La Psicología de las Marchas

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En este mes de septiembre que es el más revolucionario de todo el año, es cuando las marchas llueven y las marchas granizan y las marchas nievan porque no hay mejor época como la de al final del verano para decirle al mundo que el presidente es un mal líder y que ser homosexual es cool y que los vecinos de Coyoacán no quieren que el estado se meta en su colonia y que la CDMX les quita las credenciales a los comerciantes ambulantes de abastos.  Lo que provoca que un montonal de inconformes se organicen y se pongan a marchar por las calles cantando, gritando y exigiendo sus derechos.

Desde Freud, por Jung y Le Bon, hasta George Mead ya se ha abordado muchas veces el comportamiento de la banda en conjunto y de las harinas de gente que se hacen masa para satisfacer el mono gregario dentro del ser humano.

La psicología de las marchas se enfoca hacia un objetivo, que es el hacer tanto y tanto ruido con tal de lograr que se escuche, esa es la misión, independientemente de lo que se está gritando. Los líderes de las marchas establecen el camino, establecen la meta y establecen el propósito político. En un modelo psicológico ellos representarían la consciencia porque son ellos los que toman las decisiones estrictamente de todo el merequetengue. No obstante, hablando de líderes, éstos se subdividen en distintos gremios. Por ejemplo, el lunes que fue la marcha por el aniversario de la desaparición de los 43, podríamos decir que los líderes máximos son los papás de los normalistas quienes tienen la batuta de todo lo que se hace. Luego, había líderes secundarios adentro de la marcha quienes dependen de las instituciones que asistan, cada una tiene su presidente o su director y es él o ella quien guía a su propia agrupación. Morena, por ejemplo, que fue a marchar el lunes: tiene su líder específico a quien siguen los que traen puestas las playeras y las pancartas del partido.

Ya cuando los segmentos se organizan y todos los sindicatos o instituciones o asociaciones empiezan a caminar juntos por Reforma, o por donde vayan, comienzan a ser parte de un efecto psicológico y empiezan, cada participante, a adoptar conductas independientes a su personalidad. Esto significa que, en asociación, el ser individual pierde su identidad bajo la hipnosis del montón y se mezcla con todos para formar un sólo carácter correspondiente al cúmulo completo. Por eso aquellos observadores, esos que se mantienen al margen del bullicio y que observan a los que van caminando, exteriorizan su opinión hacia todos, generalizándolos diciendo que son unos borregos, o que son unos héroes o que son unos estorbosos.

Una vez que la marcha adquiere una identidad, empieza a interactuar con su ambiente y se subleva ante las calles de la ciudad. Los individuos dentro de la masa no toman decisiones propias, son solamente entes programados y que funcionan a la orden del conjunto. Si uno canta, el otro canta, si uno corre el otro corre, si uno se ríe el otro se ríe, si uno se enoja, el otro también, todos actúan como si estuvieran controlados por la misma cuerda de la que se agarran para no perder el camino. Los actos se propagan como reacciones en cadena que culminan con un hecho único provocado por la identidad de la marcha.

No obstante, que la marcha sea un ente no significa que no haya órganos con sus tareas específicas como los hay en el cuerpo. Acá, existen primero los órganos pasivos quienes son más porque solo asistieron para hacer bola; luego existen los activos quienes se separan de cuando en cuando de la aglomeración para graffitear los edificios o para alentar a los pasivos. Existen también los retratadores quienes fotografían las escenas con tal de que éstas almacenen el recuerdo del acto. De la misma manera, están los líderes y los observadores que ya he escrito.

Cuando la marcha cumple su misión y llega al punto de encuentro, dejan de trabajar los órganos y todos se agrupan para escuchar la conclusión del evento. En éste punto la marcha adquiere una identidad donde todos son pasivos por un tiempo, hasta que poco a poco comienzan a recobrar sus personalidades individuales y a tomar decisiones por sí solos al darse cuenta que la masa está por desintegrarse.

Así, una marcha se reduce a la definición de un individuo inocentemente rebelde que actúa en favor de una motivación impuesta. Un individuo que siempre está vigilado y que siempre está apaciguado por la fuerza bruta y por los amortiguadores sociales que es el estado y sus achichincles policíacos, éstos que nunca dejarían a la situación descarrilarse de su camino y que sólo dan la oportunidad de pasearse ciegamente por la ciudad pero no de celebrar victorias.

Ser parte de la marcha es ser parte de todo, es ser parte de la basura que tiran los marchistas y es ser parte de la violencia de algunos y del vandalismo de otros. Es ser parte de los planes políticos que se concluyan a través del acto y es ser parte del control partidista que pudiera tener la caminada. Conocer la psicología con la que funcionan las marchas es importante, con tal de comprender por qué la moda de marchar está tan latente y cómo es que es tan fácil conseguirse las riendas de un arsenal de bienhechores.

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