Cuentos que sí son cuentos

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La contratapa que escribí para Cuentos cortos para gente que duerme sola (Iberia, 2018, 61 pp.), primer libro individual de Elena Palacios, no me deja ya mentir ni exagerar, pues es lo que sentí ante las piezas que habitan este título: “Estas historias de Elena Palacios son pequeñas piezas de ingeniería narrativa, arquitectura de palabras en la que cada enunciado cumple una función precisa, esencial, nada accesoria. Atenta a los detalles, ajena a la noción del cuento como microcosmos abierto y desprolijo, la autora se empeña en guiarnos permanentemente hacia una sorpresa luego de habernos permitido atravesar mundos que no por cotidianos dejan de parecer algo aneblados, como impregnados siempre por una pátina de ensoñación no pocas veces pesadillesca. Cuentos cortos para gente que duerme sola ratifica el permanente desafío que implica el cuento, desafío que Elena ha encarado y resuelto con justo equilibrio de pasión y destreza”. Esta noche tengo la oportunidad de ampliar tal parecer.

El cuento es, como la poesía tradicional —el soneto, por ejemplo—, un molde literario que nació con delimitaciones precisas. Si bien es cierto podemos entender que un cuento es cualquier relato ficticio breve en el que uno o varios personajes interactúan con determinados propósitos, no está de más añadir que esta primera noción es, al menos, insuficiente. Según Poe, su inventor, hay rasgos en el cuento que determinan su estructura bimembre: lo más importante, como reafirma Piglia, es que cuente o intente contar dos historias en una. He ahí la dificultad: el cuentista es un escritor que se ve obligado, si su propósito es armar un cuento indiscutible, a inventar una trama visible y otra invisible. Los mejores cuentos serán aquellos, pues, que desarrollen ambas tramas satisfactoriamente: la visible, en la que conocemos a los personajes y sus propósitos, y la invisible, hecha de alusiones veladas, de sutilezas camufladas en la trama visible. Cuando un cuentista atina a dar con un cuento (uno) que haya implicado un hábil manejo de este imbricamiento de tramas, puede darse por satisfecho. Muchos lo intentan toda su vida y jamás lo logran; otros prefieren no intentarlo.

Elena Palacios no sólo ha logrado dar con un cuento de esta índole en Cuentos cortos para gente…, sino con varios. Y más allá de este mérito, que no parece menor por tratarse de un primer libro, hay uno más alto que me atrevo a denominar “impulso cuentístico”. ¿Qué quiero decir con esto? Lo explico: que más allá de los resultados, que de todos modos son harto buenos, me gusta y celebro que Elena tenga el arrojo, el legítimo deseo, de escribir cuentos en los que se líen las dos historias mencionadas, es decir, cuentos que incurren en la malicia de no soltar la prosa así nomás, al destino que el azar quiera otorgarle, sino gobernada por el propósito de conseguir asombros ciertamente premeditados.

La obsesión formal de Elena se nota desde el curioso plus de contar las palabras de cada cuento; algo de obsesividad hay en esto, precisamente la obsesividad del perfeccionista. Los cuentos de la vieja escuela nacen, creo, de ese afán y no del otro, el de escribir con desenfado. Elena nos ha dado el número de palabras que compone cada uno de sus cuentos para recordarnos lo que se aduce sobre este género: que en él todo está medido, pesado, y una palabra de más o una de menos pueden derrumbar el delicado equilibrio de la pieza.

Al editar y por ello releer (ya las había leído en el taller literario del TIM) estas historias confirmo que el mejor cuento escrito por Elene es “Algo entre Carolina y yo”, el último que aparece en el engarce. Es el que sin titubeo yo sumaría a una hipotética compilación de cuentos laguneros, de esas abusivamente llamadas “antologías”, pues además de acatar celosamente una estructura sólida se extiende a varias páginas y crea una tensión/curiosidad crecientes, como debe ocurrir en todo cuento bien nacido. Esto no significa que las piezas hermanas queden a la zaga. Lo que afirmo lo afirmo desde mi subjetividad de lector, pero ya puede cada quien internarse en las páginas de este libro y destacar el que mejor le parezca, pues hay muchas historias estimables como “A la luz del encendedor” (que tiene algo de thriller) o “Vestido blanco” que también juega maliciosamente con un equívoco sostenido hasta la línea final. Pero enfatizo: todas las historias de este libro han sido calculadas, no son meras instantáneas/espontáneas de vida cotidiana o paseos por el color local, sino artefactos literarios construidos con base en un engranaje de relojería.

Quiero destacar por último otra virtud de Elena Palacios a la hora de escribir: su intuición narrativa. En algunos casos narrar es un talento que puede no ser innato, y cuando se adquiere por voluntad y se trabaja en consecuencia da buenos frutos, pero los granjea mejores cuando la susodicha intuición se trae desde la cuna y se le añade trabajo, esmero, gusto al escribir. Es el caso de Elena, quien a las claras evidencia una facilidad natural para desarrollar historias bien condimentadas de peripecias humanas y creíbles. En este sentido también, el flujo narrativo va acompañado de un estilo poético sobrio y muy literario en todo momento, no estorbado por rebuscamientos innecesarios.

Elena Palacios nació en Torreón en mayo de 1967. Desde 2015 participa en el Taller literario del Teatro Isauro Martínez. Ha publicado en las revistas Estepa del Nazas y Acequias. En 2017 editó Brotes de tinta, libro colectivo de cuentos. Cuentos cortos para gente que duerme sola es su primera publicación individual y por todo lo dicho en los renglones precedentes, lo recomiendo sin vacilar —sin vacilar incluso en el sentido mexicano de esta palabra— y la auguro una cálida recepción. Sé de antemano que sus lectores no se sentirán defraudados. Al contrario: lo agradecerán.

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