Marta Turok: el arte popular a través de una vida

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Al Centro de Estudios de Arte Popular Ruth Deutsch Lechuga, ubicado en el primer piso del Museo Franz Mayer, en la avenida de Hidalgo, colonia Centro, delegación Cuauhtémoc, en el corazón del país, se puede llegar tanto por las venerables escaleras del antiguo Hospital de los Desamparados como por el elevador puesto cerca de la taquilla, muestra del paso de los siglos.

Escogemos una vía, la más familiar para nosotros en una era de comodidades: el elevador. Saliendo de él, las indicaciones son ir a la derecha, pasar dos puertas de vidrio y dar una vuelta a la izquierda. Entonces aparece el nombre del Centro al final del pasillo, coronando unas nuevas puertas de vidrio, cercadas por un grueso marco rojo.

Entramos. El interior es alargado, como de unos seis metros, no muy ancho y cerrado por paredes blancas. A la izquierda, una escalera de metal con detalles rojos. Por un acceso a la derecha se llega a la bodega donde se salvaguardan las artesanías que constituyen el acervo del centro. Al fondo del recinto, un librero blanco separa lo que podríamos llamar oficinas o estudios.

En la oficina que resulta de esa división del lado izquierdo, está Marta Turok Wallace, curadora de la institución. Viste un suéter tejido en patrón zig-zag, con líneas azules y blancas con detalles beige. Su cuello está protegido por una bufanda de azul más oscuro, con detalles blancos, ondulada. Me recibe al borde de su oficina.

En el correo electrónico por el que me contactaron con ella, me presentaron a Marta Turok como doctora, así que me presento hablándole con ese título. Ella se ríe y alza las manos. “Soy maestra, no soy doctora” me dice, animada “A menos que me den un honoris causa, qué favor me harían con tanto trabajo.”

Pegada a la pared, está una mesa redonda de madera. Naturalmente gravitamos hacia ella. Nos acomodamos frente a frente. Sus ojos me miran a través del reflejo de sus lentes.
“Entonces, pregúntame”.

Una vida alrededor del arte popular

La primera pregunta pide conocer su camino a la curaduría y al estudio del arte popular. Su voz no tiene prisa en contar su historia. Sus manos están atrapadas una por la otra sobre la mesa mientras las palabras se tejen en el aire.

“Lo primero fue la convivencia con el arte popular”, dice, “Mi mamá tuvo tienda de artesanías, muebles y arte, y viajamos por todo México, además de que mi papá también hacía postales. Así que desde muy chica viajábamos y eso me fue poniendo en mi camino a los objetos y las personas.”

La antropóloga por la Universidad de Tufts, Massachussets, nació en la Ciudad de México en 1952, y en 1970 cruzó la frontera – tal vez, próximamente muralla, o bueno, más – para estudiar en dicha institución. Cuenta que “allá los jóvenes andaban un poco perdidos entre la droga y el final de la Guerra de Vietnam, y yo decía ‘pues yo no vengo aquí a andar perdida’”.

De esa forma fue concentrándose en su carrera, misma que armó para graduarse de antropología y desarrollo socioeconómico. Afirma que durante el segundo año de la carrera comenzó a ir a Chiapas por contacto de un profesor de Harvard, que llevaba el llamado Proyecto Chiapas. Ahí fue cuando aprendió el lenguaje tzotzil, así como la técnica del telar de cintura “para acercarme más a las mujeres”.

También sobre el arte textil, comenta a su vez que fue ella quien instauró la materia de diseño textil tradicional mexicano para los diseñadores, aunque dice que la docencia “lo tengo un poco abandonado porque no hay manera de atraer a los jóvenes. Están ahí con su… [agarra entonces su celular, hasta el momento impávido sobre la mesa, y hace una pantomima de estar utilizándolo] o platicando. Pero bueno.”

– De todas las formas del arte popular, ¿por qué el especial interés en el arte textil?

– Fue algo que se dio. Creo que en procesos técnicos es uno que tiene mucha complejidad, riqueza y diversidad de técnicas y sabemos que en la época prehispánica era muy importante, desafortunadamente el clima de México, que no es como la costa de Perú, por lo que no se conservaron muchos ejemplos.

“Me maravilla cómo con seis palitos, a veces con unos palos más, se logran unas piezas extraordinarias.”

De regreso en México, estudió etnología en la Universidad Nacional Autónoma de México, donde comenzó su trabajo como curadora en la Galería Universitaria Aristos, parte del Museo de Ciencias y Artes de la UNAM.

“Ahí aprendí que tienes que decidir qué mensaje quieres comunicar, buscar la obra y hacer todos los trámites”, asegura.

Conforme se tocan más temas – como pasa con una vida muy activa y larga –, los detalles en la conversación cambian. Las manos de Turok se mueven más de un lado al otro guiadas por su voz, que procede a varias en rapidez sin, paradójicamente, perder la calma.

Así, menciona su paso por el Instituto Nacional Indigenista, la dirección general del programa Culturas Populares y su participación en programas como Conasupo-Coplamar en Chiapas. “Me llamaba mucho la atención la política pública”, explica.

Pero su trabajo no ha sido sólo por el aspecto institucional. Además de trabajar como freelance porque “yo no creo que las cosas tengan que salir sólo porque tengo dinero o no tengo”, la maestra menciona que, como buena investigadora:

“Siempre he buscado publicar aunque sea artículos. Sí tengo algunos libros, no son muchos. Y he buscado que haya una visión integral de un tema ya sea por la vía de la atención a una problemática, ya sea por la vía de una exposición y eventos que apoyen la comunicación a la población general sobre una situación.”

