No es la primera vez que la violencia de un reclamo social molesta  a las almas correctas y pulcras de este país. Con el tiempo, en los libros de historia se le ha dado nombre a esa violencia que, viniendo de la comodidad del ser masculino, no se critica como impropia o fuera de lugar. Así, la Independencia, la Revolución, el movimiento cristero y tantos otros, quedan esterilizados y dignos de ser porque las matanzas, mutilaciones, violaciones y despojos se borraron en los detalles de la historia, hasta ser mero condimento de una lucha justa.

El problema es que una sociedad que ha manejado el concepto de “calladita te ves más bonita”, no soporta los gritos femeninos. Se nos ha educado para ser modositas, silenciosas, bonitas, permisivas y “buenas”, lo que sea que signifique esto último en la mente social. Por eso, las críticas ante el reclamo de justicia, ante el “ya basta” lleno de cansancio, no se hacen esperar y suenan con más fuerza todavía porque son producto de la indignación del que es incapaz de ver al otro.  Para muchos es incomprensible y absurdo lo que piden las mujeres. ¿Qué ya no las maten? Pero si ellas se lo buscan al salir del trabajo tan tarde, al andar solas por calles que no tendrían que transitar, al ir a espacios que no deberían disfrutar, al tener relaciones que se les dijo que no eran buenas. ¿Qué ya no las violenten? Ellas se lo buscan porque, cómo se atreven a gritar, a estar cansadas, a vestirse así, a no hacer caso, a ser diferentes, a no estudiar, a no conocer, a tantas actitudes que no son las que se espera de ellas que antes eran calladas y podían usarse de mil maneras sin ninguna protesta. Válgame con esta descomposición social.  Madres con bebés de brazos, con niños pequeños, marchan exigiendo sus derechos y los demás le gritan “desnaturalizada, cómo te atreves a traer a los niños”. Muy sencillo, porque estamos solas. No hay un padre que se haga cargo de los niños, no hay un padre que quiera hacer pareja, no hay un padre que quiera que su hija cambie el modo de pensar que le quiere imponer: ser la niña buena que todos esperan, lista para ser dominada.

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Ahora hasta están protestando por las reuniones familiares y eso, para las buenas conciencias, es el colmo. Pero entiendan gente buena, ¿cómo puedes, en pleno siglo veintiuno, esperar que tu hija siga viendo y aceptando al acosador que tienes en casa? Y hablo en femenino porque ahorita el tema es esta serie de protestas que no son bien vistas por el resto de la población.

Las mujeres salen a protestar. Y qué si muestran los pechos y rallan monumentos. Es la única forma como las ven. ¿Preferirían que tomaran las armas, los ferrocarriles, las haciendas? Tal vez de esa forma se logre algo, y con el tiempo aparezcan en los libros de historia. Pero no se trata de eso. El asunto es aquí y ahora. El problema se ha desbordado. Ya no queremos seguir calladas ni seguir engañando a nadie haciéndolos creer que aceptamos las condiciones. No se trata nada más de la indignación por la manera como nos tratan después de matarnos. Es también la forma como se minimiza todo con la frase “a los hombres también”. Sí señores, a los hombres y a los niños y a los ancianos también. ¿Y ni aún así son capaces de empatizar? Vaya ridículo. Tal vez sea porque a pesar de que a los hombres también, no es con la misma saña, ni alevosía, ni horrores que viven las mujeres (de cualquier edad) secuestradas, violadas en tumulto, mutiladas, grabadas para consumo de los demás, que terminan tiradas como basura por ahí. 

Las mujeres salen a pedir que dejen de vernos como objetos desechables. No son todas las que están en las calles. No todas pueden. Precisamente porque el miedo de perder un empleo, unos hijos, un lugar donde habitar, o la vida, es muy grande, y ese sería el precio que pagarían por solidarizarse con las demás. Otras no están, pero su imposibilidad tiene que ver con el miedo a verse reflejadas, a darse cuenta que también ellas están viviendo la injusticia en su jaula de oro. Y otras, las menos espero, no están, ni apoyan, ni simpatizan sino obstaculizan porque siempre hay un momento en que la dominación del pensamiento es tan perfecta que te impide cualquier sororidad; o porque piensan que es un “movimiento feminista” que no va con ellas, porque no todas somos feministas. 

Exacto. No todas aceptamos ideas radicales de la doctrina feminista, pero creo que sí ha llegado el momento de aceptar que la lucha por los derechos humanos femeninos nos toca a todas. No podemos seguir permitiendo que se cometan todos los abusos, imaginables o increíbles, en nuestros cuerpos o mentes. La libertad de acción y pensamiento nos debe ser permitida. Y si para eso se mutilan piedras que representan una independencia que no se tiene, o una justicia que no existe, el mal es menor. Hay libertades que se exigen a punta de balazos, ellas solo están haciendo el daño menor. Ellos ordenarán mañana a las mujeres que tienen bajo su poder, bajo su miedo, que limpien lo manchado. Y los periodistas sin consciencia social las entrevistarán haciendo ver el daño que hacen las protestas porque las que limpian son otras mujeres que sí trabajan, que sí son útiles a la sociedad, así sea en calidad de monigotes atados de lengua. Y todos tan tranquilos porque cualquier intento de levantar la voz y hacerse notar, serán borrados una vez más.

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