Las mil caras del ídolo de México

0
646

El nombre con el que bautizaron al niño nacido el 18 de noviembre de 1917 en las playas de Mazatlán, Sinaloa, fue José Pedro Infante Cruz. Cuarenta años después, ese nombre tendrá añadido un título nobiliario que se escapa al juicio del doceavo artículo constitucional: El Ídolo de México.

A través de 62 películas, desde Mexicanos al grito de guerra (1943) hasta Tizoc: amor indio (1957) – por la que ganaría el Oso de Plata en Berlín al mejor actor –, pasando por Cuando lloran los valientes (1947), Nosotros los pobres (1948) y Los tres huastecos (1948) – donde Infante interpretó a los tres hermanos – el actor sinaloense representó el México post-revolucionario y el paso de un país rural a uno urbano.

Grabó más de 300 canciones, puestas para el disfrute de los mexicanos en la estación de radio XEW, La voz de América Latina. Su imagen se ha inmortalizado con fuego blanco y negro en las mentes de millones de personas en todo el país, e incluso otras naciones del mundo.

Ahora lo tengo frente a mí con el lujo de todos los colores, en un espacio determinado. A mis ojos les devuelve la mirada con dos confianzudos círculos negros, cabello y bigote cortos del mismo color perfectamente peinados, su frente amplia mostrando una tez blanca con bronceado costeño, y una eterna media sonrisa cargada de liviandad.

Nos damos la mano. En la forma del saludo se notan los años que nos han pasado como país.

“Buenas, don Infante” se me escapa. Él ríe bajo y sinceramente.

“No seas gacho, no me digas así. Llámame Pedro” responde con el acento que caracterizaría a los chilangos de los años 50.

– Muy bien, Pedro. ¿Cómo se siente?

El ambiente alrededor nuestro cambia por primera vez. Estamos en un gimnasio de entrenamiento para boxeo. Las manos carpinteras de Infante están envueltas en vendas.

“Pues me están dando ganas de adelantar un round aquí afuerita, puede que hasta nos sirva de entrenamiento… bueno, entonces nada más le voy a dar una saludadita”, me dice Pepe el Toro.

– Pedro, no nos hagamos: el México que conoces tú y el que conozco yo, aunque parecidos en mucho, no es el mismo. Actitudes que le celebraban antes, ahora las toman algunos con mucho más recelo. Una de estas actitudes es la de mujeriego, ¿cómo responde a esto?

Nuestro alrededor se deshace y se reacomoda. Pasamos al idílico México rural de la película Dos Tipos de Cuidado. Infante viste un sencillo traje de charro negro y un sombrero blanco sin ningún bordado de adorno. Pide que le llame “Pedro Malo.”

“A mí ninguna mujer me toma en serio” responde con el pecho enhiesto de lastimado orgullo, su expresión sarcástica, despreocupado, “porque dicen que ando con muchas y yo tengo que andar con muchas porque ninguna me toma en serio.”

– ¿Entonces no niegas ser mujeriego?
En la sala de una casona, rodeado de músicos e invitados a una fiesta, Pedro Dosamantes me canta su respuesta:

Dicen que soy mujeriego
no lo puedo remediar
Por eso sufro y reniego
pa’que lo voy a negar

El matrimonio es tan bueno
que remedia todo mal
Yo por las morenas peno
y por las rubias igual

– Eso suena no tan fácil para los oídos de mi generación; un poco malo incluso…
Regresamos al campo mexicano, pero ahora estamos en el centro del pueblo del que es Pedro Malo. Estamos al final de una escalinata, adornada por dos leones de piedra. La gente está alrededor de varias mesas, disfrutando la comida. Al lado de cada león, viéndose de frente, están Pedro Malo y Jorge Bueno, interpretado por Jorge Negrete. Es la única ocasión en que los dos gigantes estarán juntos para la pantalla grande.

Yo soy malo

Comienza a cantar Pedro, socarrón, al son de unos mariachis que sirven de fondo a las coplas que está intercambiando con Jorge, como medio de expresar su intensa rivalidad.
No lo niego,
pero quisiera mezclar
malo y bueno por si sale
algo que sea regular.

