¿Qué tanto puede suceder en un mes? Dependiendo de la época del año y de la vida, la respuesta es más que variable. Las altas, las bajas, las vueltas, los choques, las victorias, las derrotas, todo junto y revuelto. No por nada fue expresada la verdad de que existen décadas en las que no pasa nada, y semanas en las que ocurren las décadas. La literatura (como todo quehacer humano) siente estos movimientos, y un ejemplo excelente de esta mezcla entre variedad y continuidad en el devenir de los días nos fue dado de la mano de Andrea Camilleri (fallecido apenas el año pasado, en 2019) y su creación, el detective siciliano Salvo Montalbano. 

El libro “Un mes con Montalbano, publicado originalmente en 1998 (en español en 2012 por Ediciones Salamandra) y que compila 30 casos criminales del detective – también llamado comisario -, es una carta de presentación. Presentación del mismo Montalbano, a quien Camilleri dio vida por primera vez con la novela “La forma del agua”, publicada en 1994. Pero sobre todo, “Un mes con Montalbano es una presentación de Sicilia, su gente, sus costumbres, su sencilla complejidad. 

El personaje de Salvo – en cuanto a detectives se refiere -, no es sumamente original. Es tosco de modales, tajante en las órdenes que da a sus subordinados, adicto al caso por resolver en la mesa y está imbuido de algo de ese espíritu gastado y desenfadado que caracteriza a los protagonistas del género negro. 

Sin embargo, es a través de él que Camilleri aprovecha para diseccionar a la sociedad siciliana (de la que era originario). Haciendo honor a la máxima de Tolstói de “pinta tu aldea y pintarás al mundo entero”, transmite un humor, unos valores y dinámicas que de inmediato resaltan al lector primerizo y le hace querer ahondar más en el retrato de ese lugar a la vez tan conocido (de manera infame por las películas y reportajes sobre la mafia) y tan incógnito. 

En el mes que puede pasarse con Montalbano desfila todo un pueblo. 

En el ficticio poblado de Vigàta, ubicado en la demarcación también ficticia de Montelusa, hay para escoger: un ladrón de casas de 65 años y un guardia retirado también de 65 años enfrascados en un eterno ciclo de robos y arrestos; un hombre conocido por ir a todos los entierros del pueblo; una maestra anciana que está convencida de que su casa es visitada por el mismísimo diablo; un vagabundo sumamente amable y culto que vive bajo una lancha abandonada y tiene un secreto que escribir en la arena; una veinteañera de familia profundamente religiosa que se enamora de su ginecólogo; dos bandas criminales (los Cuffaro y los Sinagra) que arreglan cuentas sumando cadáveres de uno en uno como si fueran goles en un partido de futbol; dos hermanos trapecistas alemanes cuyo espectáculo insignia es un descenso en helicóptero; una trabajadora de hotel transformada en dueña por la herencia de un viajero; un guerrillero trotamundos conocido como El Yac y que tiene un pasado con el comisario Montalbano… 

Los personajes prácticamente nunca se repiten. Fuera de los cuatro acompañantes del comisario Montalbano (Mimì Augello, Guiseppe Fazio, el detective Galluzo y el telefonista Agatino Catarella), su pareja Livia y unos poquísimos amigos personales, cada cuento presenta por lo menos a dos o tres habitantes nuevos de Vigàta, cada uno con vida propia y que a veces sirven para jugar con el estereotipo siciliano para revelar tras de él a un grupo de gente compleja, contradictoria, con sus altos y bajos, y un humor tan seco como los parajes de Vigàta y tan cálido como su bahía. 

Humor que tiene que lidiar con (y en ocasiones, dar paso a) las situaciones más variadamente trágicas. En “Un mes con Montalbano” nada es intocable, desde el pasado fascista de Italia hasta las hipocresías en el corazón de la familia burguesa. En este tema, los choques entre los deseos humanos y la chaqueta de fuerza de la familia monogámica son el centro de buena parte de los cuentos – donde los amantes infieles y las relaciones sexuales entre familiares no son extraños al comisario Montalbano -, lo que sin duda espantará a más de un recatado. Mas son precisamente los temas escabrosos por los que podemos conocer con mayor incisión las contradicciones de una sociedad determinada, qué motiva a algunos de sus individuos a romper con ella y perseguir sus intereses a costa de ésta. 

