio del petróleo de un 81 a un 85 dólares por barril.

Por lo anterior, noto una estabilidad que se desequilibra constantemente, una balanza a la que le pones un granito de arroz de un lado y luego otro del otro, buscando que estén ya a la misma medida. Esa inestabilidad puede ser bien por la violación persistente hacia el ahorro del pueblo derogado de la Ley de Ingresos, o también, por intentos fallidos de los encargados en finanzas que a la fecha siguen intentado arreglar las catástrofes fiscales del pasado.

Cualquiera que sea el caso, la moraleja para el habitante es leer y contarle al vecino sobre cómo funciona la banca y sobre los errores de Luis Echeverría y de Miguel de la Madrid y de Salinas de Gortari y de otros cuántos, luego correr  a la miscelánea y explicar porqué la tortilla es más cara y la leche y el aguacate, después a la gasolinera a detallar el por qué con cien pesos ya son menos litros de hidrocarburos para sus motores y menos kilómetros para sus presupuestos.

Y así, después, educando a la mayoría sobre las dificultades de la economía, podamos trabajar en sociedad y usar el buen saber para levantar juntos el gasto público y revisar que éste se gaste públicamente y no se desembolse en el proceso burocrático para almacenarse en las alcantarillas donde las ratas, los ratoncitos, las cucarachas, las arañas y los cocodrilos se lo quedan para admirar su tesoro y dejarlo por siempre allí abajo, con ellos, donde no sirve para nadie.

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