25N: los discursos, el lenguaje y el problema

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25N: los discursos, el lenguaje y el problema
Foto: Cuartoscuro

“Rompemos ventanas y quemamos cosas

porque la guerra es el único lenguaje que escuchan los hombres.

Porque nos han golpeado y nos han traicionado y ya no nos queda nada”.

Las Sufragistas, 2015.

 

América Latina y el Caribe forman la región más peligrosa para vivir de las mujeres en el planeta (ITAM, Foreing Affairs Latinoamérica). Es un hecho, no un delirio victimista. Las cifras siempre serán debatibles, pero la realidad difícilmente deja espacios para las medias tintas. Las violencias machistas van dejando su rastro de muerte al paso por cientos, miles de familias: madres que pierden a sus hijas, niños que son despojados de sus madres, mujeres y niñas que no recuperarán jamás en las terapias lo que sus violadores han arrancado para siempre de sus vidas.

La denuncia de cada 25 de noviembre se alimenta de la rabia que durante el año van fraguando las noticias. No se trata solamente del número de mujeres que han sido asesinadas, violadas, acosadas, golpeadas, violentadas psicológica o patrimonialmente. Las feministas salen a denunciar la total complicidad de las Instituciones frente a un contexto de violencia que ha adquirido tintes de pandemia. Y como a cualquier problema de magnitudes tales, lo que corresponde son soluciones también monumentales.

¿Por qué salimos a las calles, publicamos en redes sociales, escribimos, denunciamos, exigimos que pare la violencia? Porque, como todas las formas de violencia, la machista goza de condiciones que la provocan, la normalizan, la permiten y hasta la promueven. Sus orígenes están enquistados en nuestra cultura, en sus expresiones y la vida cotidiana en todas sus esferas. Hemos observado que se trata, especialmente, de una forma de violencia que se transmite desde el núcleo familiar y es expresada velada o concretamente desde el lenguaje hasta las formas de reproducir nuestras formas sociales, políticas y económicas. Salimos porque, aunque todas experimentamos ciertos grados de violencia, no hemos encontrado empatía y voluntades para erradicar sus más graves consecuencias.

Lectura recomendada: Comarca Lagunera: Negocios, mujeres y sociales.

Una vez más, la conmemoración del 25N sacó a relucir las contradicciones de una sociedad que dice estar del lado de las mujeres, pero al mismo tiempo ignora profundamente la configuración y la dimensión del problema. Otra vez, las pintas en plazas y monumentos tomaron mayor relevancia en medios y para usuarios de redes que el contenido de los mensajes de las marchas. Que cuál es el objetivo, comentan. Que si ya paramos los feminicidios rayando las bancas de la Alameda. Que si teníamos permiso de salir de la cocina. Que necesitamos un hombre que nos ponga en el lugar que nos corresponde. ¿Ven? Que su discurso misógino está tan arraigado que la protesta adquiere mayor legitimidad con cada comentario y encabezado de la prensa que los acompaña.

Y buscando la atención que se requiere para visibilizar el problema (como un primer paso) las formas de protesta se han ido cuestionando el lenguaje que empleamos. No funcionan los “por favorcito atiéndame” en el ministerio público, entonces subimos la estridencia para tratar de sacudir las conciencias para sumar aliados. Está claro que en éste y todos los temas, las autoridades no encuentran incentivos propios para comprometerse en la atención al problema. La presión social entonces se convierte en la única ruta que llevará a las instituciones de justicia, a las educativas, sociales y culturales a comprender la transversalidad con que deben diseñarse las políticas y acciones que podrían erradicar estas violencias.

Hoy ya está en mejores condiciones la Alameda que un día antes de las pintas y protestas. Los filtros de las fuentes y lagos ya se hicieron cargo del tinte rojo que causó tanta molestia. Como si borrando las frases y limpiando el agua se lavaran todos los pecados cometidos contra el cuerpo de las niñas que han sido asesinadas este año en La Comarca Lagunera. El periódico de los laguneros ya emitió su juicio llamado “vandalismo” a las protestas, y el Instituto de la Mujer que nos celebra con monumentos a las cacerolas ya declaró también que reprueban estas “formas” de protesta. Las madres poderosas (y vaya que lo son, pues yo no veo cómo encuentran valor para seguir viviendo en el mundo que arrancó a sus hijas de sus brazos) dejaron sus pesos y centavos a la puerta de la Fiscalía que les responde que no hay recursos suficientes para ofrecerles justicia (mucho menos reparación de los daños).

Seguiremos experimentando con las formas de protesta, hasta que demos con el código que logre acercarnos: como no han podido ni el arte, ni el periodismo, ni las infografías, ni los talleres, ni las alertas de género, ni las coreografías de las chilenas, ni las pintas de las plazas, ni las tetas de Laferte, ni las calcetas rojas de Valeria (entre 3 y 5 años de edad) que fue violada, golpeada brutalmente y asesinada en el Estado de México este mismo año, como cientos de otras, en el país de no pasa nada.

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