A María le sobraban motivos para estar enojada. A María le agradaban las cosas que la mayoría olvidamos. María nació en 1893, casi al final del siglo XIX.

Menudita de piel morena, curtida, rayada y pegada al hueso. Ojitos pequeñuelos, de lectura cálida y aventurera. Extendía su trenza cana a la altura del nudo del mandil, cada vez que cocinaba la enredaba como si fuera una cebolla. Un ser fulgurante, callada a largo ratos. Una mujer enérgica para cumplir misiones, activista de la palabra. Se hizo cargo de mi madre apenas huérfana de un mes de nacimiento.

Todas las mañanas recitaba solemne:

¡Caraja es la vida y canija quien la vive!

¡Gloria al padre, al hijo y al espíritu rancio!

Doña María no era Adelita, ni rielera, ni tampoco tenía a su Juan. Narraba con tal ingenio los días victoriosos del año de 1914, aquellos donde se posaron todas las batallas de la Revolución Mexicana.

Con picardía jugaba en los hechos de: “La leyenda del polvorín mexicano ─así le decía─ también de las pilladas de Villa y sus secuaces ─así les llamaba─.

Al escucharla descubría claras diferencias de su historia con la Historia.

─No fue así Doña María─.

─Ah chamaca siempre de zopilota. ¡Ahí vas otra vez, nunca crees! Si te doy las pruebas. Si eso de los libros no es de fiar, cuentan puras mentiras. ¡Por eso estás así empeyotada! ¿Pa` que los quieres? nomás asonsan.

Fingía no atender sus palabras. Según yo me ocupaba haciendo cualquier cosa pero era difícil no hacerle caso. Narraba con tal elocuencia que simplemente aumentaba mi curiosidad. Al poco rato me sorprendía recreando el relato, (muy al estilo de María).

Ella perfectamente reconocía mi interés, era un acuerdo entre líneas que sosteníamos en secreto para alimentar la reyerta.

─Ora verás, ahí te va la prueba… te acuerdas lo que te dije ayer.

Así empezaba para un posible no acabar… Al fin terminaba con el vil impostor maldito, que se arrastraba como culebra, que llevaba las uñas bien largas como tigre, que era muy ojo de águila, que era un ladino el canijo del General. El más vil, impostor maldito… Entonces, una larga pausa. Así, sin decir una palabra más. Me dejaba con el último suspiro de su historia.

Habituada de viajar en tren, partía a los lugares donde le dieron promesas. Poco le importaba la emboscada de caminar a tientas. Subía a la máquina, estorbada de sí misma acomodaba sus triques, canastas y rejas bien amarradas con mecate. Una vez sentada en el vagón cuando el silbido del motor anunciaba la despedida era sin duda su mejor momento. Era quizás el contacto más de cerca que tenía cabida sus hazañas.

Ya en casa, muy temprano le llegaba la noche. Aún sentada y sin prender la luz dormitaba, mientras que el reino de las vírgenes la acompañaban en el vaivén de las plegarias. Se santiguaba con cada una de ellas cuando le agudizaban las dolencias.

A María no le agradaban las personas encimosas y de las que hablaban mucho y bonito desconfiaba. Los hombres, son animales de corral. Jamás presa de ellos ─decía─. La pretendía el dolor porque los años la fraguaron de ausencias. Quedaron tatuados, apretados, quietos en llanto.

Me acostumbré sin regatear su compañía, aprendí admirarla. Sin que ella lo supiera, ni yo misma entendiera ese mucho afecto de quererla.

En la última oportunidad de aliento que tuvo la entregó para darle fin a la historia disfrazada de valentía, aquella de las mil repeticiones de los casi 17 años de estar a su lado.

Un día me dijo —Mire chamaca, en la vida como en las batallas el final no es lo que vale. Pareciera pero no, pos a veces se pierde a veces se gana, el tuétano del caldo es dar pelea, no ser dejaido, me entiende pues…continuó.

Ahora entiendo María, ahora sé que el vil, canijo impostor maldito del general alojó en tu cuerpo la crueldad de las carnes cuando se friccionan sin permiso.

Padeciste de la hambruna, los saqueos, las escondidas en los cerros y matorrales. De las corridas hacia el monte para cuidarse de las hordas de los soldados. Los que amaste, regados y muertos quedaron.

Fueron obligados a que donaran a la causa los pocos bienes que tenían. Y como la mayoría deseaba seguir vivo, lo hacía para evitar el fusilamiento, que no siempre se evitaba, porque muchas veces a pesar de haber colaborado, eran pasados por las armas, para que no volvieran  a tener animales, cosechas o dinero. Si tras ellos llegaban los federales o pelones como les decían a los soldados del ejército regular, las cosas no cambiaban: saqueaban igual y si por casualidad, los revolucionarios no habían matado a los terratenientes, al enterarse los pelones que estos los habían apoyado, para escarmiento de la población, los fusilaban o colgaban.

Ahora entiendo María que la bola si tenía rostro, que los estandartes de cada bando no eran más que hombres y niños y que las mujeres debían ser más que mujeres. Que eran levantadas para ser cocineras, enfermeras, bailarinas, guerrilleras, musiqueras amantes y prostitutas. Pero poco se dice que fueron honrosas y dignas en la lucha de los ideales. De unos ideales que ya no entendían pero tuvieron valor, tuvieron valor en tu palabra. Ahora sé que tú fuiste la prueba.

“Cuando la Revolución terminó, la miseria de los campesinos había aumentado, así como la devastación de los campos. Esto provocó la emigración de los sobrevivientes a la capital de la República y a regiones más prósperas. Y con ello el inicio de otra etapa de nuestro país”.

 

 

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