Estas palabras van en referencia no sólo a mi intromisión, sino también a la prima de Jorge Bueno, María, interpretada por la chihuahuense Yolanda Varela. La tensión sube. A lo lejos se escucha un “hagan algo por Dios, esos muchachos se van a pelear.” La tensión está al filo de las cuerdas de las guitarras.

– Y sin embargo – digo yo, buscando regresar al tema y desactivar la situación, que amenaza con riña – hubo una mujer que sí te tomó en serio… Blanca Estela Pavón.
La faz de Infante entonces deja atrás su expresión confiada e insolente. La sonrisa se empequeñece, pero se hace más sincera.

“Mi Chorreada” se lamenta, vestido con la camisa oscura y overol obrero de Pepe el Toro. Estamos en la sala de su casa. Ya es de noche. Lucha (Irma Dorantes) ayuda a recoger y doblar manteles blancos. Pepe mira la pared en la que está una foto de La Chorreada, enmarcada en madera, acompañada por adornos, flores y unas veladoras en una repisa.

 

Blanca Estela y Pedro fueron, desde su primera obra juntos, Cuando Lloran los valientes, una de las parejas más icónicas del cine mexicano. Pepe el Toro es la conclusión de la trilogía iniciada por el director Ismael Rodríguez con Nosotros los Pobres, donde Pavón llevó por primera vez el sobrenombre con que sería conocida para la historia.

Fue grabada en 1953. La actriz de Minatitlán, Veracruz, murió en 1949, de la misma forma en que lo haría Pedro casi una década después: un accidente de aviación.

Pepe dice que le creeremos loco, pero que casi todas las noches platica con su Chorreada (o tal vez con Blanca Estela, o las dos juntas). “Sí, a veces lo he escuchado hablando solo” bromea Lucha. “Si nunca estoy solo. Ella siempre está conmigo, y aunque no oigo su voz yo siento que me habla.” Nos contesta inmediatamente Pepe.

Entonces, suelta un suspiro. “A estas horas se me carga más el sentimiento.” Explica, con un deje de melancolía manchando su habitual acento jovial del D.F. de los cincuentas. “Si quiera de día se distrae uno con el trabajo; pero en cuanto llega este momento, ah que sufridero.”

Pepe procede a asegurarnos que rara es la noche que no sueña con La Chorreada (¿Blanca Estela?). “Si clarito la veo muy contenta jugando con nuestros tres chamacos, y me aconseja, y me da ánimos pa’ que siga luchando con la vida. Y luego ese despertar. Darse cuenta que el sueño es mentira. Y otra vez uno solo.”

Todos callamos un momento. No me queda más que decir lo obvio para mover la conversación.

– ¿Triste?

El ambiente se retuerce y adquiere su nueva apariencia. Lo primero que alcanzo a ver cuando todo se calma es un río calmo siendo perturbado por una piedra aventada por Infante – perdón, Agapito Treviño. Las arenas del tiempo dicen que estamos en 1890, en tierras más cercanas a mi natal Coahuila que la capital de don Pepe: Monterrey, Nuevo León.

 

Estamos sentados frente al río. La formación la hacemos Treviño en el centro, ataviado con camisa blanca de lana, pantalón café de charro, sombrero sencillo y paliacate al cuello; a su lado derecho, en similar indumentaria, el niño Pinolillo, encarnado por Joaquín Roche hijo; y a su lado izquierdo, yo.

“Pues esta vida que es un camote”, me responde Treviño. ¿Por qué? Pregunto.
“A que si te comes un camote a mordidas grandes, se te atora” razona el bandolero norteño, con una perfecta imitación del acento que ha hecho famosos a los regios en el resto de la república. “pues el camote es como la vida, mijo. Hay veces que se nos vienen todas las calamidades juntas, y hay que fajarnos los calzones y aguantarnos como los machos, ¿entiendes?”

Procedo entonces a contarle a Pedro el estado del mundo que él ya no conocerá, en especial, del resurgimiento de los nacionalismos y actitudes que se creían – ilusoriamente – olvidadas, como el racismo y la xenofobia.

