“Decir que tengo una actitud complicada, que llevo exceso de realidades, malas realidades, atraído por un pensamiento trágico, a veces excitante, a veces silencioso”. Es la mente que revienta.

Si el cerebro hablara, sobre todo al imaginar el impulso de la muerte como una infografía. Una representación de una idea abstracta y delirante.

Mi opinión es lo visto y escuchado del que abisma en una situación extrema que se sale de control. Que no le fueron atractivas, o son en desmedida las lecciones filosóficas, religiosas, éticas o morales. Ni de abundantes o pocas atenciones familiares, psicológicas o sociales.

Con etiqueta de loco colectivo o solitario, de su lucha cada vez más individual. Un ser extralimitado que busca las líneas fronterizas de su yo.

Pudiera ser comprensible su escape, toda esa réplica de decisiones interiorizadas para ponerse creativo, y tener el permiso de arrebatar o quitarse la vida.

La forma de morir es lo inquietante, es descifrar la glosa insana de narrar los hechos, donde nace la víctima y se explora al victimario.

También matar es una expresión mucho más amable y accesible de sentir la vida. Yo, gusto de matar las horas: “Mata su luz un fuego abandonado. Sube su canto un pájaro enamorado. Tantas criaturas ávidas en mi silencio  y esta pequeña lluvia que me acompaña.Alejandra Pizarnik.

Leer, antes hacía sentirme espectadora, como quien compra un boleto en primera fila, y alguna vez pensé en el suicidio, en el tono meláncolico del romanticismo, las exquisitas muertes, de los desventurados, los incomprendidos, los rebeldes. Y qué tal los argumentos habitualmente agresivos de la novela negra, “el arte de matar”, construidos en la tensión, la trama de personajes difuminados para el crimen perfecto.

Hoy, las lecturas, las imágenes, asedian. Se rebasan las historias que lleva la vida, de los procesos vorágines de gran escala.  No importa qué avances tecnológicos se hayan dado, ni cuántas corrientes de pensamiento han evolucionado, ni siquiera el confort de aquello que le llaman la vida plena. La licencia para matar ya es un método al alcance de todos, reforzado con armas de fuego para el control y sumisión de las emociones, situaciones y personas.

Sorprenden la niñez, la juventud, protagonistas de sufrimientos privados, sacudidos en línea virtual, un síndrome que se reproduce y se identifica en las generaciones educadas en la posesión.

No solamente es la advertencia de un estrato, el contexto alcanza y parece no encontrar otro objetivo que mostrar el dolor, el miedo, el trauma que se extiende en el tiempo como un peso emocional y mental con el que muy pocos pueden lidiar.

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Hace poco la primicia de linchamiento social refería a las autodefensas integradas por niños en el municipio de Alcozacán en el estado de Guerrero. Niños encapuchados entre los 8 y 15 años que portaban rifles y escopetas, mientras que los más pequeños cargaban palos.

Esto no es nuevo, (hay otras variantes), si, si, es reprochable, no se justifica pero es una medida lamentablemente adaptada a sus necesidades.

La información señala que las policías comunitarias se han encargado de buena parte de las labores de seguridad en sus comunidades y todavía son arrastradas a combatir a narcotraficantes.

“Los menores de 12 años únicamente reciben capacitación, pero aquellos de entre 12 y 15 años ya pueden comenzar a vigilar sus poblados. De lo contrario, si los menores no portaran armas, serían secuestrados por grupos delictivos. Además los niños no pueden continuar con su educación más allá de la primaria, debido a que tienen mucho miedo de salir de sus comunidades para viajar a la secundaria más cercana”.

En el reparto de responsabilidades, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH), hizo un llamado a autoridades para que adopten medidas de protección hacia los menores incorporados a grupos de autodefensas. Además, la elaboración del diagnóstico y plan de restitución de derechos, integral a los afectados, focalizando acciones para su recuperación física y psicológica y su reintegración social.

En esta elocuencia de recomendaciones, de lo otro que es el tráfico de armas, no hay señalamientos que vayan más allá de un gesto de indignación.

Atentar contra su vida, matar para defenderla, es un sueño abierto de motivos. Es cierto, la primera lucha ocurre en nuestra mente, sería una delicadeza resumirlo en ello. Porque no es lo mismo, entender lo que acontece como locura, la capacidad de quienes somos, ya no tiene lugar.

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