Este choque entre la realidad y la sociedad se muestra incluso en aquellos que vienen más allá de las fronteras de Vigàta. En el cuento “Being here”, Camilleri describe:

“En cuanto el hombre entró en su despacho, Montalbano pensó que estaba sufriendo una alucinación: el recién llegado era la viva estampa de Harry Truman, el ya difunto ex presidente de los Estados Unidos, tal como el comisario lo había visto en fotografías y documentos de la época. El mismo traje rayado cruzado, el mismo sombrero claro, la misma corbata llamativa, las gafas con la misma montura. Sólo que, cuando se le miraba mejor, las diferencias eran dos. La primera, que el hombre estaba camino de los ochenta, si no los había sobrepasado ya, aunque los llevaba estupendamente. La segunda, que mientras el ex presidente reía siempre hasta cuando ordenaba lanzar la bomba atómica sobre Hiroshima, éste no sólo no sonreía, sino que emitía un halo de contenida melancolía.” (p. 181).

Así pues, la paleta de personalidades es más que variada. Pero aquel que las deshilacha, el que convive y choca con ellas es Salvo Montalbano. Antes dije que, en cuanto respecta al arquetipo del detective, el comisario de Vigàta no rompe muchos moldes. Esto, sin embargo, no es un demérito para el personaje, todo lo contrario. 

Salvo Montalbano – llamado así en honor al escritor español Manuel Vázquez Montalbán, creador del investigador Pepe Carvalho, del que tanto Camilleri y Montalbano son fanáticos – comparte dentro de sí mismo la simpleza y complejidad de la Sicilia que odia y ama. A la vez agresivo y meditativo, amigable pero asocial, un hombre que por momentos es de ideas, por momentos de acción, de un humor agrio que de pronto se vuelve tan detallista como la comida que degusta en los pequeños restaurantes de Vigàta. El primer cuento, “El anónimo”, nos muestra a un Montalbano en el momento que “como aquella mañana soplaba lebeche, el comisario estaba de un humor agrio, se odiaba a muerte y también odiaba al mundo entero” (p. 15), y como se expresa al inicio del cuento “Milagros de Trieste”: 

“¿Se puede ser policía de nacimiento, llevar en la sangre el instinto de caza, como lo llama Dashiell Hammett, y al mismo tiempo cultivar buenas y hasta refinadas lecturas? Salvo Montalbano lo era, y cuando alguien le hacía la pregunta, sorprendido, él no contestaba.” (p. 139)

Montalbano es una muestra excelente del sabueso que olfatea las pistas en la novela negra. Pero el comisario también es un ejemplo interesante del espectro del detective en tanto que figura social y literaria. 

Como literatura, el género policiaco tiene una contradicción fundamental en su composición. Visto que su tema central es el crimen, es una oportunidad perfecta para la crítica social, para diseccionar las injusticias generadas por la sociedad burguesa, que orillan a muchos a la miseria y al crimen. Sin embargo, como su protagonista suele ser un policía o alguien cercano al orden burgués, usualmente la trama gira en mantener dicho orden, no tocar (ya no hablemos de derrumbar) los pilares de la injusticia. Con este embrollo de por medio, distintos autores han ofrecido múltiples visiones hacia uno u otro lado de la cuestión dependiendo sus gustos, su cultura política y su forma de ver el mundo. Algunas obras como El cartero llama dos veces (reseñada en este espacio) dan prioridad a la crítica y el desencanto con la sociedad burguesa, para lo que incluso se alejan de la perspectiva de la ley y se centran en el criminal, sus motivaciones para delinquir. Otras, como es más evidente en las series de CSI y La Ley y el Orden, embellecen el papel del policía y sus labores de represión contra los criminales y los inconformes (sobre todo estos últimos). Y otras tantas se ponen en un estrechísimo centro al no tratar el supuesto dilema y sólo ofrecer un relato de observación del caso, como pasa en la novela de Esquinca, La octava plaga (también reseñada aquí).

En el caso de “Un mes con Montalbano”, su protagonista resuelve el misterio con un parco sentido de la honestidad, de honradez. El comisario es un agente de la ley, sí, y la hace cumplir cuando lo ve necesario, pero en más de una ocasión le vemos perdonando al criminal (o criminales) una vez que ha descubierto sus motivaciones y simpatizado con ellas, además que odia las trabas burocráticas y tiene alguna distante simpatía por luchadores sociales como El Yac. Es, a fin de cuentas, un “buen policía corrupto”, uno que rompe la ley pero lo hace en favor del oprimido. Esto – hablando con sinceridad – hace que su personaje se revele un tanto más artificial, más producto de la imaginación de un autor, pero también vuelve al comisario más entrañable para quienes buscamos a la novela negra por sus oportunidades de narrativa social.