Algunos de esos libros – aunque Turok no los menciona – son El caracol púrpura. Una tradición milenaria en Oaxaca (SEP-DGCP, 1988) y Cómo acercarse a la artesanía (Plaza y Valdéz, 1988).

La conversación sigue su curso. Entre las anécdotas, cuenta con cierto orgullo en la voz cuando hizo en el año 97 una exposición sobre la laca mexicana, una de las miles de artesanías del país, en atención a que “algo estaba pasando con la laca en México que estaba bajando la calidad”.

Entonces el tema de la literatura vuelve a aflorar, cuando habla de un acuerdo que había entre Artes de México y el Franz Mayer para producir un catálogo con piezas de las colecciones propiedad del museo. Dicha serie de libros es conocida como Colección Uso y Estilo. La maestra recuerda que salió una edición de dicha serie sobre la exposición de la laca mexicana, en la que ella participó.

Me señala a uno de los estantes del librero, donde, entre otras obras, hay varios tomos de historia de México y un códice náhuatl. Reconozco unos libros cuadrados abajo a mi derecha, y me pide que le pase uno. El que tomo casi al azar y le extiendo no es en el que ella participó, pero pidió el libro sólo para mostrarme un elemento de uso y estilo.

Pasada la anécdota, otras vivencias le siguen. Turok cuenta que “tengo mis proyectos core se diría en inglés, mis proyectos de vida, mis enfoques. Y luego otros trabajos que van surgiendo.”

Uno de esos temas core, “en el que le estoy echando muchas ganas” es el rebozo mexicano, sobre el que hizo un gran encuentro en 2013, y participó en otro en 2015.

El tratamiento que le ha otorgado a dicha prenda tradicional mexicana, reconocida a nivel internacional, es el mismo que ha otorgado al zarape, especialmente en el Museo del Zarape y el Traje Mexicano, en Saltillo, del que fue curadora fundadora.

Al tocar el tema del Norte del país, inevitablemente tengo el impulso por regresar al origen, especialmente a los orígenes de la señora Marta Turok. Al estudiar en Massachussets, la UNAM y saber tzotzil, le pregunto cómo ha influido esta variedad de esquemas en su percepción de México.

“Todo en verdad se lo debo a mis papás” me responde de inmediato, “todo vino de unos papás maravillosos que llegaron a México por accidente, se enamoraron y se quedaron…
–¿Sus padres de dónde vienen?

– De Boston. Mis abuelos, judíos rusos y ucranianos. Mis papás fueron gente muy abierta, izquierdosos, que si bien tuvieron sus negocios, la forma en que llevaron sus negocios permitieron ayudar a sus trabajadores. Yo creo que no fue tanto la educación.

“La educación me dio información, me dio oportunidades. Sin embargo yo diez años antes ya estaba visitando comunidades. La educación formal me ayudó a enmarcar, a saber cómo interpretar las cosas.”

Hijo de un padre amante del béisbol, y fanático leal de los Bostos Red Sox, me siento obligado a preguntarle a la antropóloga si considera a las medias rojas su equipo también, dada la relación tan cercana con su familia.

“De Boston Red Sox no sabes” me contesta, su rostro se ilumina con el recuerdo, “para mi papá eso era la Biblia. Además eran beisbolistas. Mi papá fue parte del grupo que trajo la Liga Pequeña, la Little League, a México. Él llevaba el score en los partidos de la Liga Pequeña. Mis hermanos todavía no se pierden un solo partido de los Boston Red Sox. Yo conozco el béisbol, sé sus bases y todo, pero yo fui nadadora. Todos hicimos deporte, mis papás nos motivaban a hacer deporte. Y también un poco los Patriots y los Celtics ¿no? En menor grado, todo lo que sea de equipos de Boston.”

Ya que estamos hablando de nuestros lugares de origen, yo pregunto:
– ¿Ha ido para Torreón?
– Sí, conozco porque apoyamos a los cardencheros. Yo fundé la Unidad Regional de Culturas Populares de La Laguna en los ochentas, abarcaba Gómez Palacio, Lerdo y Torreón. Posteriormente por cuestiones de apoyo, ya hay dos Unidades Regionales, la de Durango y la de Coahuila. También apoyé a los grupos de quintetos de cuerdas, y me hicieron un vals, el “vals Marta Turok” [presume, animada] gracias a los apoyos que les di.

No me preguntes cómo va la tonadita.

“Hicimos eso porque ya no había transmisión, hicimos talleres para que los jóvenes cubrieran los instrumentos, pero ya no era quinteto, era cuarteto, y luego era trío.”

– ¿Y música norteña de casualidad no ha tratado nada? – bromeo.

– No, ahí no [divertida] porque esa tiene su vida propia y con toda la migración ha crecido mucho. No, yo me meto en casos complicados. Pues mira, hay experiencias buenas, experiencias malas, cosas donde uno puede incidir y esto le da una nueva vida a algo artesanal o a una tradición.

“Uno hace, sin embargo si no puedes ir acompañando y no puedes ir resolviendo toda la problemática social que surge, pues va a morir ese intento. Morirá el intento, no moriremos en el intento [se ríe], morirá el intento. Lo bonito es cuando sí logra uno incidir, entonces dice uno “bueno, pues ha valido la pena”.

Segunda parte en la siguiente entrega.

 

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