– Hay algunos que, en su forma de ver las cosas, preferirían a una persona “de mejor calidad” – digo, reflejando las palabras de Emilia Guiú en Angelitos Negros (1948).

– Pues yo prefiero a un amigo – me contesta José Carlos Ruíz sentado frente a un lujoso piano de la gran mansión de Ana Luisa de la Riva Salazar (Guiú), firme, pero sereno, sin dejarse llevar por algún odio por la opinión contraria.

Otra de las mujeres más importantes en la vida cinematográfica de Infante y de todo México fue, sin duda, Sara García. La actriz oriunda de Orizaba, Veracruz, conocida para la historia como La abuelita del cine mexicano (otro título que se escapa al doceavo artículo) se ganó su sobrenombre, en buena parte, por actuaciones al lado de Pedro Infante, en películas como Los Tres García (1946), Vuelven los García (1946) y Dicen que soy mujeriego (1948).

– ¿Algunos pensamientos sobre García, su abuelita?
El ambiente truena con los sonidos de una orquesta. Estamos en la gran hacienda de Los García, donde se está celebrando el cumpleaños de la indómita Luisa (Sara) García. Su nieto Luis Antonio (Infante) entra al frente de la música, y empieza:

Escuchen todos señores
La voz de su servidor,
Al amor de mis amores
Voy a cantarle mi amor.

Entonces grita al público, mientras los tambores redoblan y García fuma un grueso puro: “Mi abuela nació bonita, bonita seguirá. Lo bonito no se quita, cuando es bonita de verdad”.

“Dicen por ahi [sic] que he nacido” continúa Luis Antonio, “bravero y escandaloso.

Escándalo nunca ha sido cantarle a lo más hermoso”.Voltea a ver a García. Esta echa una risa de felicidad cuyo tono chillante confunde un poco a todo mundo. Luis Antonio vuelve a cantar:

A mi viejita la quiero
Porque me vale por dos
Es novia, amiga y espero
Que me la conserve Dios.
¡Que viva la abuela!

Pedro Infante, aunque fue un ídolo que superó a todos los demás en su legado, no actuó apartado de sus contemporáneos. Colaboró con cantidad de actores en muchas de sus películas, como Luis Aguilar en A toda máquina. Yo le pregunto qué fue lo que pasó en la casa en llamas.

– yo me le cerré – me contestan Luis Macías y Pedro Chávez encamados en una ambulancia, con los rostros ennegrecidos y las ropas cubiertas por sábanas de hospital. Comienzan a reírse. Pedro se queja del estómago. La causa: un fierro de la motocicleta que tiene enterrado.

– ¿Te duele mucho?
– Nomás cuando me río.
– Entonces voy a contarte un chiste.
– Qué desgraciado.

Ya viene siendo la hora de despedirnos, yo sé que no puedo entretener demasiado a Pedro en su ocupado y eterno pasado. Le pregunto ahora, directamente, sin referirme a sus personajes, cuál es la cualidad que más valora.

Por primera vez en toda nuestra plática, el ambiente a nuestro alrededor no es el México que conoció, contenido en un estudio de cine. Ahora estamos en un cuarto sencillo, con un presentador a su lado derecho, e Ismael Rodríguez, amigo íntimo y director de la mayoría de las películas de Infante, a su lado izquierdo. Viste una camisa oscura y en sus dedos izquierdos, un cigarrillo echa una humareda poblada.

– Pues, eh, yo creo que la gratitud es una de las cualidades más grandes que debemos de tener todos los humanos, ¿verdad?

Cuenta que él se sentía muy triste cuando entró al cine “porque nunca le atinaba a nada. Entonces en el camino me encontré con Ismael Rodríguez” que es nada más un mes mayor que él.

“Entonces encontré que ahí estaba el camino por el cual podíamos hablarle al público, por el cual nos identificamos él y yo, y francamente esta carrera, pues yo soy un actor muy malo, porque ni yo mismo me aguanto [se ríe]. Pero entonces él [Rodríguez] me dio la carrera, él me enseñó; y creo que así como a mí me ha enseñado a hablar ante la cámara, ante el público, ha enseñado a varios compañeros míos, y creo que todos juntos debemos decir: Ismael Rodríguez, muchas gracias.”