El comisario tiene la rara característica de no aventar a alguien a la hoguera sólo porque el resto del pueblo piensa que es culpable. Esto se demuestra con particular fuerza en el cuento “Un asunto delicado”. En él, un profesor de primaria es acusado por una madre, Laura Tripòdi, de abusar de su hija de 5 años, y el director de la escuela llama a Montalbano para que lidie con el dilema “con discreción”. Cualquier otro de inmediato saltaría echando fuegos y clavaría la cabeza del acusado en una estaca. Pero no Montalbano. Conforme la investigación progresa, el comisario descubre más y más fisuras en la versión de la madre, mientras el cerco se cierra alrededor del acusado y el mismo comisario llega a pensar si en efecto él abusó de la niña. Al final, Montalbano descubre que la señora Tripòdi y el profesor eran amantes,  y que la acusación de abuso vino de un rompimiento amoroso. La conclusión que el comisario da de la situación es tajante:

“¿Con discreción? Peor que una condena: en un tribunal podía defenderse, pero así, alejándolo a la chita callando lo dejaban en manos de las habladurías y no le quedaría más remedio que dispararse un tiro. Quizás la niña corría algún peligro, pero quien en ese momento se encontraba en una mala situación era el maestro Nicotra.” (p. 282) 

Las palabras de Montalbano, con 20 años de antigüedad, caen con el peso de la actualidad. Es un juicio a nuestra época en general y a México en particular, donde tuvo lugar el caso de Armando Vega Gil, cantante de la banda Botellita de Jerez, quien tomó la opción del tiro en la cabeza. En un ambiente de reacción anti-sexo, promovido principalmente por la iglesia católica y de la que hacen eco sectores del movimiento feminista (particularmente el Me Too), subordinado totalmente a la ideología burguesa, la sentencia de Montalbano es un juicio. Un juicio contra el puritanismo, el vigilantismo, los linchamientos sociales, la paranoia que este tipo de movimientos liberales azuzan en respuesta a la muy real y horrenda opresión de la mujer (inherente a la sociedad de clases) y que el estado burgués está más que feliz de apoyar (como ahora lo hace) para reforzar sus aparatos de represión, que a la orden serán utilizados para reprimir a los inconformes y defender el sistema de explotación que necesita de la desigualdad para existir. Estos aparatos son los tribunales, las cárceles, el ejército (al que ahora se añade la Guardia Nacional) y por supuesto, la policía.

Pero no Salvo Montalbano. Su progresismo es cosa rara entre los de su especie (que tienden a ser más cínicos, gastados y en casos, reaccionarios) y se entiende como un reflejo de las preferencias de Camilleri. Militante del Partido Comunista en su juventud, el autor de las aventuras de Montalbano dijo en una entrevista con la agencia de noticias argentina Télam que “A menudo pongo en su boca algunas cosas de mis ideas políticas. Y hay lectores que me han escrito diciéndome que no tengo derecho a ponerle mis ideas políticas porque es, dicen ellos, de todos nosotros” (Infobae). Sus palabras sonarán exageradas. Pero nada más alejado de la realidad.

Los aplausos le llegaron tarde a Camilleri. Cuando publicó la primera novela del comisario, tenía casi ya 70 años. Pero los aplausos tronaron con la fuerza de cañones. A través de 30 novelas, libros de cuentos y una serie televisiva, donde el comisario es encarnado por el actor Luca Zingaretti, Montalbano ganó fama primero en toda Europa, y su creador Camilleri se convirtió en el autor más vendido de Italia, con 26 millones de copias vendidas solamente en su tierra al momento de su muerte y traducido a más de 35 idiomas (El Cultural). El pueblo de Camilleri, Porto Empedocle (del que tomó inspiración para el hogar del comisario), fue rebautizado en 2003 como Porto Empedocle Vigata en honor al personaje y escritor que buscaron rescatar su latir cotidiano, su historia. Presente y pasado que se destejen entre las páginas de “Un mes con Montalbano”, una radiografía del crimen y la realidad siciliana, guiado por ese comisario tosco, comprometido y guiado por la razón a tal grado que al preguntarle a una amiga suya si cree en el diablo mientras ella le cuenta el pesar de su amiga que cree ser visitada por Satanás, esta sólo responde:

“¿Yo? ¡Que va! Si hubiera sido así, ¿para qué le habría contado esta historia? Si hubiera creído en el Diablo se la habría contado al obispo, ¿no le parece?” (p. 119)

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