¿Qué es Dios? ¿La existencia de Dios es solamente una cuestión de fe? ¿Existen realmente razones para creer en Él? Todas estas preguntas, tan viejas como actuales, han tocado el pensamiento y el corazón de la humanidad desde tiempos inmemorables. La cuestión acerca de la existencia o inexistencia de Dios nos incumbe a todos, incluso a los ateos, puesto que creer o no creer en su existencia va a determinar nuestra concepción del mundo y la manera de entender nuestro lugar en el universo. Si Dios existe, el mundo tiene sentido y está gobernado por su sabiduría y voluntad; si Dios no existe, en realidad solamente “hay cosas”, “pasan cosas”, esto es: no hay un sentido detrás de las cosas que las dirija hacia un determinado fin, no hay una voluntad universal que gobierne todo lo que sucede. De ser así, lo único que nos queda es ser nosotros mismos los hacedores de nuestro propio sentido en medio del absurdo universal. Pues bien, a continuación me propongo presentar un argumento filosófico para dar respuesta, con la pura luz de la razón, al ateísmo ingenuo tan en boga que sugiere que la cuestión de Dios es una cuestión meramente irracional y sentimental. Se trata de mostrar la posibilidad, o, por lo menos, la razonabilidad de la existencia de Dios

El argumento cosmológico

«Un hombre entra en una habitación. Sobre la mesa hay un plato de comida. ¿Cuál será posiblemente su primer pensamiento? Pensará que alguien ha puesto el plato allí, puesto que el plato no ha podido llegar allí por sus propios medios. La presencia del plato remite necesariamente a otra presencia, quizá no visible, pero no por ello menos real: la presencia de la persona que colocó el plato sobre la mesa.»

Esta sencilla deducción ejemplifica, a grandes rasgos, el argumento filosófico del que vamos a hablar aquí. 

Al igual que el plato que está en la mesa ha sido puesto allí por alguien, el argumento cosmológico expresa la idea de que «si el universo existe, necesariamente ha sido llevado a la existencia por alguien o algo externo a él».  

El argumento cosmológico se conoce por su expresión en latín: ex nihilo nihil fit (nada surge de la nada). Tomemos como ejemplo una vieja foto que puedas tener en tu recámara. Esa foto no ha existido siempre; en algún momento llegó a existir. Sin embargo, no apareció de la nada, sino que tuvo una causa distinta y externa a sí misma: una cámara fotográfica. Al igual que la foto, la existencia de la cámara no es eterna, también llegó a existir en algún momento por una causa previa y distinta de sí misma, y así sucesivamente.

En el siglo XVII, el filósofo y matemático Leibniz expresó lo que estamos describiendo en su principio de la razón suficiente que reza así: «para todo lo que existe tiene que haber una razón o explicación para su ser, algo que explique el por qué de la existencia de tal cosa» ó «todo tiene una razón de ser». En el mundo físico, esas razones son causas, y si tomamos la totalidad de todo lo que hay, el propio cosmos, también podemos hacerle esa pregunta, ¿cuál es su causa? ¿cuál es la causa del universo?

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Por eso se llama el argumento cosmológico, y el argumento es que, para evitar un regreso al infinito, tenemos que postular una primera causa: «Tiene que existir algo que sea la primera causa de todo lo que existe y esa causa es Dios», dirá Santo Tomás en su Suma Teológica. Pero alguien podría preguntar: si Dios existe, ¿cuál es la razón de su ser; cuál es la causa de Dios? ¿Quién causó a Dios? Y si respondemos a esto luego seguiría la pregunta ¿y qué causó al que causó a Dios? Y así sucesivamente hasta el infinito, sin llegar a nada. Por eso y para evitar ese absurdo ad infinitum podemos decir que Dios es una «Causa Incausada», si no, no podría ser la Primera Causa de todo lo que existe. Dios es entonces la Causa sin causa. Aristóteles en su Metafísica llama a esa causa el «motor inmóvil»; se trata también de una Causa Primera: una Causa que no tiene causa.

De esta forma, podríamos resumir el argumento cosmológico con el siguiente silogismo: 

  1. Todo lo que comenzó a existir tiene una causa.
  2. El universo comenzó a existir, ya que no puede ser eterno.
  3. Por lo tanto, el universo tiene una causa. 

Pensemos en el hecho de que existe el presente. El que estemos en el presente revela que el pasado no puede ser infinito, porque si el pasado fuera infinito (es decir, si el universo existiera desde siempre y no tuviera un comienzo), eso significaría que ese infinito ya se terminó, y para que estuviéramos en el presente el pasado tendría que ser un «infinito-finito», lo cual es un absurdo lógico. Por lo tanto, el pasado no puede ser infinito, puesto que estamos en el presente; así que, si el pasado no puede ser infinito, necesariamente debió de existir un primer punto en el tiempo (no infinitamente remoto) a partir del cual comenzó todo.

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