De pronto, Infante desaparece. Pero no porque se haya ido sin despedir. Estoy en 1953, escuchando la radio en Los Ángeles, Visita con las estrellas, conducido por Armando del Moral. Del otro lado de la transmisión, está Pedro, “encantado de estar aquí” una vez más en la estación.

“Como lo he dicho siempre, cada año, cada dos años: pues vengo a saludarlos, a darles las gracias porque cada día pues más me ayudan. El nombre de Pedro Infante lo han ido levantando al grado de que les digo que ya ni es mío ni de mi mamá: es del público.”

La voz acosada por la estática cuenta que su padrino en el cine fue Antonio Badú, estelar en la primera película donde trabajó Pedro. Del Moral aprovecha para preguntar cuáles han sido sus últimas películas, las cuales son Ahí viene Martín Corona y Vuelve Martín Corona – que terminaría siendo llamada El enamorado.

– Tengo entendido que ahora vas a hacer otras dos, porque tú ya las haces a pares, ¿no? – bromea el locutor.

– Sí, [se ríe], pues haciendo cuatro al año porque yo pensaba que haciendo una película, dos películas al año, pues me iba a olvidar el público. Yo por eso trato de cambiar los tipos, los papeles, para darles más variedad al público, y así pues, ya ve que me ha ido muy bien – dice Pedro con voz baja, que, sin temor a olvidar el deber periodístico y ser demasiado tendencioso, refleja gran humildad en lo que se dice.

Infante aprovecha para publicitar su nueva película entonces, Un rincón cerca del Cielo, antes de regresar a mi lado. Le agradezco mucho y nos damos una vez más la mano, esta vez en señal de despedida. Pero antes de que se vaya, le pido me permita un regalito para él, que no sea gacho: hoy, 18 de noviembre, es su cumpleaños, estaría cumpliendo 101 años de vida.

– Cante Las Mañanitas, Pedro, ¿cómo la ve?

Él ríe una vez más, y acepta, pero, en su humildad típica, pide que cantemos no sólo a él, sino a alguien más al mismo tiempo. A su vez, me dice que sólo acepta cantar si yo canto con él.

– ¿Aunque cante feo?

No le hace, me dice. El ambiente cambia por última vez. Una vecindad nos da la bienvenida a altas y nada agraciadas horas de la noche. Nos acompañan músicos y gente del mismo barrio, Infante lleva otra camisa a rayas de las que lo caracterizaron tanto y está parado frente a una ventana, donde duerme Chachita, otro de sus tantos amores. Comenzamos:

Estas son las mañanitas
Que cantaba el Rey David,
A las muchachas bonitas
Se las cantamos aquí.

Despierta mi bien, despierta,
Mira que ya amaneció.
Ya los pajarillos cantan
La luna ya se metió.

Quisiera ser solecito
Para entrar por tu ventana
Y darte los buenos días
Acostadita en tu cama.

Ya viene amaneciendo,
Ya la luz del día nos dio.
Levántate ya, Cachita,
Mira que ya amaneció.

Infante canta solo:
Levántate, hijita mía,
Verás tu calle regada
Con lágrimas de mis ojos
Que lloré esta madrugada.

Unas teporochas interrumpen, con tal desatino que avergüenzan a Infante, que sale de la escena:

De tanto cantar y cantar
Ya nos duele la garganta
Porque aquí nos va a prestar
Esta agüita que atraganta.

Uno par de borrachos sigue, animado por las primeras interruptoras:

Ya dinos si no has de salir
Pa’ no estarnos esperando
Nos demos tinajas de agua
Para estarnos serenando.

Cachita abre la ventana por fin, y responde:

Muchas gracias palomillas,
Sólo tengo un corazón
Pero aunque semos muy probes
Les ofrezco mi cantón.

Pedro regresa detrás de Cachita. De alguna manera logró escabullirse para entrar:

Cachita la niña más buena
Que este mundo ha conocido.

Cachita:
Qué lindo es mi jefecito
Nadien le da un parecido

Y todos:
Despierta mi bien, despierta
Mira que ya amaneció.
Ya los pajarillos cantan,
La luna ya se metió.

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here